19.7.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
Los errores no forzados
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
10 de abril de 2018
(El Líbero) Porque la mejor forma de la forma de ganar un partido en el que juegas mejor y tienes un mejor plan es evitando cometer autogoles, el gobierno de Piñera debiera tomar medidas inmediatas para evitar errores no forzados como el que cometió el ministro Hernán Larraín con sus destempladas declaraciones sobre el Poder Judicial.
 

(El Líbero) No hay nada que le haga más daño a un gobierno que los errores no forzados cometidos por altos líderes políticos. Las declaraciones hechas por el ministro de Justicia, Hernán Larraín, representan un grave daño para la credibilidad del Ejecutivo y constituyen una preciada oportunidad para que la oposición izquierdista más radical alimente el mito que la derecha chilena irrespeta las instituciones democráticas y quiere expandir su poder más allá del que legítimamente ganó en las urnas.

SI los períodos de gobierno fueran como un partido de fútbol, la mejor estrategia para ganar sería evitar los autogoles. Cuando el equipo contrario está confundido, desorganizado y no tiene juego, su única posibilidad de vencer es aprovechando los errores del rival. La declaración de Larraín equivale a un autogol. Es incomprensible que el ministro se excuse diciendo que creía estar en una reunión privada. En cualquier evento en que hay más de 10 personas presentes, nadie puede pensar que está en una reunión privada. Es más, dada la facilidad con que se pueden grabar conversaciones, los políticos debieran estar preparados para que todo lo que digan sea difundido por algún medio interesado en generar un golpe noticioso.

Por eso, aunque lo que haya dicho Larraín sea lo que piense mucha gente en la derecha —e incluso sea la opinión del propio ministro o del gobierno—, decirlo públicamente hace que su objetivo de lograr balancear la ideología de los jueces se haga más difícil de lograr. Las declaraciones del titular de Justicia han puesto al Poder Judicial y a la oposición a la defensiva. Cada nombramiento de jueces que realice el gobierno será sometido al escrutinio de una oposición que, dada su falta de agenda y proyecto de futuro, buscará transformar cada error de La Moneda en una bandera de lucha que retrotraiga al país a esos años de trincheras entre los buenos y malos, los que defendieron la democracia y los que defendieron a la dictadura.

En lo sustantivo, los dichos de Larraín equivocan el camino. El objetivo de los gobiernos debería ser nombrar jueces que hagan cumplir la ley, no jueces que se pongan una camiseta política. En la práctica, es sabido que los jueces tienen también inclinaciones ideológicas. Uno de los resultados de ser gobierno por un período prolongado de tiempo es que eso permite influir en el sesgo que tendrán los jueces. Eso resulta inevitable en una democracia. Es más, es parte del juego democrático. Pero lo que se hace con regularidad no significa que se deba anunciar con soltura de cuerpo. Porque lo importante no es lo que se diga o se haga sino cómo se enmarcan los debates y cómo se presenta la información, ahora el gobierno de Piñera quedará marcado por la acusación de querer nombrar magistrados afines a la derecha.

En lo simbólico, la metida de pata de Larraín será magnificada por una oposición que anda desesperadamente buscando excusas para asociar al gobierno del Presidente Piñera con los peores fantasmas de la dictadura militar. Ahora que la oposición se corrió demasiado a la izquierda y Piñera se ha movido hábilmente hacia el centro, la izquierda necesita empujar al gobierno hacia posiciones más radicales de derecha. Igual que un jugador que ha sido víctima de una falta innecesaria en terreno rival, la oposición izquierdista está ahora aprovechándose del error y pidiendo que el árbitro muestre tarjeta amarilla, para así aumentar el costo para el gobierno y los beneficios para la oposición. La decisión de la izquierda de tomarse de las inaceptables declaraciones de Larraín y convertirlas en una bandera de campaña dejan en evidencia que, dada su fragmentación y ante el evidente hecho de que han perdido el apoyo del electorado moderado, la izquierda necesita polarizar el debate y arrinconar a la derecha en posiciones impopulares.

Pero por eso mismo, porque la izquierda no tiene banderas propias que defender, sino que su estrategia consiste en buscar aprovecharse de los errores del rival para ganar un partido que empezaron perdiendo y que no pueden ganar con herramientas propias, el gobierno de Piñera y los líderes de Chile Vamos debieran ser especialmente cuidadosos para evitar cometer este tipo de autogoles. Ahora que la derecha es gobierno y que La Moneda avanza tranquilamente por el centro, con propuestas razonables y posiciones moderadas, la principal amenaza que enfrenta el gobierno son los errores propios. Los errores como los cometidos por Larraín le dan banderas de lucha a la izquierda para lograr polarizar a la opinión pública y salir de ese rincón de divisiones y peleas internas extremistas y radicales en la que la propia izquierda se metió. Porque la mejor forma de la forma de ganar un partido en el que juegas mejor y tienes un mejor plan es evitando cometer autogoles, el gobierno de Piñera debiera tomar medidas inmediatas para evitar errores no forzados como el que cometió Hernán Larraín con sus destempladas declaraciones sobre el Poder Judicial.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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