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¿La muerte de Castro puede detener la agonía del castrismo en la región?
Por Marcos Novaro
5 de diciembre de 2016
Marcos Novaro
(TN) Al régimen no hay que darlo tan rápido por acabado. Menos ahora que su héroe máximo no está, y encima aparece Trump en el horizonte para darle nuevos bríos.
 
 

(TN) Entre las imágenes más llamativas que ofrecieron las exequias del excomandante revolucionario varias las brindaron políticos argentinos hoy en la oposición. En nuestro país, igual que en Venezuela, el culto castrista agoniza desde hace tiempo. Pero muchos se resisten a verlo, y lo abrazan como tabla de salvación para sus fracasos y desprestigio social. La diferencia es que mientras los homenajes al exdictador cubano tienen su lógica, aunque también un sabor rancio y ocultan no pocos fracasos, en La Habana, en Caracas o Buenos Aires carecen de lo primero y le suman al tufill a frustración una buena dosis de patetismo.

Movió a risa la ristra de oraciones fúnebres que lanzaron por Twitter varios exfuncionarios procesados por corrupción y abuso de poder, como Julio De Vido, quien quiso mostrarse conmovido hasta los huesos por el recuerdo del romántico líder barbudo. Y no fue menos Alberto Rodríguez Sáa, quien desde su feudo puntano lo homenajeó con varios días de duelo oficial, como si se tratara del mismísimo Papa.

¿Pura hipocresía, actuación para la gilada que en los días que corren puede estar bastante tentada de ver a estos líderes peronistas como máxima expresión del prebendarismo conservador, y con estos gestos tal vez vuelva a creer que ellos son capaces de ofrecer aun sueños de cambio y futuro?

Hay más que marketing berreta en todo esto, sin duda. El castrismo siempre ha estado bien instalado en las cabezas nacional populistas, listo para salir a flote en caso de necesidad, en Argentina igual que en otros países de la región. Sin ir más lejos, recordemos que cuando los Rodríguez Sáa tuvieron oportunidad de ejercer el Poder nacional, por suerte brevemente, lo hicieron de la mano de Horacio Verbitsky, Hebe de Bonafini y varios otros fieles representantes del castrismo local (también lo hicieron de la mano de Carlos Grosso, pero eso es otra historia).

Lo peculiar de la ocasión está dado por lo inoportuno de la muerte de Castro fuera de la isla. Y es que ella se produce justo cuando esas convicciones nacional populistas venían ya lidiando con un duelo prolongado y mucho más grave. Que suma la indisimulable frustración con las políticas aplicadas durante años y años, pese al gasto de enormes recursos que ni en los mejores años de la ayuda soviética los cubanos llegaron a disfrutar, con el rechazo abierto de los votantes de sus países, en ausencia de amenazas externas (Barack Obama mediante) o de polarización ideológica de las que agarrarse. El castrismo se hunde así tanto por sus fracasos como por la falta de los enemigos soñados que en el pasado tanto hicieron por alimentarlo.

¿Garantiza esto su extinción? Puede que no. Recordemos que el mexicano Jorge Castañeda y muchos otros, tras el derrumbe del bloque soviético, se apresuró a pronosticarla, sosteniendo que la izquierda latinoamericana se alejaría desde entonces inevitablemente de la influencia de los Castro, de las utopías armadas, del nacionalismo antimperialista y antipluralista, y se acercaría más y más a la socialdemocracia europea y a los demócratas norteamericanos, y en muchos países terminó sucediendo lo contrario. La ola populista de una década después le dio el poder a varios experimentos filo castristas, y estuvo incluso cerca de dárselo en el propio México.

Y es que el castrismo ha demostrado ser enormemente flexible y resistente a los avatares. No por nada hizo o intentó de todo a lo largo de sus sesenta años de vida, tropezó infinidad de veces y sin embargo siguió adelante. Casi desata una guerra nuclear, en su empecinamiento en volverse una amenaza militar en las mismas narices de los norteamericanos, sueño que por suerte los propios soviéticos terminaron frustrando. Casi se hunde durante el llamado “período especial” en que por años no pudo alimentar a su población y terminó permitiendo la fuga de cientos de miles para que los alimentaran los norteamericanos.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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