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Patricio Navia

Marco Enríquez-Ominami: ¿Es Chávez o es Obama?

La desigualdad obstinada, una gerontocrática y agotada coalición de gobierno, y una Alianza que no practica la libertad con igualdad de oportunidades, hacen que Chile pida a gritos un líder que prometa recambio, libertad e igualdad. ¿Será Marco Enríquez-Ominami esa persona?

Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
6 de junio de 2009
 

La irrupción de Marco Enríquez-Ominami en la arena presidencial es sorpresiva sólo respecto del personaje. Hace rato que el sistema político chileno muestra síntomas de agotamiento, poca renovación y desconexión con las realidades de la gente. En un país donde la desigualdad es una condición tan permanente que muchos en la elite parecieran ya no prestarle atención, el electorado es terreno fértil para aventuras populistas. Hasta ahora, el fenómeno de Marquito es mucho más una advertencia que una amenaza para el sistema político. Ni el joven diputado es lo suficientemente fuerte para desafiar a una clase política atada y bien atada al poder, ni sus postulados son lo suficientemente desarrollados como para ser acusado de populista.

Hasta ahora, Enríquez-Ominami es sólo el síntoma de la enfermedad de populismo que Chile parece encaminado a padecer. Felizmente, tanto la clase política tradicional como el propio Enríquez-Ominami pueden contribuir a evitar que nos encaminemos por el sendero de los movimientos antisistema del tipo "que se vayan todos". Mientras la Alianza y la Concertación deben abrirse a la meritocracia y la competencia, Enríquez-Ominami debe resistir a la tentación de ser un Chávez chileno y, aunque tome más tiempo, tiene que empeñarse en ser un líder positivo e incluyente, que señale al Chile del Bicentenario un mejor camino para el desarrollo.

El ocaso de la era concertacionista

La Concertación terminó por ser víctima de su propio éxito. Los más entusiastas en el arco iris concertacionista prometían, en diciembre de 1989, que debían estar en el poder tanto tiempo como Pinochet. Pocos creían entonces que la centro-izquierdista coalición nacida para llevar a cabo una transición exitosa a la democracia se convertiría en el gobierno más extenso en nuestra historia democrática. Pese a que cuatro presidentes ya han pasado por La Moneda, la base de la gran familia concertacionista se ha mantenido inalterada desde ese alegre inicio del Chile, la alegría ya viene.

Ese núcleo dirigente envejeció en el poder. Peor aún, terminó por sentirse ajeno en el país que ayudó a construir. Si Pinochet es el padre del Chile actual, la Concertación ha sido un meritorio padrastro. Corrigió lo malo que dejó la dictadura, mejoró lo bueno. Gracias a que la Concertación le dio un rostro humano al sistema -produjo más inclusión, redujo la pobreza y consolidó instituciones- hasta los pinochetistas más acérrimos pueden intentar rescatar la memoria del dictador. Pero en el proceso, la Concertación construyó un país distinto del que inicialmente soñó. El Chile de hoy se parece más al modelo de los Chicago Boys -con pensiones, salud, carreteras, educación y servicios públicos en manos privadas- que a los planes originales de la coalición centroizquierdista. Hasta la Constitución de Pinochet (modificada y sustancialmente mejorada) sobrevivió.

El Chile que la Concertación construyó resulta ajeno para la elite gobernante oficialista. Por eso, la coalición no tiene respuestas atractivas para los desafíos del Bicentenario. No sólo las caras son repetidas -con más arrugas, menos sonrisas, más familiares y amigos en puestos de confianza y menos pudores. Las ideas tampoco son nuevas. Mucho menos apropiadas para la realidad. El candidato presidencial oficialista -que ya se alzó con una fácil victoria en 1993, a la edad de 51 años- aparece hoy, con 67 años encima, pidiendo una nueva Constitución. Pese a gobernar con la Constitución de 1980 -con muchos más enclaves autoritarios que hoy- Frei parece haberse dado cuenta, demasiado tarde como para ser creíble -de que gobernar con el legado autoritario debilita los cimientos de la democracia. El discurso de cambio y renovación de la Concertación llega a destiempo, too little, too late.

La desigualdad obstinada

La teoría democrática dice que en sociedades desiguales, la democracia inevitablemente produce líderes que prometen redistribución. Esas promesas de igualdad son la principal amenaza para la estabilidad en países marcados por desigualdades que se transmiten de generación en generación. Frente a la desigualdad hay dos salidas. Una, que la democracia produzca una mejor distribución de la riqueza y de los ingresos. La otra, que la democracia termine por desaparecer. Ya sea porque se producen golpes militares, revoluciones frustradas o bien porque el propio sistema se corrompe de tal forma que las demandas por más igualdad terminan insatisfechas. En un país donde casi el 75% percibe ingresos menores que el salario promedio, resulta inevitable que aparezcan candidatos que prometan confiscar a los ricos. Casi tres de cada cuatro personas se beneficiarían y la minoría perdedora tendría que aceptar la voluntad mayoritaria de aquellos que, siguiendo a Marx, no tienen nada que perder salvo sus cadenas.

La democracia sólo convive con la desigualdad cuando los gobernantes que prometen redistribución son ineptos o corruptos. O bien, porque hacen promesas imposibles, sabiendo que están atados por leyes de amarre, principios constitucionales que protegen la propiedad privada de una minoría, poderes fácticos y otras restrictivas herramientas institucionales.

Es verdad, también están aquellos que producen redistribución a largo plazo con mejoras en educación, salud y oportunidades para todos. Pero considerando que la Concertación lleva 20 años en el poder, podemos descartar que la coalición centroizquierdista sea eventualmente capaz de reducir la desigualdad como sí fue capaz de reducir la pobreza.

En cierto modo, la rápida ascensión de Bachelet al poder respondió a su capacidad para simbolizar -más que prometer-el fin de la desigualdad. Si una mujer podía llegar a La Moneda, entonces la dispareja cancha en la que compiten los chilenos se alinearía un poco más a favor de los que siempre terminan perdiendo, de aquellos a quienes sólo les toca el baile de los que sobran, de generación en generación.

La derecha de siempre

El cansancio de la ciudadanía con la Concertación debió haberlo capitalizado la Alianza. Con un discurso a favor de la libertad y de la igualdad de oportunidades, la derecha debía llegar fácilmente al poder en 2009. Pero Piñera parece hoy más lejos de La Moneda que hace un año. Las complicaciones de la Alianza se deben a que esa coalición no cree tanto ni en la libertad ni tampoco comulga con la igualdad de oportunidades. Por un lado, la UDI parece querer imponer sus creencias morales al resto de la sociedad -cuestión que comparten tanto la vieja guardia de Jovino Novoa como el líder del recambio José Antonio Kast, sintomáticamente llamado Obama Rubio por sus aliados que creen que inclusión social es un rostro joven con los mismos apellidos y de la misma elite de siempre. Por otro, RN parece resignado a apoyar a Sebastián Piñera, líder empresarial que ve la presidencia como un proyecto propio. Pese a prometer gobernar con los mejores, Piñera llena su comando con familiares y miembros de una elite que parece acompañarlo desde sus años mozos de "clase media" en uno de los colegios privados entonces más caros del país. Prometiendo más de lo mismo, pero mejor gestionado, la Alianza espera llegar al poder sólo a partir del agotamiento de los chilenos con la Concertación.

El horno listo para bollos

El triángulo de desigualdad obstinada, una gerontocrática y agotada coalición de gobierno, y una Alianza que no practica la libertad con igualdad de oportunidades, hace que Chile pida a gritos un líder que prometa recambio, libertad e igualdad. Frente a la tierra prometida, cansado de languidecer por el desierto del subdesarrollo, las promesas incumplidas y los sueños parcialmente realizados, Chile quiere un líder que sea capaz de hacerlos soñar. Mejor aún, alguien que los convoque a marchar.

Varios intentaron convertirse en esa opción. El senador Alejandro Navarro saltó primero al ruedo con un refrito del proyecto chavista. Lo suyo parece una revolución con arepas, no con empanadas y vino tinto. El senador Adolfo Zaldívar se convirtió en el candidato de la frustración. Convencido más de que se merece la presidencia, hablando mucho más de lo que él hizo y de lo que otros dejaron de hacer, y defendiendo ideas nostálgicas de un estado desarrollista que tampoco fue capaz de dar el ancho, Zaldívar se hundió antes de echar a andar los motores. El erudito y afable Jorge Arrate parece empecinado en reescribir la historia. Más interesado en señalar el camino que debió seguir la izquierda en 1990 que en mostrar el camino a seguir hoy,

Arrate padece el mismo mal de la Concertación. Lo suyo es mucho más quejas sobre el Chile que no debió ser que una hoja de ruta para convocar al pueblo a entrar a la tierra prometida de desarrollo, oportunidades, igualdad y derechos individuales.

Marquito

Marco Enríquez-0minami, en cambio, posee algunos atributos necesarios para llenar, parcialmente, el vacío de liderazgos renovadores y responder a la demanda popular por caras nuevas y líderes de recambio. Su irrupción en las encuestas refleja tanto las debilidades de las dos grandes coaliciones como la incapacidad de los otros candidatos alternativos para interpretar adecuadamente los síntomas que muestra el electorado.

Por su edad, por su estilo franco y directo, por su espíritu emprendedor y empresario, Marco puede representar el cambio y la esperanza. Su entusiasmo y alegría son convocantes. Su historia, inspiradora. Su capacidad para no tomarse demasiado en serio, refrescante (como lo fue con Bachelet en 2005).

Su voluntad para lanzarse sin temor a la piscina resulta convocante. Por todas esas razones, no es difícil entender por qué ha logrado convertirse en el tercer candidato en esta elección presidencial.

Pero las debilidades de Marco son también evidentes. El diputado hizo carrera al abrigo de la gran familia concertacionista. Si busca convertirse en la esperanza de los más pobres, no ayuda mucho vivir en La Dehesa. Su exilio de infancia y la historia de su familia lo atan de una forma poco conveniente al pasado. Su meteórica carrera ha sido más mediática que de fondo. Sus iniciativas legislativas y su desempeño en comisiones demuestran que Marco es mucho mejor produciendo titulares que discutiendo políticas públicas. Su velocidad para hablar y poner temas sobre la mesa contrasta con la poca profundidad de sus propuestas. Su carrera ha sido mucho más ancha que profunda, mucho más Enríquez-Ominami voluminosa que sólida.

Electo en diciembre de 2005, obtuvo la primera mayoría en el Distrito 10 de Quillota, Calera y otras diez comunas aledañas con 46 mil votos (34,3%), contribuyendo a que la lista de la Concertación llegara al 55,7%. Allí, Bachelet obtuvo el 45,4%, sólo diez puntos más que el diputado socialista y 10% menos que la lista concertacionista. La fuerza electoral de Marco explica que la Concertación haya subido 10% respecto de las parlamentarias de 2001 (45%). Aunque hubo acusaciones fundadas de uso de fondos públicos en su campaña, Enríquez-Ominami no estuvo involucrado. El aparato público tiene demasiados operadores políticos que meten las manos y violan las leyes para demostrar que pueden movilizar votos y así asegurar futuras pegas. La alta votación de Enríquez-Ominami tuvo mucho más que ver con su alto nivel de reconocimiento público, la activa colaboración de su televisiva esposa Karen Doggenweiler y el enfermizo entusiasmo y excesiva energía del hiperactivo candidato de entonces 31 años.

Su desempeño en la Cámara de Diputados ha sido atípico, pero no especialmente excepcional. Preside tres de los 16 grupos interparlamentarios (Chileno-Brasileño, Chileno-Francés, Chileno-Indio). Es miembro de las comisiones permanentes de Agricultura, Silvicultura y Desarrollo Rural y de Conducta Parlamentaria. En agricultura, ha podido afectar e influir sobre la legislación. También es miembro de la Comisión especial de Estudio del Régimen Político. Antes estuvo en la Comisión de Ciencia y Tecnología y la de educación, dos comisiones de alto perfil pero limitado espacio para que los legisladores contribuyan positivamente a mejorar los proyectos de ley.

En buena medida, tuvo un 98,3% de asistencia a las sesiones en 2008.

Nacido el 12 de junio de 1973 (Géminis en el zodiaco, y año del buey en el calendario chino), Marco comparte cumpleaños con David Rockefeller, George Bush padre, Anna Frank y Adriana Lima. Se casó en diciembre de 2003 con la animadora de televisión Karen Doggenweiler, con quien tiene una hija. La familia la completa otra hija de Doggenweiler. Su padre fue el guerrillero mirista Miguel Enríquez. Su abuelo fue Edgardo Enríquez, un político e intelectual del Partido Radical, ex rector de la Universidad de Concepción y relegado en la Isla Dawson por la dictadura de Pinochet. También es sobrino-nieto de Inés Enríquez la primera chilena, militante del Partido Radical, en llegar a la Cámara de Diputados. Su madre es Manuela Gumucio, doctora en sociología de la educación, directora de Fucatel, pareja del senador socialista Carlos Ominami, e hija de Rafael Agustín Gumucio, uno de los fundadores del PDC, luego fundador del MAPU en 1969 y también de la Izquierda Cristiana en 1971. Por ese lado de la familia, Marco es primo de los escritores Rafael Gumucio y Matías Rivas.

Marco nació exactamente tres meses antes del golpe militar de 1973. Para entonces, Miguel Enríquez estaba en una relación con Carmen Castillo –hija del legendario líder de la DC Jaime Castillo Velasco y de la escritora Mónica Echeverría- quien estuvo junto a él cuando fue asesinado por la DINA en 1974, en un posteriormente simbólico 5 de octubre. De ahí que, desde la cuna, Marco haya estado en medio de la polémica y el debate. La relación sentimental que mantuvo el guerrillero con la madre de Enríquez estuvo marcada por los dramáticos eventos políticos del fin del periodo de la UP.

En cierta medida, Marco puede entender su propia concepción como el símbolo de esperanza mejor cuando la sombra del golpe militar asediaba a la vía chilena al socialismo. En ese sentido, igual como lo hizo Barack Obama con su primer libro, Sueños de mi padre, Marco puede construir un discurso con mística e historia, una especie de un sueño nacional, con continuidad histórica y cargado de símbolos y fechas significativas.

Marco también posee otras similitudes con Obama. Desde la juventud hasta una linda familia, desde el entusiasmo hasta la sonrisa perfecta, desde la carrera meteórica hasta la facilidad con la palabra. Pero Obama escribió dos sendos libros discutiendo políticas públicas y desarrolló una carrera intelectual admirable como profesor en una prestigiosa universidad. El libro de Marco, Animales Políticos, co-escrito con su padre adoptivo, es prescindible y tiene muchas más preguntas (pobremente elaboradas) que propuestas. El documental Los héroes están fatigados, sobre el envejecimiento de personas e ideas en la Concertación, es más una poderosa denuncia que una plataforma con ideas nuevas. Su exitoso programa de televisión La vida es una lotería muestra sus habilidades para entender los sueños de la gente, pero también sus debilidades y preferencia por las soluciones fortuitas. A diferencia de Obama, Marco no es un intelectual.

También a diferencia del presidente estadounidense, Marco parece hoy incapaz de discutir detalladamente los desafíos de políticas públicas que enfrenta el país. Si su meteórico ascenso se asemeja al de Bachelet, Marco también produce los mismos temores que en su momento produjo la presidenta. Hay fundadas dudas respecto de si Marco da el ancho para ser presidente.

Su plan de gobierno

Ya que su crecimiento ha sido tan rápido y meteórico, Marco todavía no ha elaborado un programa articulado de qué políticas implementaría en caso de llegar a la presidencia. El documento Decálogo para el futuro disponible en su página web, parece compatible con lo que prometen tanto Frei como Piñera.

Igual que Frei, pide una nueva Constitución. Como Piñera, pide modernizar el Estado. También pide aumentar los recursos del Estado, subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas. Tal vez lo más inusual hasta ahora es su énfasis en consolidar una mejor relación con América Latina. El documento llama a "fortalecer Unasur" y promover "una política de independencia de Estados Unidos."

Pero Enríquez-Ominami parece mucho más flexible y pragmático que lo que acostumbran a ser los políticos de izquierda. Paul Fontaine, hasta ahora su principal asesor económico, es un ex ejecutivo de Endesa y actualmente consultor con SWB en Santiago. En su blog, en agosto de 2008, Fontaine pidió la reducción de impuestos -incluido bajar el IVA al 15%- para inducir a un mayor consumo y así promover el crecimiento. De hecho, Enríquez-Ominami ha hablado de privatizar parcialmente Codelco, crear una AFP estatal, bajar los impuestos a la gente y subir los de las empresas.

Porque Chile es terreno fértil para el populismo, Marco también pudiera terminar pareciéndose a Hugo Chávez. Su rápido discurso, su habilidad mediática, su capacidad para construir apoyos desde el resentimiento y la exclusión, y su rechazo a las gastadas estructuras partidistas lo acercan al líder venezolano. Es verdad que Chávez ha desafiado los límites del populismo y que ha devenido en autoritario, concentrando poder en sus propias manos, promoviendo el nepotismo y amiguismo, y menospreciando los derechos humanos. Pero antes de llegar al poder, Chávez era un candidato que despertaba el mismo entusiasmo de la renovación basada en un discurso contra el sistema de partidos que hoy despierta Enríquez-Ominami en Chile.

Porque no posee todas las fortalezas de Obama, aunque tampoco tantos defectos y debilidades como Chávez, Enríquez-Ominami está en una expectante posición. Como recién construye su personalidad y da forma a lo que será su plataforma de campaña, Marquito (como despectivamente lo llamó el presidente socialista Camino Escalona -hecho que en sí mismo es prueba concluyente de que los partidos no entienden al Chile actual) todavía puede forjar su propia identidad política. Si hace las cosas bien, se puede convertir en el Obama chileno y liderar la renovación de la política. Siguiendo el mismo camino a La Moneda que tomó Bachelet, Marco pudiera lograr ese recambio que Michelle prometió y del que tanto habló, pero que finalmente fue incapaz de generar. Para ello, necesitará acercarse a los equipos técnicos de la

Concertación y de la Alianza, necesitará hacer cirugía mayor en el sistema político. Como director de cine, tendrá que editar y cortar mucha cinta para producir una buena película.

Pero no podrá realizar los cambios solo. La tentación populista acecha en un país que se parece más de lo saludable a la Venezuela del periodo pre-Chávez. Romper con el sistema para crear uno nuevo parece no ser la solución más indicada en un país con desafíos complejos pero abordables.

Chile ya atravesó el difícil desierto de la división, la pobreza extrema y la exclusión generalizada. Ahora estamos frente a la tierra prometida. No hay necesidad de que un líder nos convoque a volver a cruzar el mismo difícil desierto. Se necesita un líder que convoque a avanzar.

Enríquez-Ominami como advertencia

Porque el país ha sido capaz de construir una clase media aspiracional que, porque tiene cosas que perder y porque tiene expectativas que razonablemente se pueden cumplir no se va a sumar fácilmente a aventuras políticas, la irrupción de Enríquez-Ominami bien pudiera convertirse en la necesaria advertencia para que el sistema político tradicional enmiende rumbo. Si actúan con sabiduría, la Concertación y la Alianza tomarán nota del fenómeno y procederán a renovarse internamente para reaccionar a la fuerza electoral que pudiera tener Marco y para evitar futuras irrupciones de líderes antisistema. Si actúan como los pacientes responsables que, ante la primera señal de colesterol alto, cambian la dieta y el estilo de vida, la

Concertación y la Alianza serán capaces de liderar a Chile a cruzar el río y entrar a la tierra prometida del desarrollo.

Pero las dos coaliciones bien pudieran ignorar la advertencia y seguir con las viejas prácticas de duopolio político y de la colusión en el poder, anticipando que, por entrar demasiado tarde o por tener demasiadas debilidades personales, Enríquez-Ominami será un fenómeno pasajero. De hacerlo, cargarán la balanza para que Chile vea, tal vez no en 2009, pero más temprano que tarde, la irrupción de un liderazgo populista que nos acerque mucho más a las divisiones, polarización, estancamiento y frustración de Venezuela que a la esperanza, entusiasmo y fe en el futuro que produjo en Estados Unidos la llegada de Obama al poder.

Fuente: Revista Poder, Junio de 2009.

 

 
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
Twitter: @patricionavia