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Kirchnerismo y bonafinismo: Las consecuencias de un matrimonio por conveniencia
Por Pablo Díaz de Brito
Twitter: @pablodb1
18 de junio de 2011
Pablo Díaz de Brito
El escándalo Schoklender-Madres de Plaza de Mayo pone en foco varias cosas a la vez. El desmanejo total de fondos públicos por el kirchnerismo, que se ha encargado de anular todos los organismos de control, es uno tan obvio como reiterado en estos años "K", pero el caso denuncia de manera particularmente potente el patológico aspecto que ha tomado la doctrina de los DDHH en Argentina, al menos en el caso de su representante más emblemática, Hebe de Bonafini.
 
 

La sociedad argentina se ve sacudida en estas semanas por un escándalo que mezcla en cantidades iguales a los Derechos Humanos y a la corrupción a gran escala. Nada casualmente. El escándalo surge como un emblema involuntario pero muy gráfico de la era Kirchner, en la que los Derechos Humanos como doctrina de Estado conviven con fortunas inexplicables en medio de una abundancia nunca vista de fondos estatales.

El caso es que Sergio Schoklender, apoderado y factótum de la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo, está acusado de graves malversaciones de fondos públicos por la enorme cifra de 765 millones de pesos (unos 175 millones de dólares). Los fondos debían ser utilizados para construir viviendas sociales, sin licitación y en adjudicación directa a la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo. Hebe de Bonafini es la titular de esta institución, como bien se sabe. Por su papel de presidenta y por su enorme poder en la organización, Bonafini está muy comprometida ante la opinión pública, por más que el gobierno kirchnerista hace todos los esfuerzos posibles para desconectarla del escándalo. Su enorme aparato de medios y propaganda está enfocado en esta tarea durante estos días.

Por un lado, el escándalo Schoklender-Madres de Plaza de Mayo (o Madres a secas, como se las conoce en Argentina) pone en foco varias cosas a la vez. El desmanejo total de fondos públicos por el kirchnerismo, que se ha encargado de anular todos los organismos de control, es uno tan obvio como reiterado en estos años "K", pero el caso denuncia de manera particularmente potente el patológico aspecto que ha tomado la doctrina de los DDHH en Argentina, al menos en el caso de su representante más emblemática, Hebe de Bonafini. Se hablará acá de este segundo aspecto del affaire Schoklender-Madres: del bonafinismo.

El bonafinismo es un modo de actuar y decir, mucho más que una doctrina. Como doctrina es sólo una expresión más del radicalismo profundamente antidemocrático de las franjas más extremas de la izquierda criolla. Bonafini, para quienes no la conocen tengan una idea, ha celebrado los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas. Pero es en la enunciación donde está la diferencia, la clave del bonafinismo. Por la potencia del personaje Bonafini, y por sus modos de decir lo que dice.

El bonafinismo es así un estilo de decir/hacer DDHH, política de DDHH, único en el mundo. Por fortuna, porque desprestigia esa doctrina a los ojos de los ciudadanos. La furia y el rencor son la marca de fábrica de Bonafini. Quienes no comparten su resentimiento inagotable, su furia inapelable, la deben abandonar. Como hizo, con buen criterio sanitario, Nora Cortiñas, la titular desde 1986 de las "otras" Madres de Plaza de Mayo, designadas como Madres-Línea Fundadora. Los que no abandonan a Bonafini deben someterse a su dictadura. Porque, como han notado los que siguen el actual affaire y en general el accionar de Bonafini, en "las Madres" sólo hay "una Madre" que habla, que dice y que hace: ella. Las demás acompañan con sus presencias, con sus pañuelos blancos. En total silencio. Todo es "Hebe" dice esto, "Hebe" hace aquello. La interpelada por los medios en estos días de furia fue y es ella y solamente ella, a nadie se le ocurrió preguntarle sobre el caso Schoklender a otra Madre de su organización. Un verticalismo absoluto, de secta de fanáticos. Este verticalismo sectario es parte constitutiva del bonafinismo.

En 1999, Bonafini viajó a Yugoslavia para solidarizarse de cuerpo presente con el dictador Slobodan Milosevic y Serbia, víctimas de unas acciones militares de la Otán que salvaron in extremis al pueblo kosovar de un genocidio que ya había comenzado. En Belgrado, explicó que "tenemos el mismo enemigo: el imperialismo". Milosevic fue años después encarcelado en La Haya por delitos de lesa humanidad, o sea, por delitos contra los derechos humanos. De haber sido argentino hubiera compartido el banquillo con el dictador Jorge Rafael Videla. Esa excursión a Belgrado le costó a Bonafini salir de los listados de personalidades internacionales prestigiosas ligadas a los DDHH. En Europa le bajaron la persiana. A ella ese repudio no le importó nada. Pocos años después, su editorial, ya dotada con fondos K, le publicó un libro de discursos a ...¡Saddam Hussein! Se trataba de otro luchador antiimperialista, no importaba que, como Milosevic, fuera un genocida probado y consumado.

La reincidencia prueba que a Bonafini la defensa de los DDHH poco le importa en sí misma: todo depende de quién y contra quién se violen los DDHH. Si se hace en el marco de la lucha contra el imperialismo y el capitalismo, bienvenidas sean esas violaciones. Ejemplos actuales: los dictadores árabes Kaddafy y Assad, contra los que la Asociación Madres de Plaza de Mayo no ha levantado una palabra de condena (claro que tampoco lo han hecho los otros organismos de DDHH argentinos, como si las masivas violaciones de esos derechos en Libia y Siria fueran un asunto ajeno, que no los interpelara). De hecho, puede sospecharse que Bonafini secundaría con su solidaridad activa a Kaddafy y Assad, pero desde el gobierno la deben haber frenado. Sin embargo, el patrón y el espíritu del bonafinismo es claro: palmadas en el hombro para los genocidas amigos, los del campo antiimperialista y popular, nada de condenas, todas reservadas para los occidentales, y no solo dictadores: también valen para los demócratas Bill Clinton o Barack Obama, por ejemplo.

Esta conducta aberrante lleva a su vez al origen histórico del encuentro entre la izquierda radical latinoamericana y la doctrina de los DDHH: se da a raíz de la represión que este sector sufre por parte de las dictaduras militares en los años 70. Jamás, en los tiempos de auge de la izquierda radical, en los 60 y primeros 70, se dijo desde este sector una palabra, se escribió un texto, un libro, sobre la defensa de los DDHH. Esta era una doctrina "burguesa", de la "izquierda burguesa", principalmente yanki o europea. Era muy mal vista, al igual que el ecologismo. Los de la izquierda radical la aprendieron a través de sus abogados, en la lucha diaria para sacar de las cárceles a sus compañeros de ruta o reclamar por los desaparecidos. Ahí se dan cuenta de su potencial, y cuando la democracia vuelve a la Argentina en 1983 ya tienen en alguna medida copados a los organismos de DDHH, aunque había allí aún mucho de esa detestada izquierda burguesa, alfonsinista. Vale recordar algunos nombres: la ya citada Nora Cortiñas, el socialista Alfredo Bravo, Graciela Fernández Meijide, el filósofo y funcionario alfonsinista Carlos Nino.

Hoy, para defender los DDHH desde los valores demoliberales, no queda casi nadie de esa socialdemocracia que enfrentó a la dictadura en los tribunales, con abogados que presentaban hábeas corpus. Esos valientes escritos que el abogado patagónico Néstor Kirchner jamás redactó. Esas figuras han muerto o sobreviven en el ostracismo, impuesto por la alianza entre Bonafini y el kirchnerismo que ha monopolizado el discurso público sobre los derechos humanos.

Una oposición demasiado tímida y culposa en este terreno ha dejado hacer, siempre a la defensiva y temerosa de ser acusada de encarnar a "la derecha". De hecho, es esta inhibición la que explica que durante tantos años Sergio Schoklender y la Fundación de las Madres pudieran manejar enormes fondos públicos de la manera en que lo hacían: en 2008, por ejemplo, el alcalde de centroderecha de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, desistió de iniciar acciones judiciales contra la organización por manejos turbios en la construcción de un conjunto de viviendas. Elementos de prueba sobraban, pero prefirió no ser fusilado en los medios de comunicación como un enemigo de los derechos humanos y de Bonafini y sus Madres.

Así las cosas, por el deformante poder del dinero del Estado, el panorama de los organismos de DDHH en Argentina ha quedado sesgado, desfigurado desde 2003 en favor de los sectores más antidemocráticos y radicalizados: Bonafini es claramente la jefa de este sector que creció a partir de una lluvia de dineros públicos mientras los otros dirigentes, democráticos y mucho más formados que ella, se retiraban en silencio. El actual desprestigio de Bonafini, es, consecuentemente, el de los DDHH en sí mismos a los ojos de la población. Porque para el común de la gente en Argentina Bonafini es los DDHH. El daño así va mucho más allá de la volcánica Bonafini y de su poderosa organización.

Pero conviene detenerse un poco en el inicio de la relación entre el bonafinismo y el kirchnerismo. El bonafinismo conoce su auge mediático, político y económico sin par a partir de la elección por Néstor Kirchner del "tema DDHH" como estandarte ético de su gestión. Néstor Kirchner, de un potente dedazo, eligió al organismo más emblemático y combativo, las Madres, las Madres "de Hebe", no las mucho más sobrias y serias de Cortiñas, como "su" organismo de DDHH. Era un material mucho más útil para la operación propagandística que tenía en mente. La furiosa Hebe, tan violenta y descalificadora para los adversarios, se volvió una dócil seguidora de los K en cuestión de días, y dirigió su temible artillería verbal hacia los adversarios políticos del kirchnerismo, como el antecitado Macri. Jamás hubo una palabra suya contra la conducción nacional del llamado "proyecto", del "gobierno popular" kirchnerista.

Se combinó así la virulencia combativa con la sumisión plácida y entusiasta al gobierno que más fondos públicos ha manejado desde el retorno de la democracia. Un matrimonio muy conveniente para los dos contrayentes: el peronista patagónico que en su vida había luchado por los derechos humanos y la facción más dura de los organismos de DDHH argentinos. Cuando una ONG toma dinero de un gobierno, y en cantidades enormes, obviamente resigna su independencia, por definición deja de ser una ONG: pasa a ser una "OG", sin la N de No. Este es un asunto obvio, pero apenas considerado en la anómala Argentina K: en el mundo, una ONG que recibe fondos de su gobierno pierde automáticamente toda credibilidad pública. En Argentina, las Madres de Plaza de Mayo seguían siendo creíbles hasta este escándalo, al menos para la prensa (no así para el público, que captó esa anomalía, esa pérdida de independencia ante el poder del Estado).

Hoy esa curiosa alianza mutuamente beneficiosa está sufriendo un duro examen, una prueba de fuego. Se dice que Cristina Fernández de Kirchner enfureció cuando se enteró del escándalo Schoklender (o mejor dicho, del estado público que había tomado: lo conocía de mucho antes por informes confidenciales). También se afirma que la orden de "soltarle la mano" a Schoklender llegó desde arriba, no fue iniciativa de Bonafini. El bonafinismo parece haber encontrado de esta forma su límite y sufrido -más allá del esfuerzo oficialista y del periodismo adicto por salvar a Bonafini- un daño serio, seguramente irreversible.

Pablo Díaz de Brito es analista de CADAL y redactor especial de www.analisislatino.com

 

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