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La visibilidad, un inicio de solución
Por Tristán Rodríguez Loredo
20 de febrero de 2013
Tristán Rodríguez Loredo
(El Cronista Comercial) La presente iniciativa de congelar precios por 60 días (y de paso castigar a los diarios indóciles a la política oficial) abre un interrogante: ¿será ese el tiempo en el que se desactive la bomba de tiempo del tipo de cambio? Es difícil que este u otro gobierno crea que la inflación real (también desconocida fuera de la quimera del IPC-INDEC) puede eliminarse con un acuerdo de precios.
 
 

(El Cronista Comercial) En un reciente vuelo de Lima a Buenos Aires, el ‘free-shop móvil intentaba convencer a los pasajeros con facilidades de pago: algunas tarjetas y en dólares, euros, pesos chilenos, uruguayos, reales, soles.... ¿Pesos argentinos? Bien, gracias y discriminados.

La invisibilidad no hace desaparecer los problemas: simplemente los aparta de la discusión abierta, les quita entidad a ser tratado como tal y descalifica a quienes creen que hay que gastar recursos (empezando por el tiempo y la consideración oficial) en atenderlos.

La reciente victoria de Rafael Correa en Ecuador y la devaluación de más del 30% en Venezuela tienen un hilo común y una repercusión singular en nuestro país. Ambos gobiernos ‘bolivarianos’ enfrentaron en su momento un problema y dieron respuestas diferentes. En el 2000 se decretó la dolarización de la economía ecuatoriana (desapareció su moneda oficial, el sucre). Lo que era un chaleco de fuerza, se terminó de consagrar como un reaseguro contra populismos extremos del triunfante economista de Quito. En Caracas, luego de validar en las urnas la vigencia del modelo ‘nacional y popular’, las dificultades inspiraron decisiones antipáticas como la mencionada. Allá fue la dolarización, y la devaluación; acá el sistema de control de cambios que administró al escasez de divisas, el ‘cepo’ (tan desconocido desde el oficialismo como rápidamente incorporado al saber del hombre de a pie).

La presente iniciativa de congelar precios por 60 días (y de paso castigar a los diarios indóciles a la política oficial) abre un interrogante: ¿será ese el tiempo en el que se desactive la bomba de tiempo del tipo de cambio? Es difícil que este u otro gobierno crea que la inflación real (también desconocida fuera de la quimera del IPC-INDEC) puede eliminarse con un acuerdo de precios. El crecimiento de la base monetaria del 37% en diciembre pasado va cobrándose facturas poco a poco. Creer que no tendrá ningún efecto sobre el nivel de precios es tan ingenuo (o deshonesto) como precisar que tarde o temprano, esa será exactamente la inflación. El problema no está en el trabajo a destajo de la Casa de la Moneda, sino en las causas que originan la necesidad de acudir al financiamiento monetario como auxilio principal de un Tesoro exhausto.

Insisitir en políticas proactivas al ‘modelo’ aún cuando las condiciones hayan cambiado sustancialmente (superavits gemelos, débil inercia inflacionaria y un mercado laboral demandante) y no conseguir los mismos resultados, debe ser frustrante. Sobre todo cuando una supuesta crisis internacional no puede argumentarse como origen de todos los males: la actual bonanza económica en Perú, Colombia, Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil y hasta Bolivia, desmienten esa teoría. Puede ser válida para países cuyas estructuras económicas crujen, como España, Italia, Grecia o Portugal. O para algunos que se enfrentan a la crisis de mercados de exportaciones. Nada de eso, felizmente, pasa en la Argentina. La crisis, esta vez, no es importada. Salvo que se considere así al inminente desenlace del conflicto con los holdouts.

El sinceramiento del mercado cambiario aflojaría tensiones al sistema. De hecho, en los vecinos de la región, el tipo de cambio implícito para operaciones minoristas es de 7,50 pesos por dólar. Incluso en el peaje de los puentes internacionales (coadministrados por nuestro país), se ha establecido ese guarismo sin discusión.

Cuando el 10 de diciembre próximo la democracia reinstaurada cumpla 30 años, habrá balances. Quizás, anticipando que la principal deuda de los argentinos en este tiempo es la de no haber podido desarrollar un sistema que baje la pobreza y haga sustentable todos los logros en ese sentido.

Podemos empezar con algo más módico: reconocer los problemas cuando estos existen y no cuando estén desbocados y sin control. Un sano ejercicio para aprender a atacar a las cosas que gravitan.

Fuente: (El Cronista Comercial)

Acerca del autor
Tristán Rodríguez Loredo
Tristán Rodríguez Loredo
Licenciado en Economía y Master en Sociología (Universidad Católica Argentina). Master en Gestión de Empresas de Comunicación y Doctor en Comunicación Pública (Universidad de Navarra, España). Profesor en el Instituto de Comunicación Social (UCA) y en la Facultad de Comunicación (Universidad Austral). Es Director Ejecutivo de la Asociación Cristiana Dirigentes de Empresa (ACDE). Como periodista profesional se desempeñó en El Cronista Comercial, Clarín, Editorial Atlántida, fue director de las revistas Negocios y Apertura y editor ejecutivo de la revista Noticias.
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