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La mano visible
Por Tristán Rodríguez Loredo
31 de agosto de 2012
Tristán Rodríguez Loredo
(El Cronista Comercial) Es la política del momento, el exilir de todo mal que aqueja a los equilibrios macro y macroeconómicos. Pero no surgió de la noche a la mañana ni podemos personalizarlo en un grupo de jóvenes economistas que embanderaron, hace tiempo, su desconfianza visceral por la institución social más relevante en el desarrollo económico del último siglo: la dinámica del mercado.
 
 

(El Cronista Comercial) Los trenes andan mal, digamos que cada vez peor. La solución no tarda en llegar: el Estado toma a su cuenta y cargo el control casi total del sistema, encara obras impostergables postergadas y en algún momento, sin precisar cuándo ni cómo, todo volverá a la normalidad.

La emergencia energética clama también una política efectiva para evitar el colapso. La decisión cruza como un rayo al centro neurálgico de la empresa más grande del país: se expropia la participación mayoritaria de control.

El sistema eléctrico está desfinanciado y cerca de tirar la toalla, luego e una década de precios arbitrarios, devaluación asimétrica y default inducido. No importa, se establece un comité para organizar su salvataje estableciendo prioridades en la inversión y evitar el apagón financiero.

Los bancos no prestan, la yerba escasea, el dólar brilla pero por su ausencia. Para todos estos inconvenientes, la receta es la misma: dejen paso a la mano visible del Gobierno para que arregle lo que otros, los privados no pudieron, no supieron o no quisieron. Es la política del momento, el exilir de todo mal que aqueja a los equilibrios macro y macroeconómicos. Pero no surgió de la noche a la mañana ni podemos personalizarlo en un grupo de jóvenes economistas que embanderaron, hace tiempo, su desconfianza visceral por la institución social más relevante en el desarrollo económico del último siglo: la dinámica del mercado.

Unos descreen de su funcionamiento por los fracasos dentro y fuera de las fronteras. Hay innumerables ocasiones en que el libre juego de oferta y demanda no desemboca en el necesario equilibrio sustentable entre los agentes económicos. Es la función de superhéroe del funcionario que mira el bienestar general y no está preso de los intereses particulares. Y que seguramente lo hará mucho mejor que los miles que concurren a diario a un mercado de este tipo. Pero también existen otros que miran con recelo algo inevitable para quien toma decisiones atomizadas y sin pedir permiso: la acumulación del poder. Los de la más pura cepa los llamaban “pequeños burgueses”, en alusión a los pequeños y medianos empresarios que tenían pautas de comportamiento que no obedecían necesariamente a los grandes lineamientos del gobierno de turno. Pero esa autonomía es el oxígeno del mundo de la producción y del trabajo que toman decisiones en un campo que transitan a diario.

El ex canciller Guido Di Tella, un peronista tardío pero lúcido, decía que los radicales hacían su cursus honorum como dirigentes universitarios y en profesiones liberales y los peronistas a ambos lados del mostrador de la empresa. A unos, simplificaba, le contaban la economía y otros la protagonizaban. Pero el tiempo pasó también para el PJ en su base de conducción y muchos líderes de las diversas siglas de ese particular universo han hecho sus pininos en estructuras burocráticas del Estado Nacional o los gobiernos provinciales. No conocen tanto los resortes de la producción como de las cuentas fiscales y el control del Tesoro. Luego de un cuarto de siglo de gobierno ininterrumpido en muchas provincias y municipios, no pueden argumentar ignorancia en estas materias. Pero la pregunta inicial recobra su fuerza: ¿Qué encierra la panacea de la intervención estatal directa? Además de las consideraciones antes mencionadas, arriesgo que una visión más profunda: el Estado agrega valor con sus medidas y controles y los privados muchas veces actúan como pirañas devorándose unos a otros. En este marco, la competencia puede parecer un juego de suma negativa pero el rol compensador del Gobierno también puede derivar en una curiosa paradoja: quitarle oxígeno al mundo económico ‘competitivo‘ para dárselo a la mano visible estatal, también agrega valor. Por lo tanto, en este silogismo, cuando más poder se transfiera, mejor estará la sociedad. Qué mejores decisiones de ahorro e inversión que las que toma un ministerio de planificación antes que la city financiera o las casas matrices de las grandes corporaciones. Cuánto más eficiente es una circular, decreto o ley que ordena el universo caótico de las directivas que cada productor, proveedor o cliente toma a diario. Qué liberador resulta no tener que preocuparse de cuánto, cómo y dónde consumir; en qué moneda, con que frecuencia y bajo qué condiciones. Todo tiene una proposición, más directa, más ecuánime y más inclusiva.

De todas maneras, si la solución no es tal y los trenes siguen sin andar, la energía continúa consumiendo las reservas de divisas, la electricidad y el gas, la paciencia de los usuarios; aún así siempre existe el recurso de jugar con las cifras y mostrar resultados a la carta. ¿Si ya se hizo con la inflación, porqué no extenderlo a otras variables ‘sensibles‘?

En un sistema así, la dinámica de la sustentabilidad implica más y no menos intervención. No sea cuestión que las islas de mercado delaten la ineficiencia de quienes no pueden encerrar en sí mismos la maraña de decisiones que muchos otros sí quieren y pueden asumir. La mano visible también comete errores que no se pueden esconder.

Fuente: El Cronista Comercial (Buenos Aires, Argentina)

 

Acerca del autor
Tristán Rodríguez Loredo
Tristán Rodríguez Loredo
Licenciado en Economía y Master en Sociología (Universidad Católica Argentina). Master en Gestión de Empresas de Comunicación y Doctor en Comunicación Pública (Universidad de Navarra, España). Profesor en el Instituto de Comunicación Social (UCA) y en la Facultad de Comunicación (Universidad Austral). Es Director Ejecutivo de la Asociación Cristiana Dirigentes de Empresa (ACDE). Como periodista profesional se desempeñó en El Cronista Comercial, Clarín, Editorial Atlántida, fue director de las revistas Negocios y Apertura y editor ejecutivo de la revista Noticias.
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