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Muere el héroe de la revolución cubana convertido en dictador
Por Micaela Hierro Dori
Twitter: @micahierro
27 de noviembre de 2016
Micaela Hierro Dori
La maquinaria represora y propagandística del régimen sigue tan aceitada como en la década del sesenta, solo que adecuó las tácticas a la realidad del siglo XXI. El mundo y muchos cubanos no pueden ver aún la Cuba real. Aún no se ha iniciado la transición hacia la democracia en Cuba. Solo cuando las reformas sean para que haya estado de derecho que garantice los derechos humanos y no para reacomodar a la elite comunista y militar en el poder, es cuando se abrirá el camino hacia la verdad.
 
 

Raúl Castro anuncia la muerte de su hermano Fidel la noche de un viernes y los cubanos reaccionan de distintas maneras, tan contradictorias que llama a la reflexión. Por un lado, Fidel Castro es recordado como héroe de la revolución cubana, quien lideró el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, aseguró acceso a la salud y la educación gratuita y reivindicó los derechos de los campesinos con su reforma agraria enfrentando a los intereses capitalistas e imperialistas. Este recuerdo parcializado lo evocan quienes fueron adoctrinados en la isla y extranjeros ajenos a la realidad actual de la isla, quienes repiten sin mayores reflexiones el mensaje emitido por el enorme aparato propagandístico del gobierno de Cuba.

Pues sí, solo aquel que no hace mayores reflexiones sobre al asunto no puede entender que el valor que un pueblo tenga la tasa de analfabetismo más baja y la tasa de escolarización más alta de la región latinoamericana se desdibuja si la educación implica adoctrinamiento y educación universitaria significa pensamiento único. Porque que los niños en la escuela aprendan el abecedario repitiendo F de fusil y R de revolucionario, así como en la universidad seas expulsado si evocas citas de Martin Luther King o de Santo Tomas de Aquino, son solo muestras de la intolerancia del régimen castrista al libre pensamiento y a la libre expresión.

Por otro lado, se encuentran los que denunciaron meses después de aquel histórico 1 de enero de 1959 que la revolución cubana se desvió del camino democrático que prometía restablecer la Constitución de 1940 y eligió seguir al sistema totalitario que impediría que haya elecciones libres, justas y plurales hasta el día de la fecha. Todo aquel que denunció las intenciones de Fidel Castro de perpetuarse en el poder fue fusilado, perseguido, detenido arbitrariamente, torturado o forzado al exilio.

Las víctimas que se encuentran en el exilio viviendo en países democráticos y libres festejaron la muerte de su victimario, pero sin embargo las víctimas que se encuentran en la isla aún bajo el yugo del dictador sucesor del fallecido dictador tienen miedo de expresar lo que realmente piensan o sienten ante este histórico acontecimiento. Los que no tienen miedo de manifestar su pensamiento libremente han sido detenidos, como es el caso de Danilo “El Sexto” Maldonado, o tiene su casa rodeada por agentes de la Seguridad del Estado como es el caso de Rolando Casares en Pinar del Rio. Si, efectivamente continúa la represión.

La muerte del dictador no significa el fin de la dictadura. El régimen de partido único tuvo diez años de preparación para este momento. Desde el anuncio de la designación de Raúl Castro como sucesor de su hermano Fidel, en ese entonces imposibilitado por razones de salud a ejercer el poder en febrero de 2006, las

estructuras del partido comunista y de las fuerzas armadas tuvieron el tiempo suficiente para hacer las movidas de piezas para asegurar que el tablero no tambalee cuando se anunciara la muerte del gran líder. Se solía decir que el cubano no era comunista sino fidelista, porque no respondían a las ideas comunistas sino al discurso de Fidel que encantaba a las masas como el canto de una sirena. Durante años se esperaba la muerte de Fidel para que se termine el régimen dictatorial que lleva casi sesenta años en el poder y finalmente vuelva a ser Cuba efectivamente una democracia republicana. Sin embargo, los discursos tanto de Fidel como de Raúl en el séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba realizado en abril de este año ya anunciaban el traspaso de poder y manifestaban que estaba todo listo para asegurar el status quo tras la partida de la generación que peleó en Sierra Maestra.

La maquinaria represora y propagandística del régimen sigue tan aceitada como en la década del sesenta, solo que adecuó las tácticas a la realidad del siglo XXI. El mundo y muchos cubanos no pueden ver aún la Cuba real. Aún no se ha iniciado la transición hacia la democracia en Cuba. Solo cuando las reformas sean para que haya estado de derecho que garantice los derechos humanos y no para reacomodar a la elite comunista y militar en el poder, es cuando se abrirá el camino hacia la verdad. Solo cuando la mayoría de los cubanos salten las vallas del miedo y de la represión podrán trabajar en una comisión de la verdad y reconciliación que de a conocer quien fue realmente Fidel Castro. Lamentablemente no podrá ser juzgado en vida por los crímenes de lesa humanidad que cometiera, pero será imprescindible que se investigue y se de a conocer la verdad para que se haga justicia y el pueblo cubano pueda iniciar una nueva etapa en libertad y en paz.

Este momento histórico como es la muerte de Fidel Castro, héroe de la revolución cubana devenido en dictador, encontrará un significado final en la historia cuando haya una Cuba libre y democrática que lo juzgue. Mientras tanto la gente elegirá como recordarlo según dos visiones totalmente polarizadas. Y exacerbando esta distancia entre estas concepciones que divide y atemoriza al pueblo cubano sigue ganando el castrismo.

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