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Milani, el kirchnerista extremo
Por Marcos Novaro
20 de febrero de 2017
Marcos Novaro
(TN) Con Milani, Cristina llevaba el combate contra sus enemigos, los liberales, a un nivel superior. Con él podría ir más allá en el uso de los recursos del Estado para eliminar todos los frenos y controles. Podría radicalizar la oposición entre nosotros y ellos y dejar claro que a los amigos todo y a los enemigos ni justicia. Y convencer a propios y extraños que en su horizonte no había espacio para la moderación ni la contención.
 
 

(TN) El general César MIlani, más que Guillermo Moreno, más que Milagro Sala, representa el extremo al que pudo llegar el kirchnerismo si se lo dejaba actuar a voluntad. Porque Milani expresa mejor que nadie la dinámica de constante radicalización y el desborde más allá de todo límite en el uso del poder que caracterizó al movimiento con que él supo identificarse.

Que termine preso por crímenes de lesa humanidad cometidos durante los años setenta revela, así, hasta qué punto llegó la mímesis entre el kirchnerismo y el peronismo de aquellos años, ese en el que se solía decir que había logrado que hubiera peronistas “a ambos lados de la picana”. Y también demuestra que si esta vez el populismo virulento no produjo tantos daños al país como entonces eso hay que agradecérselo al ambiente en que actuó, a los límites infranqueables que el entorno social, político e institucional le opuso, y no a ninguna contención ni dinámica moderadora nacida de su interior.

En estos días muchos se preguntan por qué Cristina Kirchner promovió a la jefatura del Ejército al general ahora detenido por secuestros, si lo hizo a sabiendas o no de sus antecedentes, y por qué lo defendió tan fervorosamente cuando se empezaron a conocer sus crímenes. Seguramente esas actitudes tienen varias explicaciones, y todas son más o menos convergentes a una conclusión fundamental sobre el propio kirchnerismo.

Por un lado, Milani ofrecía a la entonces presidente la entusiasta colaboración con sus planes políticos de los servicios de inteligencia del Ejército, que él se había esmerado en perfeccionar, y casi lo único que el Ejército se especializó en hacer en la última década y media. Por lo que sería bueno saber, de paso, quién controla esas actividades en la actualidad.

Por otro lado, el solícito general le garantizaba a Cristina una lealtad con su liderazgo y su sector que ningún otro aparato de inteligencia ni de seguridad estaba en condiciones de ofrecerle. Debió ser más o menos por esos mismos tiempos en que Milani llegó a la cumbre de su poder, principios o mediados de 2013, que las sospechas de deslealtad de Jaime Stiuso se multiplicaron. Un burócrata experto en sobrevivir a los cambios de ciclo político dio paso así a un cruzado de la causa. Toda una señal de cómo el kirchnerismo buscaba asegurar su continuidad en el control del Estado partidizando hasta sus áreas más críticas y sensibles.

Además, Milani le permitía a Cristina, contra lo que se cree, hacer un pleno uso de su política de derechos humanos, porque el caso llevó al extremo la función que ella siempre había cumplido, ser un instrumento para polarizar la escena política entre el pueblo y sus enemigos liberales y oligárquicos. Algo que Hebe de Bonafini entendió muy bien, aunque despertó pruritos liberales en algunos otros sectores del alineado movimiento de derechos humanos. Pruritos que de todos modos no fueron más allá de tibias muestras de disconformidad.

Y es que tener a Milani, y a través suyo a todo el Ejército, abrazado a la causa K, continuidad histórica del peronismo revolucionario, debía ser demasiado tentador para la presidente, le proporcionaba una versión perfeccionada del Operativo Dorrego que contraponer a la falsa promesa de unas fuerzas armadas profesionales y “despolitizadas”, para ella nada más que un disfraz de la “reacción liberal”, así como lo eran las falsas ilusiones de una Justicia despolitizada, de una prensa profesional, etcetera. Frente a semejante ventaja, ¿qué podía importar que el individuo Milani hubiera cometido dos o tres deslices contra los derechos humanos en su juventud? Sólo quienes adoptaran una concepción liberal de los derechos humanos, de vuelta, una versión “despolitizada” y falsamente imparcial de los mismos, podían tomarse en serio ese pequeño problema.

Con Milani, en suma, Cristina llevaba el combate contra sus enemigos, los liberales, a un nivel superior. Con él podría ir más allá en el uso de los recursos del Estado para eliminar todos los frenos y controles. Podría radicalizar la oposición entre nosotros y ellos y dejar claro que a los amigos todo y a los enemigos ni justicia. Y convencer a propios y extraños que en su horizonte no había espacio para la moderación ni la contención, que iría hasta que tuviera que ir para preservar su poder. Claro que nada de eso alcanzó para evitar que un sector del peronismo la abandonara, que parte de los jueces le pusieran freno a sus delirios chavistas, y que los votantes le dieran la espalda. Pero que lo intentó todo o casi todo para evitarlo no cabe duda. Ahí está Milani para probarlo.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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