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Chávez no morirá nunca
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
6 de marzo de 2013
Patricio Navia
(La Tercera Blog) Chávez se alzó como el líder que protegía a los más pobres pero también los convertía en la razón de ser de su poder. El modelo de Chávez no funcionaba con pobres que dejaran de serlo, con instituciones que disminuyeran la importancia e influencia de los líderes, con una democracia que despersonalizara el poder y estableciera reglas de igualdad para todos. La voluntad de Chávez por incluir a los marginados debe ser complementada con buenas políticas de inclusión que permitan el desarrollo institucional.
 
 

(La Tercera Blog) Chávez nunca morirá. Aunque no sea en el sentido heroico que hoy proclaman con más tristeza que convicción sus seguidores, el estilo de liderazgo personalista que representó Hugo Chávez es parte esencial de la geografía de América Latina. Mientras las causas que explicaron el ascenso de Chávez al poder sigan definiendo a las sociedades latinoamericanas, sobrarán mesías que se levanten prometiendo más justicia social y menos desigualdad.

Muchos juicios que ahora se hacen sobre Chávez y su legado le atribuyen más fortalezas y debilidades que las que tuvo el comandante. Su polémica personalidad fue más importante que su legado. Después de todo, Chávez fue un caudillo más en esta región que los ha tenido en demasía.

Sus años en el poder estuvieron marcados por altos precios del petróleo y por numerosas iniciativas—más rimbombantes que efectivas—que buscaron reducir la pobreza y disminuir la desigualdad en Venezuela. Para todo el dinero que tuvo a su disposición producto de los altos precios del petróleo, Chávez no hizo todo lo que una administración más eficiente y pragmática hubiera podido hacer. Pero el fallecido presidente ciertamente hizo más que la mayoría de sus predecesores, muchos de los cuales también gobernaron en periodos de abundancia.

Por eso que es un error fijarse solo en el estilo autoritario de Chávez, en su legado de polarización y en sus reformas institucionales que no contribuyeron a fortalecer las instituciones democráticas.  Es verdad que su propia muerte es evidencia concluyente de que en Venezuela el presidente ha sido mucho más importante que las instituciones de la democracia. Pero las lágrimas de millones de venezolanos que ahora se sienten desposeídos, temerosos y angustiados por la partida de su protector son reales y sentidas. Millones de venezolanos que vivían en la marginación y precariedad vieron en Chávez a su mesías. Los críticos de esa revolución “roja, rojita” correctamente subrayan las ineficiencias, falencias y poca sustentabilidad de largo plazo del proyecto bolivariano. Pero para los millones beneficiarios de las misiones, lo de Chávez no fue una ilusión ni un error. Las mejoras en las condiciones materiales de vida son innegables.

Es cierto, dadas las condiciones se pudo hacer mucho más. Pero el punto de comparación de los venezolanos vulnerables no es lo que se pudo hacer y no se hizo, es lo que hizo Chávez respecto a lo que no hicieron sus predecesores.

Mientras una gran parte del pueblo venezolano llora su partida, muchos en la elite celebran la muerte de Chávez. Equivocadamente creen que su pesadilla ha terminado y que ahora todo volverá a ser como antes. Sin entender que Chávez fue un síntoma de la enfermedad de desigualdad y exclusión que afligía a Venezuela y no la causa de la polarización política, la vieja guarda venezolana sueña con reconstruir un pasado que Chávez exitosamente destruyó.

Esto no significa, por cierto, que Chávez haya transformado permanentemente para bien a Venezuela. El comandante usó recursos para ayudar a los más pobres, pero el modelo que implementó no es sustentable en el largo plazo y depende de los altos precios del petróleo. Como todo líder que muere tempranamente, en la cúspide del poder, Chávez entrará a la galería de los mártires. Pero su modelo económico se caerá a pedazos mucho antes que su memoria. Habiendo tenido la oportunidad de construir una Venezuela más democrática, de instituciones, oportunidades e incentivos para que la gente se empoderada y construyera su propio futuro, Chávez se alzó como el líder que protegía a los más pobres pero también los convertía en la razón de ser de su poder. El modelo de Chávez no funcionaba con pobres que dejaran de serlo, con instituciones que disminuyeran la importancia e influencia de los líderes, con una democracia que despersonalizara el poder y estableciera reglas de igualdad para todos.

Aunque ahora el país aparezca dividido, hay una luz de esperanza. Los líderes más jóvenes de la oposición entienden que no se puede volver al pasado. Estando comprometidos con la necesidad de construir instituciones y reducir el espacio para los caudillos, la generación de recambio de la oposición reconoce también la necesidad de construir una Venezuela más igualitaria, de más justicia social. El éxito de Venezuela no pasa por volver al pasado de exclusión y marginalidad. Hay que corregir rumbo. La voluntad de Chávez por incluir a los marginados debe ser complementada con buenas políticas de inclusión que permitan el desarrollo institucional. Su éxito será medido en que los pobres ya no necesiten llorar la muerte de un líder porque sus condiciones materiales de vida no dependerán de la presencia de un mesías sino de la existencia de una democracia incluyente de instituciones sólidas.

En el resto de América Latina—y Chile no es excepción—la persistente y obstinada desigualdad y la insuficiente inclusión son caldo de cultivo para la aparición de liderazgos populistas y de caudillos que aspiran a rescatar los marginados y a los que viven en condiciones de vulnerabilidad. Para evitar las experiencias mesiánicas y reducir la tentación a escoger caudillos que destruyan el viejo orden sin saber con qué remplazarlo, las sociedades de América Latina deben construir instituciones que produzcan inclusión social, afinar los modelos para que la gente tenga expectativas de desarrollo y progreso y apurar los pasos para que las oportunidades se materialicen en mejores condiciones de vida y menor desigualdad. Si no lo hacemos, entonces efectivamente Chávez no morirá nunca y la historia de América Latina seguirá repleta de episodios caudillistas y de un pueblo que llora tanto por la muerte del último mesías como por su propia vulnerabilidad y exclusión.

El autor es miembro del Consejo Académico de CADAL.

Fuente: (La Tercera Blog)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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