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Patricio Navia
Marco Enríquez Ominami y la Concertación autodestructiva
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
3 de noviembre de 2009
Resulta clave la habilidad de Marco para poder demostrar un balance adecuado entre continuidad y cambio. Si lo logra, atraerá a un buen porcentaje de esos votantes que históricamente han apoyado a la Concertación, pero que no aparecen convencidos con la candidatura de Frei.
 

Por primera vez desde el retorno de la democracia, el candidato presidencial de la Concertación no lidera las encuestas. Es más, existe una posibilidad real de que Eduardo Frei ni siquiera logre pasar a segunda vuelta.  ¿A qué se debe la incapacidad de la coalición oficial para traducir su mayor apoyo para la elección parlamentaria y la alta popularidad del gobierno en intención de voto para su candidato presidencial?

Hay dos explicaciones posibles. La primera es que la Concertación se ha convertido en una coalición autodestructiva cuando busca candidatos presidenciales. La segunda es que la coalición en su fuero interno quiere que Frei pierda y que Marco Enríquez-Ominami pase a segunda vuelta.

Eduardo Frei parecía mejor candidato en el papel de lo que ha resultado ser en la práctica. Como presidente, lideró un sexenio que, sin tener muchas luces en lo cultural y valórico, se caracterizó por un desarrollo sostenido y un crecimiento saludable. Frei tuvo más aciertos que errores. Incluso en sus peores momentos, como la crisis asiática o el arresto de Pinochet en Londres, Frei se comportó de forma pragmática y tomó decisiones difíciles.

Es más, ya en 2008, cuando los presidenciables favoritos, Ricardo Lagos y José Miguel Insulza, parecían querer la candidatura sin someterse a primarias competitivas de incierto resultado, Frei sorprendió expresando su disposición a aceptar que la gente decidiera el nombre del abanderado oficial.

Después de la declinación de Lagos e Insulza, a Frei le hizo mal convertirse en el candidato único de la Concertación. Llegaron a su entorno los consultores profesionales y los superiores de los partidos. Peor aún, asesores y jerarcas partidistas se enfrascaron en una disputa que nunca se terminó de zanjar. En vez de aprovechar la campaña para demostrar su liderazgo, experiencia y visión, Frei pareció incapaz de poner orden y establecer una línea clara de autoridad y toma de decisiones en su comando.

Desde su aquiescencia para aceptar primarias truchas en la Concertación hasta sus repetidos cambios de forma (no de fondo) en la estructura del comando, Frei ha parecido querer destacar todo lo malo de la Concertación.

Aunque habla de la gobernabilidad de la coalición oficial, su campaña ha puesto en tela de juicio la utilidad de la Concertación a 20 años del retorno de la democracia. Aunque insiste en hablar de Bachelet y prometer continuidad, su campaña demostró que la Concertación sabe cómo hacer democracia desde las elites, pero parece incapaz de hacerse cargo del compromiso de Bachelet de hacer democracia desde abajo hacia arriba.

Habiendo podido establecer un mecanismo de primarias abiertas, vinculantes y competitivas, los partidos de la Concertación optaron por imponer su candidato. Al hacerlo, desvirtuaron la naturaleza de la aventura hasta entonces exitosa de Frei. Peor aún, alimentaron la entonces improbable candidatura presidencial de “Marquito”, como despectivamente lo llama el presidente del PS Camilo Escalona. En ese sentido, la irrupción de Marco Enríquez Ominami (ME-O) fue mucho más una expresión del rechazo del electorado concertacionista -que constituye el principal  apoyo del díscolo- a las prácticas elitistas de la coalición que un espaldarazo a un candidato cuyo mensaje pocos conocían cuando irrumpió en las encuestas.

Incomprensiblemente, la Concertación todavía parece incapaz de entender el mensaje. En vez de escuchar la voz de la gente y abrirse a la participación ciudadana, el comando se ha llenado de figuras que buscan simbolizar la presencia de Bachelet. Sin entender que Bachelet ha sido popular porque personificó la demanda de democracia desde abajo hacia arriba, el comando de Frei busca acercarse a Bachelet a través de sucedáneos de la presidenta. La Concertación se ha centrado en la forma y no en el fondo del mensaje. No es Bachelet. La gente quiere protagonismo. Mientras la Concertación no entienda eso, todas sus estrategias reflejarán su incapacidad para entender que los mecanismos que fueron exitosos para hacer la transición ya no funcionan en una sociedad cuya democracia se apresta a cumplir 20 años el 11 de marzo de 2010.

La segunda respuesta posible ante los problemas de Frei en las encuestas es que el alma de la Concertación en el fondo pudiera querer la victoria de ME-O. Así como esa misma alma impuso a Bachelet como candidata en 2005 y la convirtió en la primera presidenta de Chile, a pesar de las dudas y objeciones iniciales de los partidos, la candidatura de ME-O ha prendido esencialmente porque un número sustancial de simpatizantes de la Concertación la han apoyado.

Históricamente, el éxito de la coalición de gobierno fue que supo combinar continuidad y cambio en su oferta electoral. Bachelet era muy diferente a Lagos en estilo y prioridades, pero también ofrecía un cambio tranquilo y ordenado. La propuesta de ME-O ha sido mucho más desordenada y apresurada.

Su irrupción se produjo formalmente fuera de la Concertación. Su discurso ha evolucionado desde un origen contestatario y de protesta a propuestas más elaboradas cada día más cercanas a la continuidad concertacionista. Pasamos de un ME-O haciendo caras de loco en la portada de Las Últimas Noticias a un Enríquez-Ominami Gumucio presidenciable, acompañado de su esposa y sus dos hijas. Con evidentes elementos de cambio (reforma tributaria, modernización de la política y reforma de los partidos), ME-O también sabe que para llegar a La Moneda deberá, después de superar a Frei, convertirse en el líder de la Concertación. De lo contrario, lo suyo será una victoria épica ante Frei para luego devenir en derrota estrepitosa ante Piñera. Su desafío consiste en ganar profundidad sin perder la frescura, en tranquilizar a los dudosos sin desencantar a sus fervientes partidarios. En síntesis, debe mantener una cuota de cambio y sumar mucho más de continuidad concertacionista.

Pero el entusiasmo en los desordenados e improvisados comandos de campaña de ME-O recuerda la alegría y energía de las campañas del NO, de Lagos y de Bachelet.  Hay mucha más mística entre los simpatizantes de ME-O que en la candidatura oficial concertacionista. El porcentaje de freistas entusiastas es inferior a los que con entusiasmo apoyan la candidatura de ME-O. Entre los simpatizantes de Marco se habla mucho menos de “el mal menor” que entre los partidarios de Frei. Probablemente las huestes que apoyan a ME-O también muestran menos disciplina, menos claridad y menos homogeneidad de objetivos que lo que estamos acostumbrados a ver en la Concertación. Hay además más incertidumbre sobre lo que vaya a ocurrir si ME-O llega a convertirse en presidente. Por eso allí es donde resulta clave la habilidad de Marco para poder demostrar un balance adecuado entre continuidad y cambio. Si lo logra, atraerá a un buen porcentaje de esos votantes que históricamente han apoyado a la Concertación, pero que no aparecen convencidos con la candidatura de Frei.

Frei no entendió que la receta de los éxitos de la Concertación descansa en saber balancear cambio y continuidad. En las últimas semanas, su comando ha intentado convertirlo en un sucedáneo de Bachelet. Pero ni su campaña promete suficiente cambio ni el intento por hacerlo parecer la continuidad de Bachelet ha funcionado. Por eso, ME-O aparece en una inmejorable posición para hacerse del mensaje de una mezcla balanceada de continuidad y cambio que lo puede convertir, la noche del 13 de diciembre, en el candidato de una Concertación renovada, pero capaz de ofrecer la confianza y la gobernabilidad a las que nos hemos acostumbrado los chilenos en estos últimos 20 años.

Fuente: Revista Poder, noviembre 2009

 

 
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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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