23.9.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
Concertación – Nueva Mayoría – SQM
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
8 de junio de 2018
(El Líbero) Tal como hay buenas razones para estar agradecidos de la Concertación, hay otras para estar decepcionados de la forma en que esa coalición se relacionó con los poderes fácticos, especialmente en el sector empresarial. En vez de promover los mercados y la competencia, muchas veces prefirió proteger al empresariado y promover los intereses de los grandes conglomerados. Más que pro mercado, la Concertación fue muchas veces pro negocios.
 

(El Líbero) Así como es innegable que la figura del ex dictador Augusto Pinochet representó la base sobre la que se construyó la unidad de la Concertación primero —y de la Nueva Mayoría después—, SQM, la empresa controlada por Julio Ponce Lerou, quien fuera yerno del ex dictador, simboliza el golpe más severo y devastador para la reputación de esa alianza que gobernó en 24 de los 28 años de democracia y que exitosamente lideró al país entre 1990 y 2010. La cercanía de la centroizquierda con una de las empresas más cuestionadas por su falta de transparencia y por su heterodoxa forma de entender el libre mercado demuestra que, además del necesario pragmatismo para aceptar las condiciones del juego que heredó, la Concertación pecó de un cuestionable oportunismo en la forma en que transitó desde la defensa de la democracia a administrar el poder.

Entre las muchas críticas que se hacen, las más injustas son las que reprochan a esa coalición por gobernar con el marco constitucional y el modelo neoliberal heredado de la dictadura. Las críticas son injustas porque los resultados de esa decisión fueron positivos para el país. Chile avanzó decididamente hacia una democracia plena que hoy permite a todos los chilenos ejercitar libremente sus derechos. Pasó de ser un país promedio en la región a ser líder en desarrollo económico y libertades políticas. Eso fue gracias a que el grupo gobernante aceptó la realidad de que debería construir una democracia con las restricciones iniciales impuestas por la dictadura. Como esas restricciones —o enclaves autoritarios— terminaron por caerse y desaparecer, la Concertación lideró la construcción de una democracia a partir de un edificio que fue diseñado para bloquearla.

Si bien Pinochet perdió el plebiscito, la dictadura chilena no salió por una crisis. Luego, para que pudiera funcionar, la transición chilena a la democracia fue pactada. Es verdad que fue un pacto tácito con muchas zonas grises y acuerdos que se diluyeron en el tiempo. Pero el solo hecho de que Pinochet siguió como Comandante en Jefe del Ejército hasta marzo de 1998 debiera recordarnos que, si bien la democracia llegó en 1990, los enclaves autoritarios sobrevivieron por varios años más.

Algunos critican que con la democracia no llegó la alegría. Esa crítica es equivocada. El Chile post 1990 es mucho mejor que el Chile pre 1990. Qué bueno que aspiremos a todavía más y no nos sintamos satisfechos con lo logrado. Queremos que lleguen más alegrías. Las expectativas y demandas que hoy tenemos son más altas que hace 10, 20 ó 30 años. Todo esto gracias a la Concertación.

Pero tal como hay buenas razones para estar agradecidos de ella, hay razones para estar decepcionados de la forma en que esa coalición se relacionó con los poderes fácticos, especialmente en el sector empresarial. En vez de promover los mercados y la competencia, la Concertación muchas veces prefirió proteger al empresariado y promover los intereses de los grandes conglomerados. Más que pro mercado, la Concertación fue muchas veces pro negocios.

Tal vez no hay sector donde eso sea más evidente que en la forma en que los partidos de la Concertación se relacionaron con grandes empresas, especialmente a la hora de financiar las campañas y la actividad política. En particular, la relación cercana y de dependencia que desarrollaron varios partidos de la agrupación y no pocos think-tanks de centroizquierda con sectores empresariales para financiar legal y extra legalmente sus actividades políticas e intelectuales terminó por nublar lo que debió haber sido una defensa ciega y militante a favor de mercados competitivos y abiertos en todas las áreas de la economía nacional.

Después de que estalló el escándalo de financiamiento irregular de la política en Penta y SQM, el gobierno de Bachelet (2014-2018) optó por impulsar una ley que prohibiera el financiamiento empresarial a las campañas. Pero esa actitud no estuvo acompañada de un mea culpa respecto a la forma en que la Concertación y la propia Nueva Mayoría previamente financiaron sus campañas y su quehacer político. Ahora que la enésima ramificación del escándalo ha vuelto a poner a Ponce Lerou y a SQM al centro de la noticia, la NM nuevamente aparece rasgando vestiduras por el supuesto engaño del que el segundo gobierno de Bachelet fue víctima en la negociación con SQM.

Aunque falta saber detalles de lo que realmente se negoció entre Corfo y SQM en el gobierno de Bachelet, es evidente que, ya sea porque se pactó mal o porque había favores que pagar a la empresa que por muchos años financió a los partidos y think-tanks de la Concertación/NM, la sombra de esa relación demasiado cercana amenaza la capacidad de la coalición de rearticularse para enfrentar los desafíos políticos que presenta este nuevo país que la propia centroizquierda ayudó a construir, pero que ahora parece no poder entender.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

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Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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