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Modelo mental sin restricciones
Por Tristán Rodríguez Loredo
11 de julio de 2013
Tristán Rodríguez Loredo
(El Cronista Comercial) Ahora que el cambio de tendencia del modelo está en el centro de las discusiones, la pregunta pertinente es si existe alguna consecuencia que cincelará aquel modelo que no tiene restricciones, sino que las configura. ¿Podemos adivinar qué se marcará en las formas de ver, pensar y elaborar las políticas públicas de los próximos años?
 
 

(El Cronista Comercial) El homo economicus, de los clásicos ingleses, es tan conocido como inhallable. Fruto de las elucubraciones de los fundadores de la economía política moderna, encarnó más a un modelo cultural que a una persona de carne y hueso. Los antropólogos entablaron enconadas batallas intelectuales para tratar de explicar el éxito de una propuesta fundada sobre un ‘relato’ que podía explicar parte de la realidad pero que incluso nunca tuvo ambición de integralidad.

El mercado surgió, ya desde la época de Adam Smith y David Ricardo, como el ámbito ideal en el cual las fricciones se suavizaban y los intereses podían encontrarse no para chocar sino para intentar armonizarse. Era el ‘paradigma’ de un modelo económico en el que el intercambio, la especialización y la desconfianza en el Gobierno como árbitro previsor y superador de las diferencias individuales. Un canto a la esperanza en la veta innovadora e impredecible del ser humano.

Pasó el tiempo pero no la intensidad con que las ideas fueron moldeando estas formas de procesar la realidad, de entenderla y decodificarla. Grandes catástrofes o hechos salientes de la vida pueden torcer el rumbo de las ideas primarias con que la sociedad en su mayoría proyecta que las cuestiones económicas son y deben ser. En Alemania, por ejemplo, la hiperinflación de la primera posguerra, marcó a fuego la aversión por el alza de precios y la dedicación por la mesura fiscal y monetaria. En los Estados Unidos, la gran depresión de los años ‘30 en la que las teorías dinamizadoras de Keynes encontraron tierra fértil, también signó la forma de hacer política de los sucesivos gobiernos. Años de guerra fraticida en Europa es la base del imán por integrar todos los países del continente, diluir las nacionalidades y asumir riesgos comunes. La pasión por el crecimiento sin límites en el sudeste de Asia puede explicarse por los años de estancamiento económicos,hambrunas y miserias en esas superpobladas tierras.

También podría proyectarse el cambio copernicano que produjeron tres hechos recientes que signaron la cultura económica argentina actual: el retorno a la democracia luego de Malvinas (1983), la hiperinflación de 1989 y el estallido de la convertibilidad (2001-2002).

La primera cuestión brindó un nuevo paradigma, un marco relativamente novedosos, en el que cualquier política económica debería contar con un aval político claro para llevarlo a cabo. La segunda fue el resultado del estallido de una gran ilusión: aprender de golpe que con la democracia se podían hacer muchas cosas pero que automáticamente no se alcanzaban los objetivos fijados. La demarcación serial de precios asustó a muchos pero también ayudó a disolver obstáculos para políticas de shock, con poco para perder. En ese contexto, la convertibilidad fue una opción lógica y sus resultados, magia para curar una enfermedad endémica. Tanto que aún antes de su caída, las encuestas le daban respaldo y su abandono se veía como un salto al vacío. La crisis del 2001-02 marcó a fuego otra característica de la percepción popular: la híper desocupación era aún peor que la explosión de precios. El cuestionamiento a la estabilidad ficticia de precios también se extendió a otras políticas del PJ mutado en capitalista de esa década: el aliento a las inversiones internacionales, las privatizaciones, la desregulación y la visión de caja en las políticas previsionales y federales.

Ahora que el cambio de tendencia del modelo está en el centro de las discusiones, la pregunta pertinente es si existe alguna consecuencia que cincelará aquel modelo que no tiene restricciones, sino que las configura. ¿Podemos adivinar qué se marcará en las formas de ver, pensar y elaborar las políticas públicas de los próximos años?

1. Las estadísticas son sagradas. Mentir agrega confusión e impide hablar el mismo idioma para solucionar problemas.

2. La abundancia de recursos naturales no sirve de mucho sin capital para explotarlas. La energía se aprecia cuando escasea y su planificación es indispensable por profesionales idóneos.

3. El transporte es el sistema nervioso de las urbes modernas. Planificar y estructurarlo en forma global es la forma de racionalizar esfuerzos.

4. El mercado inmobiliario derrama en miles de puestos de la construcción y las actividades conexas.

5. Un sector privado vigoroso genera demanda de empleos genuinos y sustentables.

6. Todos seremos jubilados algún día. ¿Qué pasará con los fondos ahorrados al efecto?

7. El Estado Nacional es un buen coordinador pero un árbitro parcial cuando se dirimen conflictos entre provincias mendigas.

8. Un Banco Central prudente y escrupuloso es la institución idónea para conservar el valor de la moneda na cional.

9. La corrupción y la mala política se corrige con participación y compromiso de los que hoy no están, empezando por los empresarios.

10. El futuro siempre llega. El corto plazo no conduce mágicamente al largo plazo deseado.

Fuente: El Cronista Comercial (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Tristán Rodríguez Loredo
Tristán Rodríguez Loredo
Licenciado en Economía y Master en Sociología (Universidad Católica Argentina). Master en Gestión de Empresas de Comunicación y Doctor en Comunicación Pública (Universidad de Navarra, España). Profesor en el Instituto de Comunicación Social (UCA) y en la Facultad de Comunicación (Universidad Austral). Es Director Ejecutivo de la Asociación Cristiana Dirigentes de Empresa (ACDE). Como periodista profesional se desempeñó en El Cronista Comercial, Clarín, Editorial Atlántida, fue director de las revistas Negocios y Apertura y editor ejecutivo de la revista Noticias.
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