20.9.2017
Inicio | Institucional | Artículos | Entrevistas | Libros | Podcast | Publicidad | Videos
  Libros
Diplomacia y derechos humanos en Cuba: de la Primavera Negra a la liberación de los presos políticos
Por Jorge Olivera Castillo
13 de junio de 2012
Jorge Olivera Castillo
A través del texto publicado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) y la Fundación Konrad Adenauer, el lector se sumerge en los ámbitos de un drama que ha sido abordado en múltiples ocasiones pero que aun no llega a manifestarse como un patrón para equilibrar la visión parcializada que existe en torno a la realidad cubana. Con la serenidad que le caracteriza y el rigor profesional como denominador común en sus trabajos de análisis e investigación sobre diversas problemáticas latinoamericanas, ahora la entidad no gubernamental con sede en Buenos Aires, Argentina, pone en perspectiva la labor de varios diplomáticos que resultaron ganadores tras una encuesta sobre su labor en defensa de los derechos humanos durante su finalizada misión en Cuba.
 
 

Una mano tendida en el momento oportuno es un gesto que queda cincelado a perpetuidad en el recuerdo. De eso pueden dar constancia miles de personas sometidas al arbitrio de las fuerzas maléficas que rondan por este mundo, sin distinciones geográficas ni culturales.

El hambre motivado por el egoísmo u otros desatinos humanos, los desastres naturales, la xenofobia, las guerras civiles y las dictaduras con su intolerancia a cuestas, son algunos de los centros generadores de ese dolor que sobrepasa el reportaje en primera plana, la fotografía captando el clímax de la fatalidad o el video que muestra los detalles de una tragedia que por su patetismo parece más un producto de Hollywood que una escena captada en vivo y en directo.

Entre los elementos causales de esas tragedias colectivas que lanzan, o han lanzado, a miles de seres humanos hacia las zonas más sombrías de la desesperación, habría que resaltar a esos gobiernos que a nombre de un ideal supremo intentan, y desafortunadamente casi siempre logran, construir prisiones con fachadas de repúblicas sin rejas de hierro, salvo las necesarias, además de instituir la obediencia incondicional a un partido como política de estado.

Cuba es un ejemplo ilustrativo de esto último, al margen de las exoneraciones que se fabrican, con no pocas dosis de cinismo, dentro de las fronteras nacionales y allende los mares. ¿Cuál es la diferencia entre una dictadura de izquierda y otra de derecha?

A modo de comparación, es importante recalcar algo que demuestra la génesis destructiva de un sistema que se vende como un paradigma del Tercer Mundo.

En el año 1959, antes de llegar el huracán revolucionario liderado por Fidel Castro, había en Cuba 13 prisiones. Actualmente existen más de 200 centros penitenciarios y campos de trabajo forzoso. En aras de una mejor comprensión del fenómeno, es preciso decir que en 1959 la población del país era de 6 millones de habitantes y en el 2012 sobrepasa el listón de los 11 millones. ¿Acaso puede haber espacio para las virtudes en un país en el que cualquiera puede ser encarcelado ante presuntas sospechas de cometer un acto delictivo en el futuro?

¿De qué libertad se presume en los discursos, si al repartir en la vía pública una docena de plegables con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se corre el riesgo de ser acusado por actividades subversivas?

En este ambiente de zozobra, las víctimas son como la hierba en una selva tropical. Siempre abundantes y a expensas de quienes no pierden la destreza en el uso de la hoz y el martillo, para segar y macerar sin contemplaciones a quienes desobedezcan la letra y el espíritu  de los edictos oficiales.

La densidad del terror no es óbice para que aparezca la luz de la solidaridad, incluso en el lugar de los hechos y teniendo como protagonistas a personas nacidas en otras latitudes. Para corroborarlo, invito a leer el libro “Diplomacia y derechos humanos en Cuba: de la Primavera Negra a la liberación de los presos políticos”.

A través del texto publicado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) y la Fundación Konrad Adenauer, el lector se sumerge en los ámbitos de un drama que ha sido abordado en múltiples ocasiones pero que aun no llega a manifestarse como un patrón para equilibrar la visión parcializada que existe en torno a la realidad cubana.

CADAL contribuye una vez más a estos empeños con la serenidad que le caracteriza y el rigor profesional como denominador común en sus trabajos de análisis e investigación sobre diversas problemáticas latinoamericanas.

Ahora, la entidad no gubernamental con sede en Buenos Aires, Argentina, pone en perspectiva la labor de varios diplomáticos que resultaron ganadores tras una encuesta sobre su labor en defensa de los derechos humanos durante su finalizada misión en Cuba.

Para los demócratas cubanos son muy familiares los nombres de consejeros tales como, Cecilia Wigjers (Holanda), Volker Pellet (Alemania) e Ingemar Cederberg (Suecia), los tres homenajeados entre 2009 y 2010 por asumir con valentía y resolución su postura a favor de las personas que dentro de la Isla han apostado por luchar pacíficamente contra una dictadura cincuentenaria. Valga apuntar que no fueron los únicos diplomáticos en adoptar esta loable posición de principios.

El libro que engrosa el amplio fondo testimonial de una época aun por concluir y que, sin dudas, dejará un legado funesto para las próximas generaciones, no hubiese fructificado sin los auspicios de Gabriel Salvia, quien fue el compilador, al margen de sus responsabilidades como el director de CADAL.

Nadie podrá alegar desconocimiento en un futuro cercano, sobre la podredumbre de un proyecto solo viable en teorías oportunistas.

No importa que la calumnia se utilice como arma para destruir a quienes, dentro y fuera de Cuba, exponen las evidencias de una gran estafa.

No importa que los atropellos contra los cuestionadores, en intramuros, del rancio e inmutable status quo, sigan perpetrándose sin escrúpulos.

Como dice la biblia en el libro de Eclesiastés, todo tiene su tiempo.

La verdad, al final se impone. No la absoluta que se fragua en los talleres del partido único, sino la que nace en cada ciudadano. Esa que por decirla se adquiere, automáticamente, el estigma de contrarrevolucionario.

Jorge Olivera Castillo es periodista, escritor y reside en La Habana. Integró el grupo de los 75 presos políticos detenidos en 2003 durante la denominada "primavera negra de Cuba". Es autor, entre otros libros, de “Antes que amanezca y otros relatos”.

 
 Videos  El blog de Hugo E. Grimaldi
  Podcast Política Argentina
Fernando Laborda
Pese al caso Maldonado, las encuestas favorecen a Cambiemos
Por Fernando Laborda
Editorialista, diario La Nación

Archivo en mp3
El Podcast de Fernando Laborda en RSS
Auspician la columna de
Fernando Laborda
 
Gobierno de la Pcia de Buenos Aires
Colegio de Escribanos
Fibercorp
E N L A C E S