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Gabriel C. Salvia

Cuba, la soberanía y los latigazos en Sudán

Todas las dictaduras se escudan en la auto-determinación de sus déspotas, la soberanía territorial y el principio de no intervención, por lo cual no es extraño que los países gobernados por regímenes represivos de las libertades fundamentales actúen en sociedad y de esa manera compartan la complicidad de las mutuas aberraciones que cometen contra la dignidad humana.

Por Gabriel C. Salvia
Twitter: @GabrielSalvia
6 de agosto de 2009
 

Un gran repudio internacional ha generado la condena a Lubna Hussein, una ex periodista y ex empleada de Naciones Unidas en Sudán, quien recibiría 40 latigazos por usar pantalones en público y violar, de esta manera, el código de vestimenta musulmán. Este patético episodio sirve para transmitir la importancia que tiene el compromiso internacional con las libertades fundamentales, denunciando el atropello y destacando que el carácter universal de los derechos humanos es un claro límite al anacrónico concepto de la No Intromisión en los Asuntos Internos.

Es que todas las dictaduras se escudan en la auto-determinación de sus déspotas, la soberanía territorial y el principio de no intervención, por lo cual no es extraño que los países gobernados por regímenes represivos de las libertades fundamentales actúen en sociedad y de esa manera compartan la complicidad de las mutuas aberraciones que cometen contra la dignidad humana.

Distinto es el caso de las democracias, donde solamente algunos pocos países desarrollados manifiestan en su política exterior la importancia de la promoción internacional de los Derechos Humanos, aunque en la práctica casi ninguno lo aplique con convicción y de una manera generalizada. El ejemplo más claro, obviamente, es China, dictadura económicamente influyente a la cual se someten los países democráticos poniendo a los negocios por encima de los Derechos Humanos.

Pero también muchas democracias son tolerantes frente a dictaduras como la cubana, a la cual le hacen el juego apoyando incondicionalmente sus iniciativas en ámbitos como las Naciones Unidas, lo cual le permite mantener la represión interna en la Isla. Cuba también aplica penas insólitas, que deberían escandalizar a cualquier persona que se considere progresista y garantista, como condenas a 20 años de prisión por poseer 50 ejemplares de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, 27 años por haber sacado fotos que a su criterio tergiversan la realidad del país y la tipificación del delito denominado “peligrosidad social pre-delictiva”.

Por eso no es extraño que Cuba y Sudán mantengan buenas relaciones. De acuerdo a lo publicado en Juventud Rebelde el 17 de agosto de 2008, el entonces  vicepresidente cubano, Carlos Lage, recibió a Alí Kartei, ministro de Estado para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Sudán, quien realizó una breve visita de “cortesía, amistad y solidaridad hacia la Isla”. Según el dirigente sudanés, “Cuba es ejemplo de la liberación de los pueblos y elogió las buenas relaciones de amistad y el apoyo que la Isla le ha brindado siempre a Sudán”.

A su vez, el Diario Granma, el 19 de mayo de 2009, señalaba que “El presidente de Sudán, Omar Hassan Al-Bashir, agradeció hoy a Cuba la permanente solidaridad demostrada en la arena internacional, y trasmitió saludos cordiales a su homólogo, Raúl Castro, y al líder de la Revolución, Fidel Castro”. Reproduciendo un cable de Prensa Latina, el diario Granma agregaba que “Cuba defiende el respeto a la soberanía de Sudán y criticó la orden de arresto emitida por el tribunal con sede en La Haya contra el jefe de estado sudanés para procesarlo por crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad supuestamente cometidos en Darfur desde 2003”.

Es muy claro que al defender Cuba el respeto a la soberanía de Sudán, está apoyando su impunidad –que también necesita para sí misma- y respaldando la insólita condena de aplicarle a una mujer 40 latigazos por usar pantalones.

Seguramente muchas jovencitas –incluyendo a periodistas de medios “progresistas”- que viven en países democráticos y que muestran sus simpatías hacia la revolución cubana, considerarán una salvajada la condena a Lubna Hussein. Pero también deberían horrorizarse con los habituales atropellos hacia la dignidad humana por parte de la dictadura de los militares hermanos Castro y plantearse las razones de su amistad con la dictadura de Sudán y, en su momento, con la última dictadura militar argentina.

Gabriel C. Salvia es Presidente del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).

 

 
Acerca del autor
Gabriel C. Salvia
Gabriel C. Salvia

Periodista y activista de derechos humanos. Desde 1992 se desempeña como director en Organizaciones de la Sociedad Civil y es miembro fundador de CADAL. Es autor de más de 200 artículos, investigaciones, informes, entrevistas a prestigiosas personalidades y productor de varios audiovisuales. Compiló los libros “La experiencia chilena: consensos para el desarrollo” (CADAL, 2005), "Diplomacia y Derechos Humanos en Cuba" (Konrad Adenauer Stiftung, México, 2011), "Diplomacy and Human Rights in Cuba" (Christian Democratic International Center, Suecia, 2012), "Un balance político a 30 años del retorno a la democracia en Argentina" (CADAL/KAS, 2013) y "Desafíos para el fortalecimiento democrático en la Argentina" (CADAL/KAS, 2014). Es autor del libro "Bailando por un espejismo: Apuntes sobre política, economía y diplomacia en los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner". Participó como expositor en varios países de América Latina, Europa y en los Estados Unidos.

Como periodista realizó colaboraciones e investigaciones en la revista El poder legislativo y su gente, participó como comentarista de temas políticos y económicos en Radio América, fue productor periodístico del informativo económico de CableVisión Noticias y realizó varias entrevistas para el suplemento El Observador del diario Perfil. Sus columnas de análisis y opinión se publican regularmente en Global Americans (Estados Unidos), Perfil (Buenos Aires) y La Nación (Buenos Aires).

Twitter: @GabrielSalvia