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Milagro Sala y Delcy Rodríguez: pequeñas venezuelas y reducciones jesuíticas
Por Marcos Novaro
19 de diciembre de 2016
Marcos Novaro
(TN) Si a algo se parece esa ilusión, que vive todavía en la cabeza de los chavistas tanto como en el ánimo de los kirchneristas es a las reducciones jesuíticas del siglo XVII y su promesa de restablecer una comunidad de ensueño perdida hacia siglos, culpa de los blancos y la historia.
 
 

(TN) Mujeres maltratadas y perseguidas por hombres blancos y ricos, escenas que parecen confirmar que la república y el pluralismo son excusas de una salvaje derecha neoliberal que oprime a “los pueblos”, pura manipulación contra los pobres y marginados.

Un par de imágenes que circularon esta semana alcanzarían para pintar un diciembre negro. Aunque con suerte quedarán solo en eso, pequeñas venezuelas que se resisten a desaparecer, si no logran que las acompañe ninguna otra más masiva, efectivamente negra y de lamentar.

Milagro Sala pidiendo perdón al salvaje gobernador Gerardo Morales por ser negra y colla, Delcy Rodríguez con el brazo en cabestrillo jurando haber sido golpeada por una diplomacia también salvaje, convertida en su opuesto, un grupo de choque de las oligarquías regionales contra la “heroica resistencia chavista”.

Dos buenos ejemplos de la imagen que nos ofrece la Venezuela ideal frente a nuestras pobres democracias realmente existentes, el ideal de los derechos humanos contra la exclusión en una región que sigue siendo tan desigual y conflictiva como diez o quince años atrás.

Claro que las venezuelas reales tienen poco y nada que ver con esa Venezuela ideal. Mientras Delcy se tiraba encima de los policías argentinos para entrar a una reunión a la que su gobierno perdió derecho de asistir mientras en su país miles de personas saqueaban comercios y se mataban por un billete que valiera algo más que diez centavos de dólar.

Casi al mismo tiempo que Sala denunciaba la persecución de todo el malvado sistema de poder jujeño y nacional en su contra, mientras decenas de testigos más auténticamente humildes que ella, que nunca fueron al casino de Punta del Este ni se pasearon en autos importados por las estrechas calles de San Salvador de Jujuy, la denunciaban por golpes, robos, amenazas y todo tipo de atropellos mafiosos.

Pero la Venezuela ideal no va a desaparecer por más que proliferen esas contradicciones entre sus promesas y la realidad que quince años de dominio populista han dejado. Ese sueño se alimenta de otras fuentes, no tiene nada que ver con los datos históricos ni con las pruebas judiciales ni con los testimonios de las víctimas.

Es el sueño de crear una comunidad cerrada a cualquier desacuerdo y desigualdad. Si a algo se parece esa ilusión, que vive todavía en la cabeza de los chavistas tanto como en el ánimo de los kirchneristas que se desgañitan por la libertad de “Milagro”, es a las reducciones jesuíticas del siglo XVII y su promesa de restablecer una comunidad de ensueño perdida hacia siglos, culpa de los blancos y la historia.

Igual que en esas reducciones, los jefes de la comunidad Tupac Amaru y de la sociedad chavista distribuyen todos los bienes, organizan todo el trabajo, y castigan cualquier desviación o disidencia individual. Ofrecen un mundo feliz, en suma, impermeable a cualquier intromisión de leyes o gobernantes de fuera.

Juan Grabois, líder de la CTEP muy cercano al Papa Francisco, lo dijo hace pocas semanas en Página 12 con toda claridad: los que quieren juzgar a Sala están tratando no sólo de matarla a ella sino de matar un sueño que une a los pueblos originarios con la iglesia de los pobres y la izquierda populista radicalizada.

David Choquehuanca, el canciller boliviano y conocido ideólogo de esta doctrina, viene teorizando hace años sobre el asunto: para él la promesa de progreso para todos en una sociedad liberal abierta y pluralista ha tenido ya suficientes oportunidades de concretarse en la región y ha fracasado, tras cinco siglos de dominio de la cultura colonial y sus prolongaciones, nos dice, es hora de volver para atrás y ensayar con la cultura indígena que se ha resistido a desaparecer y nos ofrece la única alternativa real y efectiva al desigual mundo moderno. Ellos también quieren el cambio, pero no uno que mira para adelante sino para atrás. De vuelta, las reducciones jesuíticas.

No hay que desmerecer la relevancia ni la complejidad de este choque de culturas. Por más que hoy parezca que la opinión pública, tanto en Venezuela como en Argentina y otros países de la región prefiere la sociedad liberal y pluralista, y condena los abusos de la comunidad jesuítica y de las pequeñas y grandes venezuelas que ese ideal produce, no conviene como hizo Macri esta semana basar toda las ventajas de esa opción en esta opinión, sobre todo porque hay que tener en cuenta que esa mayoría va a sobrevivir sólo si logra resultados inclusivos. Si no, las pequeñas venezuelas que llevamos dentro muy probablemente vuelvan a ganar popularidad.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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