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Patricio Navia
El primer año de Piñera y el terremoto
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
25 de febrero de 2011
Con una mezcla saludable de cambio y continuidad en políticas públicas, el primer gobierno de derecha en 20 años ha logrado consolidarse en el poder y afirmarse después de un inicio marcado por el terremoto (y por una fuerte réplica minutos antes de que Piñera asumiera el poder el 11 de marzo). De hecho, la principal nube en el horizonte del gobierno radica en que la propia personalidad del presidente parece no ser del agrado de los chilenos.
 

Por Patricio Navia, profesor en la New York University y en la Universidad Diego Portales.

(Especial para Infolatam).- Resulta inevitable que el desempeño de Sebastián Piñera como presidente de Chile esté ligado al devastador terremoto que golpeó al país dos semanas antes de que asumiera el poder. Si bien su gobierno ha impulsado una serie de reformas, ha intentado cumplir sus promesas de campaña, ha enfrentado complejos desafíos coyunturales y ha tropezado producto de errores políticos no forzados, el terremoto sigue presente como el evento más importante en lo que va de su administración y el que más posibilidades tiene de definir y marcar el legado de su cuatrienio.

El 27 de febrero, cuando terminaba el gobierno de la popular presidenta Michelle Bachelet, y llegaba a su fin un exitoso periodo de 20 años de gobiernos de la centroizquierdista Concertación, un terremoto de magnitud 8.8 golpeó la zona centro sur de Chile. Aunque la pérdida de vidas (521 personas) y los daños estructurales causados por el sismo fueron menores a los que se hubiera esperado dada la magnitud del sismo, el tsunami que afectó a varias zonas costeras del país (y que costó las vidas de más de 150 personas) y los saqueos que se produjeron el día después del sismo ante la lenta llegada de la ayuda del gobierno nacional generaron fuertes críticas y cuestionamientos a los protocolos de emergencia existentes y al desempeño del gobierno saliente. La falta de un plan de emergencia para evacuar las zonas costeras y la lentitud y desorden de la respuesta oficial del gobierno de Bachelet dejaron una mancha en el legado de la popular presidenta y también pusieron en tela de juicio la eficiencia del aparato estatal chileno.

El Presidente Sebastián Piñera, que había convertido en centro de su campaña la promesa de un gobierno eficiente que trabajaría las 24 horas del día y los siete días de la semana, asumió el poder marcando distancia del legado de la administración saliente de Bachelet.  Durante los primeros meses, el hecho de ser el primer gobierno de derecha en veinte años de democracia se convirtió en una comprensible excusa para la lentitud del proceso de reconstrucción de las zonas afectadas. El gobierno inteligentemente se centró en impulsar una reforma tributaria que, a través de un aumento temporal de impuestos a las ganancias de las empresas, pudiera generar suficientes recursos para impulsar la reconstrucción.

El hecho que muchos de los daños hayan sido en zonas rurales y que la gente tuviera altas expectativas sobre la reconstrucción también hizo más lento el proceso. A sabiendas de que una reconstrucción rápida atentaría contra la calidad del proceso, la propia gente exigió y demandó mejor calidad. Sumando los controles burocráticos y los procesos de transparencia que obligan a licitaciones públicas y acucioso control y fiscalización, el proceso ha sido mucho más lento de lo que el propio gobierno de Piñera prometió. Como Piñera prometió eficiencia, esa lentitud ha provocado duras críticas al gobierno.

Acusaciones de corrupción y algunos escándalos políticos asociados al proceso de licitaciones de obras de infraestructura y construcción de viviendas han contribuido también a que se instale la percepción de que el proceso de reconstrucción ha sido muy lento.

La Concertación, que ha tenido dificultades para asumir su papel de oposición, ha aprovechado la lentitud del gobierno para articular una crítica a una de las principales promesas de Piñera, la eficiencia. Como otros errores y omisiones del Presidente Piñera-incluida la demora en vender sus acciones y participación en empresas y separar sus intereses económicos de su agenda política-han repercutido negativamente en su credibilidad, las críticas de la Concertación a la lentitud de la reconstrucción han profundizado la caída de Piñera en su aprobación presidencial. A un año de asumir el poder, Piñera tiene un 40% de aprobación presidencial, muy por debajo del 80% que tenía Bachelet al dejar el poder.

A un año del terremoto, y a un año de asumir el poder, el gobierno de Piñera tiene buenas razones para sentirse satisfecho. La economía chilena creció en forma saludable, casi a un 6% en 2010, con una saludable expansión del empleo. Aunque más lento de lo que el propio gobierno prometió, el proceso de reconstrucción avanza en forma razonable. Pese a haber cometido errores infantiles, en general el gobierno ha cumplido su compromiso de introducir más eficiencia al gasto público y mejor rendición de cuentas.

Con una mezcla saludable de cambio y continuidad en políticas públicas, el primer gobierno de derecha en 20 años ha logrado consolidarse en el poder y afirmarse después de un inicio marcado por el terremoto (y por una fuerte réplica minutos antes de que Piñera asumiera el poder el 11 de marzo). De hecho, la principal nube en el horizonte del gobierno radica en que la propia personalidad del presidente parece no ser del agrado de los chilenos.

Aunque la economía crece y el gobierno logra un nivel razonable de aceptación ciudadana, la aprobación del presidente sólo se ubica en torno al 40%. De ahí que parece apropiado decir que los chilenos se sienten satisfechos con la dirección en que avanza el país y con los cambios provocados por la elección de enero de 2010, aunque puedan estar menos contentos con el estilo y la personalidad de su nuevo presidente.

Fuente: Infolatam (Madrid, España)

 

 
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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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