19.8.2018
 
Artículos / Elecciones
Leandro Querido
Ensayo y error electoral de Nicolás Maduro
Por Leandro Querido
Twitter: @leandroquerido
21 de mayo de 2018
Maduro simuló una elección para mostrarse ganador y terminó ahogado en su propia simulación. La oposición política tradicional de Venezuela, que estaba golpeada, ahora tiene la oportunidad de volverse a posicionar.
 

En la actualidad, los procesos electorales de las democracias competitivas son el resultado de un sinfín de experiencias acumuladas en el extenso desarrollo histórico. Aciertos y errores de los protagonistas, contextos de crisis o expansión, cambios culturales y económicos fueron modelando la forma en la que votamos. Hoy podemos medir el nivel de integridad de un proceso electoral. Las reglas de juego se fueron modificando y así cómo en algún momento imperaba el vale todo luego, con el correr del tiempo, se avanzó hacia el fair play.

En ninguna democracia desarrollada hay lugar para la trampa o el ventajismo. A esto se le llama institucionalidad democrática. La experiencia marca que esta institucionalidad puede ser fuerte o débil pero lo que no puede pasar es que esté ausente.

En Venezuela no hay institucionalidad democrática. Todo es un abuso y luego de décadas de desmantelamiento institucional ya no hay voluntad por parte del Estado/Gobierno (allí es la misma cosa) de hacer las elecciones como corresponde.

Por eso el pasado 20 de mayo hemos visto imágenes contradictorias. Se pretendía implementar una elección apegada a la regularidad técnica cuando en realidad cuenta los votos el propio Nicolás Maduro.

Los regímenes autoritarios por naturaleza no pueden hacer elecciones libres y limpias. Menos las pueden hacer cuando el contexto de rechazo popular es abrumador. Por lo tanto, simulan. Simulan que designan a las autoridades de las mesas, simulan que distribuyen el material de votación, simulan que abren las mesas el día de votación, simulan que escrutan los votos y simulan al brindar los resultados. Simulan.

Las elecciones del 20 de mayo en Venezuela fueron elecciones sin garantía alguna. Como si la experiencia histórica no haya hecho ningún aporte a la hora de la promoción democrática. Por lo tanto, carece de toda legitimidad. Son las elecciones realizada por el capricho de un autócrata al que le queda poco tiempo porque ha cometido un grave error.

La comunidad internacional democrática, la que realmente importa, ha dicho que no reconocerá los resultados. La Unión Europea, la Secretaria General de la OEA y el grupo Lima con Argentina a la cabeza le han dicho que no a este experimento que ahora se le vuelve en contra a su propio impulsor.

Cuba y Corea del Norte, en parte Rusia, hacen elecciones irregulares para mostrarle a la comunidad internacional que tienen el control interno del país. Al flamante presidente de Cuba lo votaron 604 de 605 diputados, el líder supremo de Corea del Norte ganó con el 98% de los votos y Putin superó el 76%. Es decir, simulan elecciones para mostrar resultados contundentes. Nicolás Maduro creyó poder hacer lo mismo y no pudo, quedó expuesto, está desnudo.

Creyó que con dos o tres candidatos “opositores” títeres podría hacer la gran Putin. Pero esto no ocurrió. La mentira organizada algo de verisimilitud debe tener. En este caso no fue así. Los centros de votación estaban vacíos, el chavismo se mostró desmovilizado, débil. Hasta el aparato de represión para estatal estuvo poco activo. Los denominados “colectivos” no pudieron desplegar toda su violencia y sin duda esto también es una señal del inconformismo interno. Las elecciones de los autoritarismos muestran movilización y cohesión y Maduro no pudo lograr ningún objetivo en las elecciones diseñadas por el mismo. Un fracaso rotundo que abre un interrogante sobre su futuro inmediato.

En esta elección la oposición política estaba proscripta. Pesaba una inhabilitación sobre Voluntad Popular, el partido de Leopoldo López, y Primero Justicia de Henrique Capriles. En el marco de un contexto restrictivo estos líderes políticos no pudieron desenvolver su rol y este espacio fue rápidamente ocupado por sectores de la sociedad que cansados de la crisis total del país decidieron tomar las riendas y pasar a un “abstencionismo activo”. Este amplio sector de la sociedad, que en parte se encuentra en el país, pero también fuera de él como consecuencia de la diáspora, ganó la elección del 20 de mayo. Dejó desnudo a Maduro, envuelto en una crisis en el propio oficialismo. Le hizo cometer un error que le saldrá carísimo.

Los “resultados” fabricados por el Consejo Nacional Electoral aseguran qué de 20 millones de personas habilitadas para votar, 5 millones 800 mil lo hizo por Maduro, 1 millón 800 mil por Henri Falcón y 900 mil por Javier Bertucci. La participación electoral para el oficialismo fue de un 46%, una de las más bajas de la historia. Sin ir más lejos, en las elecciones de 2015 participó el 80% del registro electoral. Sin embargo, distintas fuentes alternativas aseguran que este 20 de mayo la participación estuvo en alrededor del 30%.

Maduro sale de esta elección más débil de lo que lo estaba y sin duda apelará al recurso que más lo seduce, el de la represión intensa. Pero no es lo mismo reprimir sintiéndose fuerte que reprimir en un nuevo contexto caracterizado por la debilidad y tensiones internas en el propio partido y gobierno.

Maduro simuló una elección para mostrarse ganador y terminó ahogado en su propia simulación. La oposición política tradicional que estaba golpeada ahora tiene la oportunidad de volverse a posicionar, pero deberá seguir el plan trazado por la sociedad. Menos connivencia con el régimen, un plan de movilización serio que aproveche la crisis en el aturdido oficialismo. El ejemplo de Nicaragua parece imprimirle otro ritmo a la crisis de Venezuela y marca una tendencia de época: el retroceso irreversible de los populismos autoritarios en la región.

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Leandro Querido
Politólogo especializado en observación electoral y director ejecutivo de Transparencia Electoral.
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