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  Artículos
Energías alternativas y desarrollo sostenible en América Latina
Por Francisco Javier Burgos
24 de julio de 2012
(Revista Perspectiva) La región en su conjunto posee un potencial enorme para fomentar las energías alternativas como mecanismo de desarrollo sostenible y como respuesta eficiente a su creciente demanda energética. Se calcula que la tasa anual de crecimiento en la demanda energética en América Latina es de 2,4% y que la inversión necesaria para ampliar el suministro y mejorar la infraestructura energética equivale al 1,5% del PIB regional (IEA, 2008). Con esta realidad, y sin una visión de desarrollo y mayor integración de las fuentes de energía alternativas en la matriz energética, el presente y el futuro de América Latina se perfilan como muy dependientes de recursos energéticos de origen fósil.
 
 

América Latina es una región muy particular, no sólo por su diversidad biológica y cultural, sino también por la variedad de sus riquezas naturales y de sus recursos energéticos. En tal sentido, la región cuenta con un gran potencial para el desarrollo de las energías alternativas, lo que constituye una excelente oportunidad para la diversificación de la matriz energética regional sobre la base de fuentes renovables de energía y el uso de tecnología y medidas de eficiencia energética. Para muchos, esta es una tarea parcialmente superada, en especial cuando las estadísticas energéticas indican que la energía renovable representa un 25% de la oferta total de la energía primaria (Otep) en la región[1]. Sin embargo, según los datos más recientes, dicho porcentaje tiende a ser menor a causa del incremento en la demanda energética y el cambio experimentado en los patrones de inversión en los mercados energéticos del subcontinente, los cuales se han caracterizado durante las últimas décadas por favorecer la inversión en sistemas energéticos convencionales, en respuesta a una visión de desarrollo a corto plazo que no integra en sus estrategias los costos ambientales y sociales vinculados a tales inversiones (Bárcena et al., 2012).

A pesar del gran potencial para implementar programas de energía sostenible, los combustibles fósiles siguen predominando en la matriz energética regional, ya que representan cerca del 73% de la Otep (Olade, 2011). Esto se debe a varios factores, tales como el aumento en la producción tanto de petróleo como de gas natural experimentado por varios países de América Latina, la percepción popularizada sobre las tecnologías de energía renovable como extremadamente costosas y tecnológicamente difíciles, y la falta de marcos legislativos para promover el uso de la energía renovable en sus variadas formas.

Sólo en los últimos años hemos visto una fuerte propensión a desarrollar las fuentes de energía renovable, lo cual se ha cristalizado gracias al esfuerzo de varios países por definir marcos políticos orientados a la promoción de energías alternativas, así como merced a la atracción de las inversiones indispensables para su desarrollo. En gran medida, dichos avances se han motivado tanto por la necesidad de tener una matriz energética más segura, diversa y limpia, como por la urgencia de mitigar los impactos negativos asociados a la generación de gases de efecto invernadero (GEI) en la producción y el uso de los combustibles fósiles.

Históricamente, la participación de la energía renovable en la oferta energética latinoamericana ha estado caracterizada por la hidroelectricidad y los biocombustibles; sin embargo, hay que considerar que entre los países de la región hay diferencias muy marcadas en cuanto a los patrones de producción, usos energéticos e infraestructura energética. Así, por ejemplo, la participación de la energía renovable en la Otep en Colombia y Argentina no supera el 8%, en Ecuador es de alrededor de 15%, mientras que en Brasil, El Salvador y Paraguay representa el 47, 62 y 85%, respectivamente[2], [3], [4].

Además, la región cuenta con una producción importante de biocombustibles (Brasil, Colombia, Argentina), pero no todos los países productores tienen mandatos de mezcla que favorezcan su uso y comercialización local (Guatemala, El Salvador). Esta situación constituye un gran reto para América Latina, ya que gran parte del sector del transporte y del sector eléctrico, responsables del 16% de los GEI en la región (Coviello et al., 2012), dependen del uso de combustibles fósiles.

Otra diferencia notable tiene que ver con el acceso a servicios modernos de energía. En Costa Rica, por ejemplo, la cobertura eléctrica está muy cercana al 100%, mientras que en Guatemala y Bolivia es de alrededor del 83 y 51%[5], respectivamente. En general, América Latina tiene unos 35 millones de personas sin acceso a servicios modernos y seguros de energía. Tal factor se agrava al comprobar que gran parte de la población rural hace uso ineficiente e insostenible de la biomasa para suplir sus necesidades energéticas.

El desarrollo mismo de las fuentes de energía alternativas no ha escapado a estas diferencias. La energía geotérmica en la región sólo se ha desarrollado tímidamente en México (960 MW) y Centroamérica (502 MW). Se estima que el potencial geotérmico de Chile es cercano a los 16 GW, y aunque el país ha manifestado interés en su exploración, no ha habido mayores avances.

En el caso de la hidroelectricidad, a pesar de ser ésta una de las fuentes energéticas más utilizadas en América Latina, todavía existe una alta capacidad para su expansión; con todo, hay que considerar los impactos socioambientales relacionados con la construcción de grandes hidroeléctricas. Una solución para minimizar dichos impactos está representada por las pequeñas plantas hidroeléctricas, las que a su vez son de menor costo tanto para su construcción, como para su operación y mantenimiento. Brasil, con una capacidad de 1,9 GW, es el líder en la generación a partir de pequeñas hidroeléctricas, seguido de Perú y Argentina con ~200 MW cada uno, y Guatemala y México, ambos cercanos a los 100 MW. Con una menor participación están Chile, Honduras, Ecuador y Colombia.

La energía eólica se proyecta como una fuerte alternativa y varios países han fomentado su desarrollo a través de concesiones, que en muchos casos se favorecen de programas preferenciales de compra de energía renovable. En su totalidad, América Latina tiene alrededor de 2.400 MW instalados a base de viento. De éstos, 931 MW están en Brasil y 519 en México. Otros países con participación de energía eólica incluyen a Chile (172 MW), Costa Rica (123 MW), Honduras (102 MW), Nicaragua (63 MW), Argentina (60 MW) y República Dominicana (33 MW). Se espera que para finales del 2013 la generación a base de viento tenga una mayor contribución en la Otep regional.

En cuanto a la utilización de biomasa para energía en América Latina, su empleo más generalizado es la biomasa tradicional (especialmente leña y carbón). La producción de biocombustibles de primera generación es crucial en países como Brasil –líder tanto en la producción de etanol como de biodiésel–, Argentina y Colombia. Así mismo, existe una tendencia emergente a la producción de gas, electricidad y vapor a partir de biomasa, y la cogeneración eléctrica asociada a la industria cañera se convierte en el recurso más explotado a nivel comercial. El potencial bioenergético de la región es enorme y hay que tomar en cuenta que, en gran medida, el desarrollo energético a partir de biomasa (residuos en particular) constituye la solución de diversos problemas sociales, sanitarios, económicos y ambientales.

La energía solar es la menos explorada en América Latina, con apenas ~17 MW instalados, pero por las características geográficas de la región existen unas condiciones óptimas para su desarrollo y utilización, tanto a nivel residencial como en centrales eléctricas. El uso más generalizado de energía solar es para calentamiento de agua. A nivel rural, 600 comunidades de Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Perú han sido beneficiarias del programa Eurosolar, cuyo enfoque primario es la electrificación aislada a partir de energía fotovoltaica. En Brasil se tiene previsto instalar 400.000 pequeñas instalaciones para calentamiento de agua y se está trabajando en la construcción de la primera central fotovoltaica con una capacidad de 3 MW. En México se prevé la construcción de la primera planta solar-térmica con una capacidad de 650 MW, en tanto que otros proyectos se están evaluando en Chile y Perú.

En fin, a pesar de las discrepancias señaladas sobre el estado actual de desarrollo y sobre el hecho de que la disponibilidad de recursos energéticos varía de país a país, la región en su conjunto posee un potencial enorme para fomentar las energías alternativas como mecanismo de desarrollo sostenible y como respuesta eficiente a su creciente demanda energética. Se calcula que la tasa anual de crecimiento en la demanda energética en América Latina es de 2,4% y que la inversión necesaria para ampliar el suministro y mejorar la infraestructura energética equivale al 1,5% del PIB regional (IEA, 2008). Con esta realidad, y sin una visión de desarrollo y mayor integración de las fuentes de energía alternativas en la matriz energética, el presente y el futuro de América Latina se perfilan como muy dependientes de recursos energéticos de origen fósil. Esto significaría no avanzar hacia un escenario energético alineado con el desarrollo de una economía verde que apueste a la protección ambiental, a la diversificación energética y que se corresponda a la vez con las iniciativas asociadas a la mitigación del cambio climático en una región cuya población es cada vez más urbana y con mayor demanda de bienes y servicios.

En tal sentido, el desarrollo económico de la región debería centrarse en poner en marcha un programa de desarrollo e inversión en energía renovable que fomentara la cooperación y el intercambio energético, la generación distribuida y la eficiencia energética, facilitando la protección ambiental, la inclusión social y el desarrollo económico.

Referencias

Bárcena, A. et al. (2012). La sostenibilidad del desarrollo a 20 años de la Cumbre para la Tierra: avances, brechas y lineamientos estratégicos para América Latina y el Caribe. LC/L.3346 Rev.1, 2012-65. Naciones Unidas.

Coviello, M., Gollán, J. & Pérez, M. (2012). Las alianzas público-privadas en energías renovables en América Latina y el Caribe. LC/W.478. Santiago de Chile: Cepal.

IEA (International Energy Agency) (2008). Key world energy statistics. Francia.

Olade (Organización Latinoamericana de Energía) (2011). Sistema de Información Económica Energética (SIEE).

Olade-Onudi (2011). Caso Ecuador. Informe Final. Observatorio de Energías Renovables en América Latina y el Caribe. Quito: Olade.


[1]Dato calculado a partir de las estadísticas ofrecidas por la Agencia Internacional de Energía, www.iea.org.

[2]Organización Latinoamericana de Energía, www.olade.org,

[3]Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (2011). Situación de energías renovables en el Paraguay. Disponible en http://www.ssme.gov.py/vmme/pdf/libroenergia.pdf.

[4]Olade-Onudi (2011). Caso Ecuador. Informe Final. Observatorio de Energías Renovables en América Latina y el Caribe.

[5]Datos obtenidos de las estadísticas energéticas nacionales.

 
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