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¿Vox populi, vox dei?
Por Elena Valero Narváez
17 de agosto de 2012
Elena Valero Narváez
(Revista Perspectiva) Es por eso que los gobiernos latinoamericanos, intentando perpetuarse en el poder, debilitan los pilares de la democracia: la opinión pública y el sistema de partidos. Cambian, una vez llegados al poder, la filosofía liberal por una nacional-socialista, intervencionista, estatista. De esta manera dejan a la sociedad sin autodefensa, sumando para conseguirlo la tecnología moderna que les proporciona el Estado.
 
 

(Revista Perspectiva) Mirando hacia varios países de América Latina: Bolivia, Venezuela, Ecuador y, ya podemos incluir a Argentina, nos damos cuenta que las mayorías no siempre tienen razón. Y eso, sin recurrir al ejemplo paradigmático del voto mayoritario, que permitió a Hitler llegar al poder.

Los gobernantes de esos países, por acceder a la presidencia de la mano de la mayoría, creen que pueden gobernar como quieren, sin respetar las normas democráticas, saltando -una y otra vez-, por encima de ellas. No se han preocupado, una vez llegados al poder, por cómo debe gobernarse en un sistema democrático.

A las pruebas me remito: en todos esos países, se intenta acallar la voz de la prensa independiente.

Evitar la tiranía fue la preocupación de los padres de la Constitución de 1853. Hay valores que la sociedad y los gobernantes deben defender a toda costa, ellos están enunciados en ella. La concepción filosófica que la hizo posible es liberal: todas sus disposiciones tienen fe en la libertad, por eso, la limitación del poder es condición necesaria para combatir la dictadura.

Los tiranos hacen colaborar a la fuerza y acatar las medidas anticonstitucionales en silencio. Dejan de responder por sus actos de gobierno, por lo tanto, también desisten de ser responsables por ellos. Se convierten en gobernantes omniscientes, pretendiendo dirigir la vida de los gobernados, hasta el punto de olvidar uno de los derechos mas importantes: el de forjar el propio destino, el tener, incluso, el derecho a equivocarse.

El deber del estado democrático es reverenciar los derechos individuales y garantizarlos, respetando la dignidad de las personas, de todas, no solamente la de la mayoría. También por ello debe limitar la libertad, solo lo suficiente, como para que no se pueda perjudicar a los demás.

El hombre se deja impulsar más por las pasiones que por la razón, pero, el sistema democrático lleva a que se intente ser menos irracional. Por ejemplo, el hecho de que haya libertad de prensa permite que todas las opiniones salgan a la palestra. Acepta la crítica de las acciones del gobierno y ayuda, de este modo, a mejorarlas por medio de mejores propuestas. Sin libertad para compartir lo que pensamos no podemos llevar a la práctica nuestras ideas, necesitamos también de la crítica, para poder cambiarlas o corregirlas.

Es indispensable que la opinión pública esté institucionalizada o sea permitida por el poder político. Necesitamos de las razones que avalan una opinión y de las que la refutan. Así se progresa y aprende, como sucede en el campo científico.

Vemos con qué ligereza los gobernantes autoritarios de América Latina se prenden del micrófono, en actitud antisocrática, pretendiendo saberlo y explicarlo todo; olvidando que los seres humanos nos movemos dentro del terreno de la conjetura. Debieran ser mucho más humildes, permitir el disenso, y contrastar sus opiniones con la realidad.

Karl Popper definió lo decisivo en una democracia: la posibilidad de destituir al gobierno sin derramamiento de sangre, por medio del voto. Todo gobierno que puede ser derrocado conserva un fuerte estímulo para actuar de manera que satisfaga a la gente. Y ese estímulo desaparece cuando el gobierno sabe que no se lo puede destituir fácilmente.

Es por eso que los gobiernos latinoamericanos, intentando perpetuarse en el poder, debilitan los pilares de la democracia: la opinión pública y el sistema de partidos. Cambian, una vez llegados al poder, la filosofía liberal por una nacional-socialista, intervencionista, estatista. De esta manera dejan a la sociedad sin autodefensa, sumando para conseguirlo la tecnología moderna que les proporciona el Estado. Llevan a la economía a los viejos esquemas, donde las empresas operan aisladas de la competencia y con restricciones a la importación y a la exportación. El Estado deja de ser garante del derecho de libre comercio para propiciar una economía cerrada, volcada hacia el mercado interno, sofocando la iniciativa privada.

El fracaso, en todos los casos, se hace sentir con sobre-exigencia de la sociedad hacia el gobierno, en materia de políticas sociales y de ingresos. Además, con estas políticas de redistribución estatal, se pretende repartir sin que aumente la producción y la productividad, las cuales, sin inyección de capital, son imposibles. A pesar de todo somos muchos los optimistas: el futuro está abierto de par en par y depende de nosotros.

La Constitución permite resistir a un régimen político injusto, a una tiranía que no respete la libertad y otros importantes derechos individuales, que permiten el desarrollo pleno de las personas. Los presidentes autoritarios o en vías de serlo, olvidan que en América Latina hay ejemplos de países más exitosos porque han dejado de desear lo nocivo: el Estado de bienestar. Éste, opaca la libertad y creatividad humana con su canto de sirena, resumido en que se debe esperar todo del Estado. Se han percatado que por ese camino se llega a la dictadura, a la pérdida del más importante de los valores: la libertad.

No es fácil ser libre, uno es responsable de sus elecciones, debe construirse por sí mismo pero, es mucho mejor que depender de un Estado, el cual, en nombre de satisfacer las necesidades de las personas, se apropia de sus vidas y de su libertad, convirtiéndolas en ovejas, a las que puede manipular a su antojo.

Fuente: Revista Perspectiva

 

 

 
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