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Patricio Navia
La Concertación del día después
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
9 de febrero de 2010
Como hay fuerzas en la Concertación que nunca creyeron en las bondades del modelo de libre mercado, la tentación de recrear una izquierda del tipo Unidad Popular será fuerte. La Concertación corre el riesgo de convertirse en una izquierda vociferante pero minoritaria.
 

No hay motivos para esperar que la cruenta guerra civil que recién se inicia en la Concertación vaya a ser de corta duración. También hay incertidumbre respecto a quién resultará ganador. Pero independientemente de su duración y del resultado, para volver a La Moneda, la Concertación deberá construir un discurso de inclusión que sea capaz de convocar a todas sus facciones. Más aún, deberá reconquistar votantes que se fueron para la casa y que votaron por Sebastián Piñera. Si no entiende que para ganar tiene que sumar, la Concertación bien pudiera terminar experimentando una travesía por el desierto tan larga, pero menos cómoda, que la que vivió la derecha durante las dos décadas en que estuvo en la oposición.

Aunque la forma en que escogió su candidato presidencial se ha convertido en el símbolo de todo lo que hizo mal la Concertación, la verdadera causa de la derrota fue no haber cambiado a la par de cómo cambió Chile. Las prácticas que caracterizaron la transición a la democracia ya no funcionan. Tampoco funciona intentar ganar con una campaña del terror a partir de la memoria de una dictadura que la mayoría de los chilenos ya olvidó. En el pasado, la Concertación ganó porque supo ofrecer cambio atractivo en un contexto de continuidad. En 2009, Frei fue sólo continuidad. Enríquez-Ominami fue sólo cambio. La Concertación fue incapaz de inducir un pacto que sumara ambas fortalezas antes de las elecciones. Los esfuerzos desordenados por hacerlo después de la primera vuelta dejaron claro que la Concertación perdió porque fue incapaz de hacer lo que la gente esperaba de ella.

La victoria de Piñera ha sumido a la coalición en una guerra civil. A medida que se acerque el cambio de mando y en tanto Piñera confirme su intención de liderar un gobierno moderado, la desesperación, el desencanto y la frustración aumentarán en las líneas oficialistas. En 1990, la Concertación exitosamente le robó el modelo económico a la dictadura, y lo perfeccionó con un énfasis en gasto social, reducción de la pobreza y consolidación democrática. Hoy, Piñera puede hacer exactamente lo mismo. Si convierte los éxitos de la Concertación en políticas de Estado y muestra que la derecha también puede gobernar con pragmatismo, moderación y gradualidad, la Concertación se quedará sin un mensaje propio.

La primera tentación que enfrentará la Concertación será la de convertirse en una oposición militante que busque el fracaso del gobierno de Piñera. Pero la lógica del desalojo ya le falló a la derecha, no hay razón para pensar que tendrá éxito si Piñera gobierna bien y evita que su gobierno sea capturado por la derecha dura. Como hay fuerzas en la Concertación que nunca creyeron en las bondades del modelo de libre mercado, la tentación de recrear una izquierda del tipo Unidad Popular será fuerte. La presencia del PC en el Congreso forzará al PS a cuidar su flanco izquierdo. Si bien los chilenos han dejado claro que prefieren la moderación y el pragmatismo, los extremos de izquierda y derecha producen mucho más ruido que votos. La Concertación corre el riesgo de convertirse en una izquierda vociferante pero minoritaria.

Ya que lideró los mejores 20 años de la historia de Chile, la Concertación también enfrentará la tentación de querer volver al pasado. Aunque la estrategia de presentar a un ex presidente como candidato presidencial ya falló, no faltarán los que vean en Michelle Bachelet la mejor opción para volver al poder en 2013. Para ellos, será cuestión de esperar cuatro años e intentar volver con Bachelet al poder. Si el gobierno de Piñera es mediocre, Bachelet será una carta atractiva. Pero si Piñera lo hace mal, habrá también otras cartas atractivas que no carguen la mochila de Bachelet y que le recuerden su promesa de no repetirse el plato. Los que se refugien en Bachelet como candidata a 2013 estarán dejando claro que no quieren oír la voz de la gente. Bachelet devendrá en un símbolo de la estrategia de negación. Por su propio bien, la popular Presidenta saliente debiera dejar en claro que ella no es una opción para 2013.

La estrategia de buscar una respuesta a la crisis actual escarbando en el pasado no se limita al bacheletismo. El propio ex presidente Lagos inició una cruzada para forzar la renovación concertacionista. Pero así como equivocadamente condicionó su candidatura presidencial en 2009 a que la Concertación lo proclamara sin primarias, Lagos parece ahora querer escoger los nombres de la generación de recambio. Siguiendo la lógica de la transición, con decisiones impuestas desde arriba hacia abajo y con desconfianza de los que proponían mecanismos de participación desde abajo hacia arriba, Lagos ofrece renovación de forma, no de fondo. Son rostros nuevos, pero apellidos de siempre. Peor aún, son rostros nuevos impuestos por políticos que deben estar en retiro. Es verdad que la culpa no es del chancho, sino de quien le da el afrecho. A las generaciones de recambio les ha faltado la valentía para tomarse el poder y coraje moral para exigir mecanismos de participación modernos y propios de democracias consolidadas.

Esas misma generación de recambio guardó cómplice silencio cuando los jerarcas de la Concertación optaron por no hacer primarias abiertas.

Las guerras civiles tienden a exagerar las diferencias y a polarizar grupos que, en circunstancias normales, podrían convivir. Además, producen demasiadas bajas inocentes. Los daños y heridas ocurridas al fragor de la batalla resultan difíciles de corregir y toman mucho tiempo para curar. A veces, como ocurre hoy con la Concertación, las guerras civiles son ineludibles. De ahí que es conveniente que los partidos de la Concertación hagan esfuerzos por evitar los excesos en los meses que se vienen. Si bien es inevitable buscar responsables de la derrota, es mejor complementar los análisis con discusiones sobre estrategias para volver a ganar. Las acusaciones sobre responsabilidades compartidas también debieran estar acompañas de compromisos para evitar cometer los mismos errores. A diferencia de la última vez que perdieron los que ahora dejan el poder, la victoria de Piñera no fue con golpe de Estado, muerte y destrucción de un proyecto de cambio radical. El modelo económico que la Concertación implementó exitosamente no se distancia en demasía de lo que quiere la derecha. En el peor de los casos, en cuatro años más habrá ocasión de escuchar nuevamente la voz del pueblo.

Por eso, aunque ahora veamos cuchillos largos y líderes preparados para la guerra, las pasadas de cuenta y los enfrentamientos internos, la Concertación no debiera perder de vista su verdadero objetivo. Para volver a La Moneda, debe re-encantar al electorado. Aquellos que se quedaron en sus casas, los 4 millones de chilenos que no se toman la molestia de ir a votar y los que abandonaron la Concertación para darle una oportunidad a la Alianza no debieran ser vistos como actores en la guerra civil. Al contrario, ellos son el trofeo en disputa. Independientemente de quién resulte ganador de esta batalla entre duros y renovados, autoflagelantes y autocomplacientes, centristas e izquierdistas, bacheletistas y laguistas, DC y socialistas, los victoriosos deberán entender que además de ganar la guerra, necesitan ganar la paz. La Concertación volverá a ser electoralmente imbatible cuando los ganadores de la guerra civil actual abran espacio a los perdedores y juntos salgan a conquistar un electorado que, habiendo demostrado agotamiento y cansancio con la Concertación el 17 de enero, no va olvidar fácilmente que los mejores 20 años de la historia de Chile ocurrieron bajo cuatro gobiernos de la coalición centro izquierdista. Donde hubo fuego, cenizas quedan. Aunque la guerra civil sea inevitable, también es necesario comenzar a pensar en la reconciliación y en la reconstrucción que tendrá que ocurrir después.

Fuente: Revista Poder

 

 
Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
Twitter: @patricionavia