11.12.2017
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La excepcionalidad argentina en su fobia colectiva contra los años 90 y las reformas pro-mercado
Por Pablo Díaz de Brito
Twitter: @pablodb1
11 de septiembre de 2012
Pablo Díaz de Brito
(Análisis Latino) No existen estos tabúes en Brasil, como se acaba de demostrar, ni en ninguna otra economía emergente importante, tampoco en las centrales. Sólo en países muy marginales, como Ecuador o Bolivia, se hallan radicalismos similares.
 
 

(Análisis Latino) En Brasil, Dilma Rousseff diseña un proyecto de ley para limitar el derecho de huelga en el sector público, luego de dos meses seguidos de padecer medidas de fuerza de empleados estatales federales. Durante el mes de agosto la presidenta del Brasil había anunciado nuevas privatizaciones, en especial de los aeropuertos de mediano porte. Y ya es muy conocido su doble ajuste fiscal en 2011, por más de 30 mil millones de dólares. Cualquiera de estas medidas en Argentina hubiera sido repudiada por "noventista y neoliberal" y sepultada ipso facto. Nadie imagina en Argentina a Cristina Kirchner -pero tampoco a cualquier otro potencial presidente, y este punto es clave- ordenando medidas como las citadas de Rousseff. Todo lo que suene a años 90 está taxativamente prohibido por y para todos los actores políticos relevantes, los potenciales gobernantes alternativos a CFK.

Por tal motivo, cualquier señalamiento de los enormes excesos de gasto público y la galopante emisión monetaria es rotulado sumariamente como noventista-neoliberal. Ni hablar de una eventual privatización de las empresas del Estado que dan pérdidas catastróficas. En Argentina hoy nadie, ni la oposición más caracterizada de centroderecha, se animan a plantear una medida privatizadora. Todos señalan al enorme agujero fiscal que provoca la re-estatizada aerolínea de bandera, pero nadie se atreve a decir que el único camino es licitarla entre operadores privados. Privatizar es un verbo prohibido en Argentina, igual que desregular. Detrás de este veto colectivo, que, insistimos, va muchísimo más allá del oficialismo y su aparato de propaganda y descalificación -aunque estos sean sus principales motorizadores- hay un rechazo en bloque de todos los 90, nacido de la convulsión social de fines de 2001 causada por la fenomenal devaluación que trajo el agotamiento de la Convertibilidad basada en el "uno a uno" con el dólar.

No existen estos tabúes en Brasil, como se acaba de demostrar, ni en ninguna otra economía emergente importante, tampoco en las centrales. Sólo en países muy marginales, como Ecuador o Bolivia, se hallan radicalismos similares. Tal vez el único caso similar sea el de Venezuela, que igualmente está lejos de ser un

candidato al G-20, del que forman parte Argentina y Brasil. Argentina es la única excepción dentro de las naciones del G-20, la única nación emergente importante que ejerce un populismo marcado. Esta es la excepcionalidad argentina que llama la atención en el mundo. Sencillamente, todos los demás países ven a los años 90 como una etapa más de su historia política y económica, con sus luces y sus sombras.

Para seguir con Brasil, Fernando Henrique Cardoso es un respetadísimo ex presidente. Todos tienen claro que lo que hizo en los 90 -básicamente terminar con la alta inflación crónica y aumentar la competitividad de la economía mediante una somera dosis de apertura y desregulación- fue fundamental para la etapa más expansiva que vino luego con el PT de Lula. Bastante después, a decir verdad: el expansionismo llegó recién con el segundo gobierno de Lula, dado que en el primero fue básicamente un continuismo estricto de lo hecho por Cardoso. No existe por tanto en Brasil un tabú "anti-noventista" que ponga al que lo porta en la categoría de "dinosaurio", de paria social y político.

Lo mismo ocurre en los demás grandes países emergentes: China, donde la continuidad entre décadas es uniforme y sin sobresaltos; India, Sudáfrica, Brasil y México, también Polonia y los demás países del Este europeo. Todos ven una continuidad lógica entre aquella década, con sus reformas de mercado, privatizaciones y aperturas, y el presente, en el que el Estado toma un rol más protagónico pero sin destruir ni mucho menos lo hecho entonces. De manera que como regla general en los países emergentes pero también en los centrales (los casos emblemáticos de Bill Clinton en Estados Unidos y Tony Blair en Gran Bretaña son un excelente ejemplo), los 90 son percibidos como una etapa clave de reformas pro-mercado, con sus altos y bajos, y no como un período maldito en el que la sociedad sufrió una suerte de enajenación colectiva y "entregó el país al capital transnacional", o algún otro tópico nacionalista igualmente gastado y xenófobo, tal como se estila hoy en Argentina.

Argentina, en consonancia con este repudio uniforme y exaltado a todo lo hecho en los 90, trabaja hoy a paso firme en la reconstrucción, piedra sobre piedra, de un modelo económico cerrado, idéntico -o lo más parecido posible- al modelo sustituidor de importaciones y mercado internista erigido a partir de los años 40 del siglo pasado. Que fue precisamente el que colapsó a fines de los 80 en un dantesco

escenario de hiperinflación y miseria y que dio paso a las aperturas y privatizaciones de los 90, la “década maldita”.

El círculo se cierra, la serpiente se muerde la cola, pero ahora en un lapso histórico cortísimo, de modo que muchísimos argentinos han sido testigos de todo el ciclo, a diferencia de lo que ocurre normalmente con estas reiteraciones históricas, que se dan a lo largo de muchas décadas. Este rapidísimo ciclo cerrado no se da en ningún otro país salvo Argentina, al menos según la experiencia de quien escribe. De nuevo la excepcionalidad argentina.

De ahí que mientras Dilma privatiza aeropuertos en pleno 2012, en Argentina se re-estatiza la petrolera YPF, para colmo de manera claramente ilegal. Esa petrolera fue privatizada precisamente en los 90. Ya se había hecho algo muy parecido con la ultra-deficitaria aerolínea de bandera. Argentina, que vive financieramente desconectada del mundo desde su default de 2001 -paradójicamente en una época de tasas bajísimas- completa ahora su aislamiento con la radicalización del autarquismo mercado-internista, tendencia acelerada bruscamente a partir de la reelección de CFK en octubre de 2011. Las medidas del llamado "cepo cambiario" se suceden casi a diario, siempre en sentido restrictivo, mientras ya no se cuentan los bienes que no se pueden importar, medicamentos incluidos. Se trata de que no se escape un solo dólar, por razones de ahogo financiero, de déficit externo reprimido y atraso del tipo de cambio, pero también por motivos de índole psicológica e ideológica.

El mensaje del todopoderoso Estado kirchnerista es que "está mal" gastarse la plata ahorrada en Argentina afuera, en productos y servicios no generados por los argentinos. Un aislacionismo digno de Corea del Norte o Cuba. Al anacrónico "Vivir con lo nuestro" del anciano economista nacionalista Aldo Ferrer se le suma un llamado a desconocer lo que es ajeno, no argentino. Que se deba pagar una sobretasa de 15% y abrir una cuenta en dólares para comprar un libro en Amazon o cualquier otra librería online extranjera habla a las claras de la hostilidad hacia las compras en el exterior, pero también del recelo ante la transmisión misma de conocimientos y pensamientos no producidos localmente, por lo tanto no controlados.

Resulta curioso que la xenofobia sea condenada universalmente como un disvalor, pero su transferencia al campo de los bienes y conocimientos sea al contrario percibida como un alto valor por muchas sociedades, no sólo la argentina.

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