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Fernando J. Ruiz
La noche no será eterna en Cuba
Por Fernando J. Ruiz
Twitter: @fejaruiz
30 de septiembre de 2018
La ola democratizadora que empezó en América Latina a fines de los años setenta pasó de largo por Cuba, tampoco el muro se desplomó cuando se cayó en Berlín y en toda Europa del Este, ni cuando la chispa democrática encendió el norte de África. La excepcionalidad de la isla está construida, en primer lugar, por lo que Payá llama el peor embargo posible: el embargo de la solidaridad por parte de los gobiernos latinoamericanos hacia el pueblo cubano.
 

La muerte de Osvaldo Payá en una ruta cubana fue una gran noticia para la dictadura. La historia demuestra que los procesos políticos son colectivos pero los líderes importan; y Payá estaba alineando un apoyo nacional e internacional que lo iba convirtiendo en el referente que podía simbolizar la transición dentro y fuera de la isla.   En su libro “La noche no será eterna: Peligros y esperanzas para Cuba, de Oswaldo Payá (Hypermedia, 2018)”, terminado pocas semanas antes de su muerte el 22 de julio del 2012, resume su pensamiento político y las líneas de acción para que su pueblo recupere las libertades más básicas. Su objetivo es proponer cómo hacer para terminar una maldición que lleva casi seis décadas de ausencia de toda democracia. Solo dos personas han logrado ese récord latinoamericano de autoritarismo: Fidel Castro, sobre todo, y ahora Raúl. El fundador de la dictadura instaló, al mismo tiempo, “el lenguaje del odio” y la redundancia de votar libremente: si él ya era el jefe: “¿elecciones, para qué?”, decía Fidel.

“El comunismo, dice Payá, es un sistema que secuestra para sí la existencia misma del ser en todos sus aspectos para convertirlo en su rehén. Es como adueñarse de las personas, de su tiempo, de sus vidas, de sus capacidades y tratar de adueñarse de sus conciencias”.

Es “una indefensión aprendida” tras varias décadas. La policía política es omnipresente y ese mecanismo de dominación “ambienta” la experiencia diaria de los cubanos “en muchos casos con gran penetración en sus vidas familiares y privadas”.

Payá no juzga al pueblo, ni a la disidencia, ni siquiera a los cuadros del partido opresor. Sí, en cambio, a la cúpula del poder. En su visión de la historia cubana, recorre es de las luchas contra el dictador Batista, hasta los “pueblos cautivos”, donde los Castro encerraban familias cristianas, disidentes y una amplia diversidad de seres humanos no confiables.


En décadas en los que la democracia se convirtió en una ola imparable, el mundo ha sido cómplice de que es no ocurra en la isla. “Cuba es diferente”, dice Payá, “ha sido el  insulto más grande contra nosotros”. ¿Qué es lo que hace que un pueblo sea diferente y por lo tanto no deberían reclamarse sus libertades? “La razón de los gobernantes de Cuba  y sus voceros para negar nuestro derecho a los derechos son las otras injusticias que se cometen en el mundo. Cuando denuncian esas injusticias, lo que hacen es poner por delante los errores y las violaciones de otros contra sus pueblos para justificar las propias”. 

¿Por qué el pueblo no se levanta contra el régimen? “Nadie tiene un detector para saber dónde empieza lo espontáneo y dónde lo forzado... (pero) pienso que por miedo (muchos cubanos) falsificaron sus vidas, negaron sus creencias, simularon y se negaron a sí mismos y a sus mayores”. Además, está “el terror de fondo”. La vigilancia es constante. Todo “integrado” es un policía para el otro. Responder ‘no’ a la pregunta ¿usted está integrado? es acercarse al desierto. Eso significa no pertenecer a alguna de las múltiples organizaciones de masas y se califica a esa persona como ‘no revolucionaria’. 

La dictadura instaló la neolengua, como ya dijo George Orwell. Y Payá da un ejemplo notable: “es común la adulteración de las cuentas en las cafeterías y restaurantes donde se alteran no solo las cuentas sino los precios. Esto mismo puede ocurrir en las tiendas. Pero lo peor es que se ha inventado un término para justificar esta nueva moral; este término es ‘luchar’”.

La ola democratizadora que empezó en América Latina a fines de los años setenta pasó de largo por Cuba, tampoco el muro se desplomó cuando se cayó en Berlín y en toda Europa del Este, ni cuando la chispa democrática encendió el norte de África. La excepcionalidad de la isla está construida, en primer lugar, por lo que Payá llama el peor embargo posible: el embargo de la solidaridad por parte de los gobiernos latinoamericanos hacia el pueblo cubano. Si la diplomacia latinoamericana fuera más activa en la promoción de la democracia en Cuba, sería un tema de preocupación más presente en la agenda mundial.

Se dice que la dictadura cubana es diferente porque no tendría crímenes de estado. Quienes fueron muertos por las armas en los paredones en los primeros años; quienes murieron en las cárceles; quienes murieron en las aguas, muchas veces por la acción directa de la dictadura; quienes murieron en el aire, derribados por órdenes directas; ¿quién los mató? Cualquiera de estas muertes bastaría para calificar como dictadura a su ejecutor. Pero “Cuba es diferente”.

Además, lo que define a un escenario público autoritario es la ausencia de víctimas. Te das cuenta de que estás en una dictadura porque a las víctimas no las ves. En Cuba, ni en los parlamentos, ni en la prensa, ni en la calle hay protestas, manifestaciones, expresión crítica, lo que implica que aquellas personas o grupos sociales que quieren pelear por sus derechos no tienen cómo y dónde hacerlo. ¿Cuántos muertos habrá producido esa mordaza sobre la libertad de expresión y petición de las víctimas? Esos también son crímenes de estado. Si bien esos crímenes de estado también se realizan en otros países de América Latina, incluso en sus democracias más maltrechas las víctimas tienen algún derecho a la voz. “El peor problema de los pobres en Cuba es que no tienen voz para decir que son pobres”, escribió Payá.

Sin hacer falsas equivalencias, Payá cree que los gobiernos neoliberales que hubo en la región contribuyeron con los que llama neototalitarios, que siguen la estela de Hugo Chávez. Eso habría sido, según él, “un sándwich político” que atrapó a los pueblos de la región. Por eso Payá sugiere que facilitaría mucho la transición en Cuba la posibilidad de articular un modelo que combine los criterios humanistas de la libertad y la justicia social. Eso despejaría los fantasmas de los que condenan a Cuba a mantenerse entre rejas, porque cualquier otra alternativa sería peor para el pueblo cubano.

Payá fue el líder político del Proyecto Varela, el más importante avance colectivo producido por la conciencia democrática cubana: alrededor de 25 mil personas firmaron una petición ciudadana exigiendo derechos; y, dos años después, Payá lanzó el Diálogo Nacional, donde once mil personas completaron un cuestionario para hacer propuestas para el futuro del país. En el 2006, en base a estas opiniones, se lanzó el Programa Todos Cubanos con una propuesta de gobierno. Era la primavera de Cuba, como pudo ser la primavera de Praga en 1968.

Por eso, la de Payá es una propuesta que busca un nuevo humanismo. Tenía una visión alejada de extremos dogmáticos, basada en el pensamiento social cristiano. Y no adopta categorías divisionistas para clasificar a los cubanos.

Payá no fue un líder de conquista, sino de reconciliación. Es un lugar común que las comunidades de exiliados han sido siempre muy duramente juzgadas, igual que los pueblos que fueron sometidos. Los exiliados se convierten en poblaciones difíciles para aquellos que conviven con ellos. Están heridos, agraviados, con una identidad quebrada. Son obsesivos que hablan todo el día a los otros sobre lo que les pasa, se reúnen entre ellos casi como una secta. Pero en este libro se rechazan esas condenas. El culpable es solo la dictadura. Lo mismo Payá le pedía al mundo: “no queremos jueces, sino amigos”.

En este libro hay una propuesta de recreación del humanismo, y está pensado para Cuba, pero su visión es relevante para América Latina.

Payá vive hoy en Cuba. No es una frase hecha. Es una verdad fuerte en la historia de los pueblos. Habrá cubanos que sigan su ejemplo, sus ideas, su espíritu, y que lo sentirán muy presente en sus vidas. La política, en todos los países, está compuesta de personas que están vivas y otras que no; incluso no pocas veces las elecciones las ganan los que ya no están. En este sentido es que decimos que Payá forma parte del presente en la isla. Y es uno de los activos más promisorios del futuro.

Por eso, pensándolo mejor, la muerte de Oswaldo Payá en la ruta no fue tan buena noticia para la dictadura. Hay personas que no mueren.

 
Twitter: @fejaruiz
Acerca del autor
Fernando J. Ruiz
Fernando J. Ruiz
Profesor e investigador tiempo completo de Periodismo y Democracia e Historia de la Comunicación en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral (Argentina). Doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra y Licenciado en Ciencias Políticas, Universidad Católica Argentina (UCA). Es autor de los libros “Las palabras son acciones: historia política y profesional del diario La Opinión de Jacobo Timerman, 1971-77”, “Otra grieta en la pared: informe y testimonios de la nueva prensa cubana”, “El señor de los mercados. Ambito Financiero, la City y el poder del periodismo económico”. Es vicepresidente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea).
Twitter: @fejaruiz