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La dulce sensación de crecimiento en Perú se puede tornar amarga
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
23 de octubre de 2013
Patricio Navia
(Buenos Aires Herald) Un crecimiento económico vigoroso es una buena noticia en un país donde una de cada cuatro personas viven en la pobreza, pero la incapacidad para establecer una democracia eficiente que expanda oportunidades y reduzca la desigualdad sigue siendo una amenaza para Perú.
 
 

(Buenos Aires Herald) A pesar del rápido crecimiento económico experimentado por su país en las últimas dos décadas, los peruanos muestran señales de descontento. Aunque hay democracia, los escándalos de corrupción y la percepción generalizada de que las autoridades están más preocupadas con su propio bienestar que con la distribución de los beneficios del crecimiento económico, están deteriorando la confianza. Un crecimiento económico vigoroso es una buena noticia en un país donde una de cada cuatro personas viven en la pobreza, pero la incapacidad para establecer una democracia eficiente que expanda oportunidades y reduzca la desigualdad sigue siendo una amenaza para Perú.

Desde que el Presidente Alberto Fujimori, electo democráticamente, cerró el Congreso en 1992 y redactó una nueva Constitución (promulgada en diciembre de 1993), Perú ha experimentado un crecimiento económico sostenido. Para el 48% de los 31 millones de peruanos nacidos después de 1990, la insurgencia de la guerrilla, la violencia contra la guerrilla y las violaciones de los derechos humanos son historias de un pasado problemático. No guardan recuerdos personales de los años de hiperinflación y violencia que antecedieron al periodo de gobierno autoritario bajo el mando de Fujimori.

Las reformas económicas de Fujimori se mantienen en su lugar después de que fue obligado a renunciar en el 2000, cuando fracasó su intento de modificar la disposición del límite al mandato presidencial de su propia Constitución. Un gobierno democrático propio fue restaurado en el 2001. Desde entonces, los Presidentes Alejandro Toledo (2001-2006) y Alan García (2006-2011) han completado sus periodos constitucionales. Ollanta Humala (2011) está a menos de la mitad de su periodo de 5 años. A pesar de que todos hicieron campaña para reformar el modelo neoliberal, implementaron la reforma gradual, y en su mayor parte se profundizó y se consolidó el modelo económico favorable para el mercado.

La continuidad en las prioridades políticas se ha convertido en un crecimiento económico sólido. Desde el año 2001, los ingresos per cápita se han más que triplicado. Perú ha sido el país con más crecimiento económico de América latina en los últimos 12 años. La democracia se ha afianzado aunque no como el crecimiento económico. El propio Fujimori fue condenado por violaciones a los derechos humanos cometidos durante su régimen contra las comunidades indígenas y peruanos rurales.

Pareciera que los peruanos deberían estar satisfechos con la dirección que su país ha tomado. Sin embargo, Perú tiene uno de los niveles más bajos de apoyo a la democracia en América latina, superior solo al de Bolivia, Guatemala y Honduras. Perú ocupa el tercer lugar en América latina entre las personas que declaran haber participado en una protesta en 2012 y también tiene los niveles más bajos en la aprobación presidencial en América latina desde 2001. El presidente Toledo tuvo un dígito de aprobación durante una parte de su mandato mientras que el presidente García se estancó por debajo del 30 por ciento. Humala comenzó con números más altos, pero su aprobación ha caído recientemente. Su apoyo se ubica actualmente en un 27 por ciento, el más bajó desde que asumió el cargo.

Los peruanos están molestos con las autoridades y el contraste entre el rápido crecimiento económico y los persistentes niveles de desigualdad. Los escándalos de corrupción han sido rasgos comunes entre los gobiernos elegidos democráticamente. Existe una percepción generalizada de que las autoridades están más preocupadas por sí mismas y por pagar favores que tratar de mejorar el alcance y la calidad de los programas sociales. La ciudad capital, Lima, es evidencia indiscutible de los profundos niveles de desigualdad. Los sectores acomodados de San Isidro y Miraflores están llenos de turistas. Los más sofisticados acuden a Starbucks y al café Juan Valdés en centros comerciales finamente diseñados. Los empresarios llenan los restaurantes vanguardistas de cocina peruana. Las oficinas de los rascacielos y edificios de apartamentos se multiplican por todas partes. El aeropuerto está lleno de empresarios y turistas de países vecinos quienes se quejan de que sus países no son pro negocios como Perú.

Sin embargo, la ciudad de más de 8 millones de habitantes también sufre intolerablemente las insuficiencias de infraestructura. La educación pública es mediocre hasta en la mejor, no hay siquiera los buenos instrumentos para evaluar el alcance real de su ineficiencia y la salud pública es inadecuada. Si te animas a salir de los límites de los distritos pudientes, inmediatamente percibes la ausencia de barrios de clase media adecuados. Sólo unas pocas cuadras separan la arquitectura más moderna de interminables barrios de construcciones precarias que carecen de agua potable y electricidad.

Para aquellos que prestan atención, los medios de comunicación cada vez más variados y con valentía inquisitiva de la corrupción gubernamental, continuamente informan sobre los escándalos del gobierno. La ausencia de partidos políticos que funcionen dificultan la rendición de cuentas. Tirar a los corruptos  es prácticamente imposible debido al sistema de representación proporcional de Perú y el cambio generalizado del partido en el Congreso unicameral. Para aquellos que se preocupan por votar, seleccionar candidatos entre las etiquetas partidarias poco precisas - Amor por el Perú, Unión por el Perú, Perú posible, Perú gana - y un número excesivo de candidatos - 23 aspirantes a la presidencia en 2006 y 11 en 2011 - se convierte en una tarea compleja.

No es sorprendente que la mayoría de los peruanos estén en descontento con el rumbo al cual el país se está dirigiendo. Ellos valoran la estabilidad económica y el crecimiento. Ellos ven oportunidades de expansión.  No obstante, ellos también sienten que la elite política los está excluyendo de una fiesta de crecimiento y desarrollo que beneficia a la misma pequeña e impenetrable clase gobernante. Como ha ocurrido en el pasado de otros países de América latina, la paciencia con el tiempo se agotará, especialmente si una desaceleración económica empeora las esperanzas de una futura inclusión. Si los frutos del crecimiento económico no se distribuyen mejor, la dulce sensación de crecimiento y desarrollo pronto se va a tornar amarga en el Perú.

Fuente: Buenos Aires Herald (Buenos Aires, Argentina)

Traducción de Wanda A. Di Rosa.

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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