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  Artículos
América latina ante Kaddafi
Por Pablo Díaz de Brito
25 de febrero de 2011
Pablo Díaz de Brito
La solidaridad con Kaddafi, mientras este enviaba los MIG y los tanques a reprimir, también llegaba desde La Habana. La solidaridad de Fidel Castro con Kaddafi tiene también un mensaje interno de disciplinamiento: ni se les ocurra un levantamiento, que yo haré como Kaddafi en Libia.
 
 

Emocionado, el presidente sandinista de Nicaragua, Daniel Ortega, comentaba el martes 22 de febrero, en plena represión en Libia, con cientos o miles de muertos en las calles, que había hablado repetidamente con Kaddafi: “Yo me he estado comunicando telefónicamente con él, he estado hablando con él, hemos estado hablando por teléfono, lógicamente él está librando nuevamente una gran batalla; ¡Cuántas batallas ha tenido que librar Kaddafi!”. El sandinista agregó que en Libia se daba una “situación terrible, donde existe todo tipo de conspiración y enfrentamientos, saqueos”.

La solidaridad con Kaddafi, mientras este enviaba los MIG y los tanques a reprimir, también llegaba desde La Habana. Fidel Castro, escribió, después de alertar sobre una delirante invasión de la OTAN, que “se podrá estar o no de acuerdo con Kaddafi”, pero “habrá que esperar el tiempo necesario para conocer con rigor cuánto hay de verdad o mentira o una mezcla de hechos de todo tipo” en Libia. ¿Se puede estar de acuerdo con Kaddafi? ¿O solamente se lo puede denunciar y condenar?

Según el juez libio Sayed Al Shanuka, que integra la Corte Penal Internacional de La Haya, los muertos serían 10 mil; según un médico francés que salió de Bengazi hacia Egipto, sólo en esa ciudad hubo 2000 muertos. Esperar para ver bien qué pasó, como pide Fidel, juega claramente a favor del dictador libio. Nadie tiene dudas razonables sobre qué pasó y qué pasa en Libia, pese al bloqueo brutal de la información ejercido por Kaddafi, mucho peor que el que se vio en Egipto. La poca información que sale de Trípoli dice que los comandos de la muerte van a los hospitales a rematar a los heridos, y que los cadáveres de las calles son juntados en camionetas para hacerlos desaparecer. Las manchas de sangre son lavadas y los escombros causados por los bombardeos, eliminados. El tiempo que pide Fidel para su aliado Kaddafi es usado para borrar las huellas del genocidio. Es así de claro, y Fidel, quien condecoró alguna vez a Kaddafi, lo sabe muy bien.

La solidaridad fidelista con Kaddafi tiene también un mensaje interno de disciplinamiento: ni se les ocurra un levantamiento, que yo haré como Kaddafi en Libia. Venezuela, otra aliada de Kaddafi, cuando el lunes desechó la versión de la fuga del dictador hacia ese país, no ahorró loas a su aliado. Conviene detenerse en el vocabulario del comunicado oficial venezolano. Allí se dice que el canciller Nicolás Maduro habló con su colega libio, Moussa Koussa, “mediante una llamada telefónica realizada a la sede central de los poderes en la ciudad de Tripoli, capital de la Gran Jamahiriya Arabe Libia Popular Socialista”, pomposo nombre oficial que propinó el coronel libio a su pobre país, y que Maduro enfatiza. En esa conversación, “el canciller Moussa Koussa informó a su par venezolano que el Líder Muammar Kaddafi se encuentra en Trípoli, ejerciendo los poderes que le otorga el Estado y haciendo frente a la situación por la cual atraviesa el país”. Maduro optó por cargar las tintas retóricas, pero sin poner las manos en el fuego por una figura que causa repugnancia universal.?

En cuanto al resto de América latina, Perú rompió relaciones, Costa Rica habló de genocidio, y Brasil dijo que la violencia del régimen libio era “inaceptable”. La Bolivia de Morales no se mostró tan solidaria con Kaddafi como sus aliados bolivarianos, pero evitó toda condena y pidió que el pueblo y su líder hagan las paces como si nada hubiera pasado.

La Argentina, después de varios días de silencio, emitió el martes un aséptico y mínimo comunicado de la Cancillería, donde se habla de “preocupación por la grave situación en Libia” y se “lamenta la pérdida de vidas y los actos de violencia acaecidos en los enfrentamientos”. Muy poco para un país que se supone tiene a los derechos humanos en su lista de prioridades. Por suerte el miércoles 23 se corrigió la puntería y en un nuevo comunicado se saludó y "coparticipa" de la intervención del Consejo de DDHH de la ONU y se exigió el “cese inmediato de las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por las autoridades de Libia y realizar una investigación internacional independiente sobre la violenta represión a las manifestaciones”. Mucho mejor así.

Pablo Díaz de Brito es periodista y analista de CADAL.

 

 
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