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El desafío de la Paz
Por Luis Carvajal Basto
4 de septiembre de 2012
Luis Carvajal Basto
(El Espectador / Colombia) Existen motivos para pensar que esta vez podremos tener éxito y seguramente el más importante sea la demostrada superioridad militar del Estado que sobrevino a la derrota política que se infringieron a sí mismas las FARC. Su aislamiento se ha producido, entre otras razones, porque mientras persistían en sus métodos y consignas, el mundo y el país se transformaron.
 
 

(El Espectador / Colombia) El gobierno del presidente Santos abrió la puerta de la Paz. Después de lo ocurrido con el proceso del Caguan nadie puede garantizar que sea una apuesta política, en el sentido de otorgar réditos electorales, rentable, como afirman quienes relacionan la decisión con su reelección. Se trata, en realidad, de un asunto de Estado en acatamiento de un mandato constitucional, que se desarrolla par y paso con la política del día a día, que no es posible “suspender”. Por demás, algo que se veía venir desde el momento en que el gobierno reconoció el conflicto interno y echó a andar el marco legal para la Paz.

Como referencia, vale recordar que en el Caguan el ex presidente Andrés Pastrana ganó la presidencia pero perdió todo su capital político. Si la fotografía de Marulanda con el reloj de su campaña lo catapultó, la silla vacía al iniciar los diálogos y lo que vino después, le convirtieron en el ex presidente más impopular, de acuerdo con las encuestas, al terminar su mandato y las que se han realizado más recientemente.

La manera como hasta ahora han transcurrido las cosas parece la más conveniente. Discreción y pragmatismo. La teorización a ultranza de la Paz solo conviene a los oportunistas mediáticos y a quienes la han convertido en un oficio. Por lo que ha ocurrido durante tantos años puede afirmarse que, sin desechar las experiencias, nadie debería ofrecer lecciones acerca de las diferentes formas de fracasar.

Con esa advertencia, conviene decir que existen motivos para pensar que esta vez podremos tener éxito y seguramente el más importante sea la demostrada superioridad militar del Estado que sobrevino a la derrota política que se infringieron a sí mismas las FARC. Su aislamiento se ha producido, entre otras razones, porque mientras persistían en sus métodos y consignas, el mundo y el país se transformaron.

Ya no es Colombia un país rural sino uno predominantemente urbano; la unión soviética y la cortina de hierro ya no existen; se ha producido una revolución tecnológica que cambió el mapa económico y político de la tierra; los jefes Paramilitares han sido proscritos y extraditados, por cuenta del fortalecimiento del Estado y ,aunque persistan las bandas criminales y el narcotráfico, Colombia tiene una Constitución progresista en que muchos de los pretextos para la violencia, en otros tiempos y ahora, son un mandato Constitucional, como es el caso de la participación ciudadana.

Si, en teoría, existe un punto de acuerdo, es el de la conveniencia de fortalecer al Estado. Las FARC piden “garantías para la participación política” y en ello no es difícil reconocer que la Constitución tiene allí tareas pendientes para las cuales el proceso que se inicia es, claramente, una oportunidad. No podemos conformarnos con un Estado militarmente fuerte que mantiene, simultáneamente, instituciones débiles e innumerables problemas por resolver, comenzando por los intolerables niveles de desigualdad.

La tarea de fortalecer al Estado, por la vía del aumento de impuestos, fue una de las pocas solicitudes concretas de las FARC en los fracasados diálogos del Caguan ¿Será este un “punto de honor” para empresarios y trabajadores que los pagan? No parece, si se compara con los costos del conflicto y el inmenso hueco de la corrupción. La guerra no es negocio, salvo para quienes viven de ella.

Un Estado fuerte, garantía del imperio de las Leyes que propende por el progreso social y garantiza libertades, es una aspiración legítima de todos los colombianos y también un punto de partida y llegada en este nuevo proceso que se inicia. Confiemos en que el pragmatismo, opuesto a los “diálogos” publicitarios para continuar en lo mismo, y hechos concretos como el fin del secuestro, la exclusión inmediata de los niños del conflicto y la suspensión unilateral por parte de las FARC de toda forma de violencia mientras se dialoga, como ya lo hizo ETA en España, rubriquen, a modo de cuota inicial, su anunciada voluntad de Paz.

Fuente: (El Espectador / Colombia)

 

 
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