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A un año de la muerte de Néstor Kirchner: la construcción del mito no funciona
Por Pablo Díaz de Brito
Twitter: @pablodb1
28 de octubre de 2011
Pablo Díaz de Brito
Néstor Kirchner fue un típico señor feudal pejotista del interior, con una obsesión por el control y la concentración del poder. Accedió a la Presidencia luego de ejercer el poder absoluto por años en Santa Cruz, donde aniquiló la división de poderes y los controles de gestión. Y en esos años comenzó a forjar su fortuna sin explicación legal. No hay nada de heroico y arrojado en todo eso, todo lo contrario. Hay material para una buena historia de poder sórdido y crudo, pero no para sostener el tono apologético que requiere la construcción de un buen mito.
 
 

El primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner (NK) careció de tono muscular y emocional. Fue evidente, más por cumplirse la fecha a apenas cuatro días del arrasador paso por las urnas de su viuda, Cristina. En las decenas de actos en todo el país se reunieron algunos pocos miles de militantes "orgánicos" y funcionarios gubernamentales. Nada de multitudes emocionadas y espontáneas. Mientras se transmitían las celebraciones por los canales de TV, la indiferencia y la frialdad eran evidentes en los bares. La presencia de la reaparecida Hebe de Bonafini, autorizada a salir del clóset luego de las elecciones, seguramente no ayudó a provocar el calor popular. En las calles no se veían rostros transidos de dolor ni ojos humedecidos. 

Esta distante recepción de la sociedad argentina a un aniversario que desde el poder se quiso vestir de emoción y calidez popular, tuvo su meta-mensaje, su subtexto: "Miren, el domingo pasado los votamos, pero no se crean que les compraremos toda la mercadería que nos presenten. Esto de Néstor prócer no va. Todos lo conocemos, todos sabemos de su fortuna excesiva, de sus manejos turbios y sus aprietes cotidianos. No jodamos".

Hace un año ya se anticipaba el fracaso de este procedimiento de mitologización de Néstor Kirchner mediante los inagotables recursos y medios de comunicación del Estado. No funcionó entonces, y mucho menos ahora, con la emoción archivada hace rato. Es cierto que el efecto de solidaridad con la viuda de vestido negro y voz quebrada por la emoción sí funcionó, ¡y cómo! Pero se trata de otra cosa: "Ella" es la presidenta que "se quedó sola" y pide entre lágrimas que le "den una mano". CFK y su entorno detectaron el balsámico efecto de esta imagen, estudiadamente construida, y la utilizaron sin descanso, desde el primer acto oficial de ella a pocos días del funeral de NK, cuando estrenó la voz quebrada y el vestido negro. Suplantó desde entonces a la Cristina anterior, la petulante del "atril" y las lecciones insoportables de cómo pensar correctamente. Esa presidenta jamás había "prendido" en el afecto popular, todo lo contrario. Hubo momentos, allá por 2008/9 en que estuvo por debajo de 20% de apoyos en los sondeos. El cambio de estilo que trajo la muerte de NK -y la desaparición de escena de éste- fue tan abrumadoramente eficaz que CFK sigue utilizándolo hasta hoy, como se vio en el acto de cierre de campaña y en la noche de los festejos.

Tal vez, con el aparato educativo bien sometido, se pueda "vender" el mito a los adolescentes en las escuelas. Pero a los adultos, aún a los jóvenes, no. Lo conocieron, a NK, ése es el problema.

El aparato propagandístico para la construcción del mito está, pero falta lo principal: la buena materia prima. Porque si bien es cierto que siempre existe -se trate de Belgrano o de Néstor Kirchner- la "construcción social" del héroe -y que no es este un proceso espontáneo ni inocente, porque es ideológico- también es verdad que se debe partir de "algo", de esa materia prima de calidad que mencionamos. Hay un problema de producto, dirían en una agencia de publicidad. El producto NK es malo y conocido por el consumidor. Podemos cambiar el envase y el contorno discursivo, pero no podemos engañar el paladar del consumidor. Con NK ocurre justamente esto. Demasiadas riquezas inexplicables, demasiados amigos enriquecidos con él en el poder que todo el país considera sin dudar sus testaferros, demasiado poder concentrado y arbitrario. Kirchner nunca fue simpático y cálido, como lo presentan ahora las edulcoradas biografías escritas por los periodistas y amigos del poder K. Al contrario, su carácter hosco, rencoroso y manipulador era bien conocido y justamente temido. NK fue un típico señor feudal pejotista del interior, con una obsesión por el control y la concentración del poder. Néstor accedió a la Presidencia luego de ejercer el poder absoluto por años en Santa Cruz, donde aniquiló la división de poderes y los controles de gestión. Y en esos años comenzó a forjar su fortuna sin explicación legal. No hay nada de heroico y arrojado en todo eso, todo lo contrario. Hay material para una buena historia de poder sórdido y crudo, pero no para sostener el tono apologético que requiere la construcción de un buen mito. La retórica del "gran Hombre" que "lucha solo hasta la muerte" contra "los poderes concentrados y oligárquicos", que "dejó la vida en esa lucha", podrán repetirse una y otra vez como un mecanismos de relojería en los medios estatales y paraestatales, cada día más numerosos. Pero no lograrán conquistar "el corazón del pueblo", para seguir utilizando el lenguaje cursi de esa mitología.

Se suele recurrir, para desmentir este diagnóstico negativo, al caso de Perón y Evita. Pero esa era otra época, con medios mucho menos penetrantes y una opinión pública mucho más ingenua. De hecho, en la utilización de la imagen de Evita, CFK recurrió a la fraseología de entonces (el slogan "la opción por los humildes", aparece detrás de su imagen en el afiche de campaña). Una terminología que hoy resulta chocante, paternal y reaccionaria. Que curtidos ex revolucionarios castristas y del peronismo revolucionario no objeten esta fraseología arcaica resulta cuando menos paradójico. Pero además la construcción del mito de Perón contó con un ingrediente excepcional: la torpe decisión de expulsarlo del poder mediante un golpe (la Revolución Libertadora) y el largo exilio que tuvo que afrontar. Sin este golpe y este exilio resultan inexplicables el "setentismo", el peronismo de izquierda revolucionaria de la generación que hoy habita la cúspide del poder y de sus ideólogos (Horacio Verbitsky, Horacio González).

Además, la sociedad argentina tampoco "compra" todo el combo "Perón y Evita": sabe que ninguno de los dos "era un santo", y ni la reciente película del instituto estatal Incaa, que intenta retratarlos como dos tiernos noviecitos, logrará cambiar ese descreimiento matizado.  En suma: el "pueblo argentino", así como se despreocupa de los balances institucionales y de poder y le da el 54% de sus votos a CFK, es al mismo tiempo de una idiosincrasia renuente a las creencias fervorosas y emotivas, sin frenos ni críticas. Por algo el más eficaz refrán popular argentino para legitimar una opción ocasional en las urnas es "Estos roban pero hacen". La despreocupada idiosincrasia nacional hace posible la construcción de un poder formidable y hegemónico como el que hoy tiene CFK. Pero esa misma sociedad le hace saber con su indiferencia al mito NK que ese apoyo puede desaparecer por arte de magia, como ya le ha ocurrido al kirchnerismo en 2008.  Y la vena tanguera de la sociedad nacional le pone un filtro, hecho de cinismo y distancia crítica, a estas retóricas heroicas derramadas desde el poder y su aparato propagandístico. Porque esas mitologías sólo se aceptan para las figuras fundacionales de la nación (San Martín, Belgrano y muy pocos más) y despiertan una mueca burlona cuando se intentan extender a figuras contemporáneas con más vicios que virtudes, como NK.

Pablo Díaz de Brito es redactor especial de www.analisislatino.com

 

Twitter: @pablodb1
 
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