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¿Puede salvarse Brasil?
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
5 de enero de 2017
Patricio Navia
(Buenos Aires Herald) El problema histórico que no ha podido resolver Brasil es solucionar la necesidad de construir un modelo económico inclusivo que pueda ayudar a aliviar la pobreza y reducir la desigualdad. Esto requerirá recortar subsidios y beneficios a grupos de interés que se han visto beneficiados durante mucho tiempo el por gasto fiscal.
 
 

(Buenos Aires Herald) Tras completar sus primeros seis meses en el gobierno, el presidente de Brasil Michel Temer se encuentra en una situación difícil. Una serie de escándalos han llevado a la renuncia de seis de sus ministros. La economía no se ha recuperado y las expectativas sobre un giro positivo han empeorado significativamente. Temer está luchando por mantenerse a flote. Se han multiplicado los pedidos de su renuncia y de elecciones anticipadas.

Si bien probablemente se mantenga en el poder hasta el fin de su mandato a fines de 2018, el presidente ya no puede aspirar a ser el líder que Brasil necesita para poder dar vuelta la economía. Los brasileños ahora se están preguntando si acaso alguien podrá poner al país nuevamente en el camino del crecimiento sólido e inclusivo.

Aunque es la economía más grande de Latinoamérica, Brasil también es un país con una historia de potencial frustrado. Rico en recursos naturales, Brasil también está bendecido por un clima que lo transforma en una usina agrícola. Como comparte fronteras con la mayoría de los países de Sudamérica (con las excepciones de Chile y Ecuador), Brasil también tiene una economía diversificada que la hace un país atractivo como socio comercial.

Desafortunadamente, Brasil no ha logrado estar al nivel de las expectativas. En el siglo XIX sobrevivía una economía de plantaciones en el norte de Brasil – la esclavitud se abolió recién en 1888. Luego que se reemplazó la monarquía con una república en 1889, Brasil se desarrolló rápidamente, atrayendo migrantes europeos al sur que crecía a gran velocidad. A comienzos del siglo XX, Brasil parecía destinado a establecerse como una gran potencia mundial. Sin embargo, la inestabilidad política, causada por la incapacidad de la elite para introducir un sistema económico que distribuyera mejor los beneficios del crecimiento a todos los sectores de la población, alimentó el descontento social. Desde 1930, Brasil alternó entre líderes populistas, régimen militar y coaliciones encabezadas por elites que produjeron algunos períodos de crecimiento pero no lograron desarrollar un marco sustentable de inclusión social. 

Transición traumática

Cuando los militares dejaron el poder por última vez en 1986, Brasil pasó por una transición traumática. Elegido presidente, Tancredo Neves enfermó y no pudo asumir el poder. Su vicepresidente, José Sarney, juró como presidente, pero sus cinco años de gobierno fueron decepcionantes. El joven y enérgico Fernando Collor de Mello, que fue elegido presidente en 1990, fue obligado a renunciar en 1992 por acusaciones de corrupción. Su vicepresidente Itamar Franco asumió el poder y – con la ayuda del ministro de finanzas, Fernando Henrique Cardoso – estabilizó la economía.

Entonces Cardoso fue elegido presidente en 1994 y gobernó durante dos exitosos períodos de cuatro años. En 2002, el ex líder sindical y titular del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva fue elegido presidente. También gobernó por dos términos con éxito y obtuvo admiración internacional. Esos fueron 16 años gloriosos para Brasil. El país finalmente parecía estar en camino a alcanzar su potencial.

Pero las cosas se pusieron complicadas nuevamente bajo la presidencia de Dilma Rousseff (2010-2016). La economía se quedó sin fuerza, ya que no se realizaron las tan necesarias reformas. El fin del boom de los commodities disparó una recesión en 2014. El descontento social y los escándalos de corrupción debilitaron aún más al ineficiente gobierno de Rousseff. Eventualmente, fue sacada del cargo por un tecnicismo, pero quien la sacó tenía el apoyo mayoritario entre los brasileños que pensaban que ella era incapaz de liderar al país hacia el camino correcto.

El maestro negociador

Michel Temer, vicepresidente de Rousseff y un hombre que pasó muchos años tejiendo acuerdos políticos como líder del mayor partido de Brasil, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), asumió el poder en forma temporal en mayo y luego en forma permanente en agosto.

Claramente un líder carismático, Temer se vendió a sí mismo como el maestro de negocios que implementaría las medidas impopulares necesarias para poder dar vuelta al país antes de las elecciones de 2018. El ascenso de Temer al poder fue celebrado por la elite empresarial y política como una nueva oportunidad para Brasil. Pocos notaron que la salida de Dilma había roto la tendencia de gobiernos estables que había comenzado en 1994. Pero deshacerse de Rousseff parecía entre los brasileños una prioridad más importante que asegurar la estabilidad del gobierno.

Ahora que Temer se encuentra entre la espada y la pared, muchas personas están exigiendo su renuncia o la implementación de un nuevo juicio político. Después de todo, las acusaciones utilizadas para sacar del poder a Rousseff son igualmente aplicables para Temer. Más aún, si el Congreso se animó a remover a un presidente elegido democráticamente, no debería tener problema, en términos de legitimidad, en sacar a su reemplazante.

Sin embargo, liberarse de Temer no solucionará los problemas de Brasil. La falta de liderazgo político por parte de Rousseff y Temer es un verdadero problema, pero no está claro que haya un líder político en Brasil que vaya a tener el poder para implementar las reformas que necesita el país.

En diciembre, Temer exitosamente pasó por el congreso una ley que vinculará el gasto social con los aumentos de inflación. Pero, una ley más fiscalmente responsable que pondría un coto a las generosas pensiones de los ex funcionarios públicos, la tiene más difícil.

El problema histórico que no ha podido resolver Brasil es solucionar la necesidad de construir un modelo económico inclusivo que pueda ayudar a aliviar la pobreza y reducir la desigualdad. Esto requerirá recortar subsidios y beneficios a grupos de interés que se han visto beneficiados durante mucho tiempo el por gasto fiscal.

Con el cierre del año, los brasileños estarán felices de olvidar un mal año en términos de política y economía. Desafortunadamente para ellos, 2017 puede no ser mucho mejor.

Este artículo fue originalmente publicado el 30 de diciembre de 2016 en el Buenos Aires Herald. Traducción de Hernán Alberro.

Fuente: Buenos Aires Herald (Buenos Aires, Argentina)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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