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Héctor E. Schamis

Ambigüedades políticas, pobreza intelectual

(El País/España) Un panel reunió al Secretario General de la OEA Insulza, al exjefe de gabinete de Clinton Mack McLarty, a la embajadora colombiana ante Naciones Unidas y excanciller María Emma Mejía, al expresidente panameño Martín Torrijos y al asesor de política exterior de la presidente de Brasil Marco Aurélio García. Con el título “Los desafíos hemisféricos”, fue moderado por Claudia Gurisatti, directora del canal de noticias NTN24. La conversación cubrió las relaciones interamericanas, la integración—justamente, a 20 años de la primera cumbre de las Américas—y sus características.

Por Héctor E. Schamis
Twitter: @hectorschamis
7 de septiembre de 2014
 

(El País/España) Es uno de esos eventos fijos en el calendario, la conferencia anual CAF-Inter-American Dialogue en Washington. Son dos días completos para debatir América Latina, la política, la economía, la sociedad y sus relaciones internacionales. La asistencia es de a miles, los expositores son los que uno lee en los periódicos y ve en la televisión, todos influyentes.

Un panel reunió al Secretario General de la OEA Insulza, al exjefe de gabinete de Clinton Mack McLarty, a la embajadora colombiana ante Naciones Unidas y excanciller María Emma Mejía, al expresidente panameño Martín Torrijos y al asesor de política exterior de la presidente de Brasil Marco Aurélio García. Con el título “Los desafíos hemisféricos”, fue moderado por Claudia Gurisatti, directora del canal de noticias NTN24.

La conversación cubrió las relaciones interamericanas, la integración—justamente, a 20 años de la primera cumbre de las Américas—y sus características. Continuó con el problema del narcotráfico. Todos resaltaron el hecho que el gobierno de Obama ha dejado de usar la expresión “guerra contra las drogas” para comenzar a enfatizar la crisis de seguridad y salud pública que se derivan del narcotráfico. Un cambio bienvenido en relación a una “guerra” que no tiene vencedores ni vencidos posibles, solo víctimas y en una abrumadora mayoría civiles inocentes. Insulza fue explícito, señalando la importancia del cambio de lenguaje y elogiando al gobierno estadounidense por la nueva manera de abordar el tema.

Luego la moderadora invitó al panel a reflexionar sobre la importancia decreciente de la democracia en la agenda de las cumbres y como parámetro de integración. Insulza fue el primero en responder, rechazando esa descripción y señalando que América Latina tiene hoy más democracias que nunca en su historia, y que eso hablaba de los sólidos avances democráticos de la región.

El punto es muy cierto, pero también es parcial. Ergo, sirve para distorsionar más que para precisar. Pasa por alto que la calidad de la democracia en la región ha disminuido de manera visible y preocupante, según surge del trabajo de académicos, medios y ONGs que miden desde la vigencia de los derechos humanos hasta la libertad de expresión y la integridad física de los periodistas. Además omite que si, por ejemplo, utilizáramos la variable “alternancia en el poder” como test ácido de democracia— ¿acaso no es condición necesaria?—varios países de la región no lo aprobarían. Gurisatti reflejaba esta realidad con su pregunta.

La discusión continuó con Venezuela, escuchándose algunos de los conceptos de comienzo de la crisis: que Venezuela es una sociedad dividida y que América Latina está más allá de la era de la intervención, noción a la cual la OEA se opone firmemente. El primer punto es cierto también, pero al igual que en febrero, soslaya lo esencial: que en esa división, una parte está en la calle y la otra en el estado, incluyendo el férreo control de la burocracia, la justicia y el aparato represivo. Decir que el país está dividido “en dos mitades” sin reconocer las asimetrías de poder inherentes a esa división disimula la verdadera naturaleza del problema.

El otro punto, el de la no intervención, también es una carencia semántica, porque así como la expresión “guerra contras las drogas” definía el problema de manera equivocada, el término “intervención” hace exactamente lo mismo. Si uno entiende por “intervención” los marines del pasado, claro que hay que oponerse. Pero intervención hoy quiere decir mediación, lo cual es deseable. Como hizo UNASUR, por ejemplo, salvo que no lo hizo bien por no poder sostener una verdadera imparcialidad ante el conflicto.

La conversación luego se focalizó en Cuba. Marco Aurélio García fue más allá y en relación a la pregunta y a la (ausencia de) democracia en Cuba, afirmó enfáticamente que Brasil “se opone a interferir en asuntos internos de otro país”. Más allá del caso en particular, si Insulza había mostrado una cierta ambigüedad política, tal vez obligado por los delicados equilibrios de todo funcionario internacional, García exhibía allí una patente pobreza intelectual, especialmente porque la definición más acabada que hizo de sí mismo fue haber sido profesor de historia. Como historiador debe saber, entonces, que ese principio es arcaico, no corresponde a este siglo y ni siquiera corresponde a la segunda mitad del siglo anterior. En realidad es tan antiguo que remite a la Paz de Westfalia y la constitución de la soberanía estatal como concepto fundante de aquel incipiente sistema internacional.

Pero eso era en 1648. Los estados hace tiempo que no son libres de hacer lo que quieren dentro de sus fronteras. Gracias a la existencia del derecho internacional y la doctrina de los derechos humanos—que, precisamente, existen para interferir—los estados tienen restricciones. Los derechos humanos como principio suspenden dos ejes centrales de la soberanía estatal, el tiempo y el espacio. Los crímenes contra la humanidad no prescriben jamás y son de jurisdicción universal.

El mundo sin injerencia externa del asesor García es así un mundo donde la Declaración Universal de los Derechos Humanos es imposible y la Corte Penal Internacional de La Haya una utopía. En un mundo sin interferencia externa el Apartheid quizás continuaría vigente, Milosevic habría muerto en su casa y Pinochet probablemente en el poder. Tal vez hasta los militares brasileños seguirían gobernando. Es que el doble standard que se escucha estos días no es trivial.

Esto fue llegando al final de los dos días del evento. Concluyó entre la ambigüedad política y la pobreza intelectual, de ahí el título de esta columna, pero la ambigüedad y la pobreza de quienes deciden. El enorme mérito de la conferencia fue haber permitido documentar esas ideas para debatirlas—para “dialogar”, según los organizadores.

Esa es la buena noticia. La mala es que ese debate en la América Latina de hoy no parece haber llegado al siglo XXI. A veces, ni siquiera al siglo XX.

Fuente: El País (Madrid, España)

 
Acerca del autor
Héctor E. Schamis
Héctor E. Schamis
Héctor Schamis es profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos y en el programa “Democracy & Governance” de la Universidad de Georgetown. Previamente enseñó en las universidades de Brown y Cornell. Dr. Schamis fue becario del Woodrow Wilson Center en Washington DC, e investigador visitante en la Universidad de Cambridge y en la Universidad Centroeuropea en Budapest. Es autor de "Re-Forming the State: The Politics of Privatization in Latin America and Europe" (2002) y de diversos artículos y ensayos sobre autoritarismo, populismo, democratización y la economía política del tipo de cambio en América Latina. Además de la docencia y la investigación, ha trabajado en el diseño e implementación de programas y talleres sobre corrupción, estrategias de privatización y administración electoral en nuevas democracias, en colaboración con gobiernos, donantes, universidades y agencias internacionales. Ha publicado notas en "La Nación"y "Clarín" (ambos periódicos de Buenos Aires). Regularmente escribe en "El Pais" (Madrid) y comenta en Club de Prensa de NTN24, canal de noticias de Bogotá. Nacido en Argentina, obtuvo su Ph.D. en ciencia política en la Universidad de Columbia.
Twitter: @hectorschamis