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¿Cuántos errores cometió el Gobierno en su campaña?
Por Marcos Novaro
6 de agosto de 2017
Marcos Novaro
(TN) Claro que es difícil hacer campaña hablando de la reforma tributaria, más todavía de la previsional o laboral. Pero el macrismo ha hecho bien en instalar algunas de estas propuestas: al menos indican que hay un rumbo, y que ellos saben cómo sigue esta historia, que al grueso de la gente la angustia más por lo incierta que por lo amenazante.
 
 

(TN) Son unos cuantos. Pero no hay que exagerar: ninguno es demasiado grave y además el macrismo viene ya entrenado en esto de hacer campañas flojas al comienzo y después repuntar. Como si necesitara un buen tiempo para calentar motores. Así lo indican los resultados de 2015: en las PASO estuvo cerca de su piso en muchos distritos pero mejoró su desempeño en octubre y en noviembre, en las votaciones que realmente contaban. ¿Sucederá algo parecido esta vez? Veremos.

El primer error que cabe destacar gira precisamente en torno a esa incómoda relación del oficialismo con las PASO: en esta ocasión se han blandido demasiados argumentos contradictorios sobre las internas abiertas. Hemos escuchado a altos funcionarios y al propio presidente despotricar contra el sistema creado en 2009, prometer que lo van a eliminar o al menos reformar, porque así como está no sirve para casi nada.

Cosa que es en términos generales cierto. Pero sucede que sí le sirve al oficialismo, en particular en la elección de senadores por la provincia de Buenos Aires, para ilustrar con un resultado disputado sin consecuencias las ventajas del voto útil cuando llegue la hora de la elección efectiva. Además descubrieron algo tarde en el gobierno que desestimar las PASO podía desanimar a sus adherentes de ir a votar el próximo domingo, perjudicando a las propias listas. De allí que la gobernadora María Eugenia Vidal haya intervenido para convocar a la participación, por más inefectiva que ella sea.

También Vidal fue llamada a intervenir para chuzar a Cristina Kirchner y los suyos, acicatearlos para que salgan de su silencio. Lo que significó un segundo error: no sólo el llamado de la gobernadora quedó sin respuesta, sino que ratificó esta peculiar situación en la cual la expresidenta ha ocupado el centro de la escena bonaerense, y en un delicado equilibrio entre presencia y ausencia logra flotar por encima de las discusiones, enredos y escándalos varios que agitan la campaña.

Justamente lo que recomienda hacer el manual básico de campañas a los candidatos que llevan ventaja. Ya no está del todo vigente la escena en que se discutía el pasado, la "pesada herencia" y las urgencias y los sacrificios necesarios para superarla. Pero tampoco el Gobierno logra que se discuta lo que él ha venido haciendo y piensa hacer de aquí en más, porque no tiene contra quién hacerlo: los opositores se han dedicado a minimizar el riesgo de eventuales errores y a abroquelar a su público adicto, hablando generalidades sobre la situación de los más débiles, con toda lógica.

Al respecto cabe señalar otro problema: la dificultad oficial para dosificar el contenido económico y político de su mensaje. Pareciera haber basculado entre dos extremos en la materia, ninguno de los dos demasiado eficaz.

Para empezar, como a comienzos de año se quemó por tercera o cuarta vez con la leche de sus anuncios de que la recuperación de la actividad estaba llegando, no quiso saber más nada con la vaca de la economía y abrazó la tesis de que había que hablar de política y minimizar los demás asuntos. Con lo cual apareció tirando la toalla de sus esfuerzos y promesas en aquella materia, y demasiado, de manera oportuna, urgido de agitar los problemas de corrupción que persiguen a sus predecesores. Dos errores en uno.

Porque al poco tiempo se vería que era más fácil hacer crecer aunque sea un poco y en lo inmediato la construcción y algunos otros sectores de la industria que encanar a Cristina, a Julio De Vido, o hasta a Amado Boudou.

La operación de "poner en evidencia las complicidades peronistas", llevando a votación la expulsión del exministro de Planificación de la Cámara baja tampoco funcionó demasiado bien. Más bien sumó otro error a la lista. Nadie quiere ver al Gobierno fracasando en sus iniciativas.

Por muy loables que ellas puedan parecer. Porque lo primero que se le reclama a un Gobierno, sobre todo en estos momentos y en este país, es que demuestre que sabe cómo imprimirle al barco un rumbo definido. Los reformistas frustrados que echan a los demás las culpas de su frustración nunca han concitado mayor adhesión y no va a ser esta vez la excepción.

Encima, ahora que los datos económicos positivos empiezan finalmente a aparecer con más contundencia, el oficialismo ha vuelto a dar un golpe de timón, no por ansioso demasiado creíble. Hasta le permitieron al ministro de Hacienda Nicolás Dujovne regresar a los estudios de radio y televisión. Pero aunque él es un gran comunicador parece tardar en encontrar el tono adecuado para ser esta vez convincente allí donde sucesivas veces se frustró a la audiencia.

Para peor los voceros oficiales quedan frecuentemente atrapados en la necesidad de contestar las críticas que la oposición ya tuvo tiempo de instalar en la agenda económica de la campaña: por ejemplo, cuando niegan enfáticamente, una y otra vez, que después de la elección venga un gran ajuste o que las reformas que tiene en agenda el gobierno sean "más cuerda para los ricos".

Claro que es difícil hacer campaña hablando de la reforma tributaria, más todavía de la previsional o laboral. Pero el macrismo ha hecho bien en instalar algunas de estas propuestas: al menos indican que hay un rumbo, y que ellos saben cómo sigue esta historia, que al grueso de la gente la angustia más por lo incierta que por lo amenazante. La advertencia de Margarita Stolbizer de que se trata de "reformas peligrosas" sonó a este respecto demasiado alarmista y conservadora.

Como sea, en estos y otros asuntos los cambios que impulsa el oficialismo son sino peligrosos sí demasiado complicados para que luzcan seductores en campaña. La distribución de recursos entre las provincias, que saltó a la primera plana de los diarios por impulso de la mesa de gobernadores peronistas, es un buen ejemplo: se comprobó que el "peronismo que viene" no piensa regalar nada en la negociación del poder (es decir, del dinero público).

Olvidando lo que ya consiguió en términos de mejora en las transferencias, dejó en claro su abierta oposición a que se restablezca el Fondo del Conurbano, poniendo al oficialismo en un brete; o bien deja que Vidal desafíe a sus pares del interior, con lo que tal vez saque alguna ventaja en la medular batalla contra Cristina, pero puede debilitar la posición del oficialismo en el interior, donde muchas más bancas están en juego; o bien se dispone a abrir la billetera ya antes de empezar a hablar de las "contraprestaciones de la gobernabilidad".

Algo que no resulta muy recomendable hacer frente a estos expertos en exprimir a Hacienda hasta dejarla seca. Menos todavía cuando están prontos a hacer pata ancha en el Senado, donde seguro contarán con la ayuda también de Cristina. Estos problemas estructurales son, claro, mucho más determinantes que cualquier eventual error propio para complicarle la vida a los oficialistas.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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Editorialista, diario La Nación

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