Artículos / Opinión
Eduardo Viola y Héctor Ricardo Leis

Mito cubano de la izquierda y los derechos humanos

En América Latina observamos tristemente una defensa de los derechos humanos instrumentalizada oportunista y anómala en relación a Cuba. La izquierda que se encuentra en el poder en muchos de los países de la región debe liberar su inconsciente de resentimientos y desmitificar a Cuba.

Por Eduardo Viola y Héctor Ricardo Leis
26 de marzo de 2010
 

Son pocas las fuerzas políticas que todavía reivindican el camino revolucionario en América Latina. Permanecen, sin embargo, fósiles del proyecto revolucionario en el inconsciente colectivo de la generación de izquierda que vivió el revuelo de los años 1960 y 1970. Ellos resisten en el imaginario democrático que surgió bajo el amparo de la derrota conjunta de las fuerzas revolucionarias de izquierda y de los regímenes autoritarios de derecha.    

Los derechos humanos tuvieron un rol fundamental en el largo proceso que nos condujo en la dirección de la democracia. Casi sin excepción, los revolucionarios de otrora levantaron las banderas de la lucha contra las violaciones de los derechos humanos perpetradas por los regímenes militares contra los cuales lucharon. Hicieron poca autocrítica de la violencia a la cual recurrieron, es verdad, pero existió un fuerte efecto político civilizador vinculado a la defensa de los derechos, al ser dicha defensa posible sólo bajo el régimen democrático.

Hoy rige en toda América Latina, con la única excepción de Cuba, la democracia “burguesa”, la cual no estaba en los planes iniciales de esta generación. En aquellos años, de cualquier manera, eran pocos los actores, de izquierda o de derecha, los que manifestaban un compromiso auténtico con la democracia. Fue el conjunto de la sociedad el que recorrió el camino del aprendizaje democrático, a partir de los años 1980. Hasta entonces, en nuestras sociedades, las experiencias habían sido marcadas por intereses oligárquicos. No habíamos aprendido a vivir en democracia.

De esta manera, la fundación del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, como un partido político que aceptaba el juego democrático tuvo una gran relevancia para toda América Latina. La gran mayoría de sus fundadores tenía un pasado revolucionario e incluso, en algunos casos, de lucha armada. En comparación con fuerzas semejantes en otros países de la región, el PT fue, en aquella época, ejemplo del aprendizaje democrático de la izquierda revolucionaria brasileña.

La transición fue, para muchos de los países, el primer proceso de construcción democrática sin restricciones oligárquicas, mostrando la pobreza del registro democrático del sigo XX en América Latina, repleto de interrupciones. Hoy es prácticamente inexistente en el horizonte la posibilidad de retorno de los regímenes autoritarios de antaño, sin embargo el camino de construcción de la democracia no ha sido fácil. 

Procesos electorales y entrega del poder a representantes electos por la mayoría son condiciones necesarias, pero nunca fueron suficientes para el proceso de consolidación de la democracia. Una democracia plena y de calidad exige la instauración firme del Estado de Derecho, la sujeción total a la ley por parte de cada uno de los ciudadanos, independientemente del cargo, clase o representatividad.

La vocación democrática de los actores políticos es puesta a prueba mucho más por el respeto y por la subordinación permanente a las reglas y a los principios universales que constituyen el Estado de Democracia y de Derecho, entre los cuales los derechos humanos son uno de los más importantes, que por la participación en elecciones. Esto elimina la interpretación oportunista o anómala de tales derechos.

En América Latina, no obstante, observamos tristemente una defensa de los derechos humanos instrumentalizada oportunista y anómala en relación a Cuba, principalmente por los líderes del PT. Desde la caza y expulsión de los boxeadores Guillermo Rigondeaux y Erislandy Lara hasta la reciente visita de Lula y sus asesores a La Habana, manchada por el silencio en relación a la muerte de un disidente, la omisión de Lula y del PT sobre los derechos humanos en Cuba genera sospechas sobre la verdadera convicción democrática que hoy tienen los revolucionarios de ayer. 

Los ex-revolucionarios de izquierda se adaptaron bien a los cambios impuestos por las circunstancias y están, ahora, instalados en los gobiernos de una buena parte de las democracias de América Latina. Pero su resentimiento por la derrota en la pretendida revolución contra las oligarquías y las Fuerzas Armadas nacionales aliadas al “imperio americano” quedó encarnado en la mítica y solitaria Cuba de los Castro. Por eso, temen que cualquier crítica de ellos a Cuba o a los hermanos Castro sea aprovechada por la derecha o por el “imperio”, aún reconociendo que ni uno ni el otro sean los mismos de antes. 

Para ellos, Cuba no es realidad, sino mito, por lo tanto, intocable e incriticable. Se transformó en mito por haber sido el único país de la región que consiguió realizar una revolución por medio de la lucha armada y sobrevivió, inclusive, a una invasión del “imperio”. Como en América Latina ningún otro grupo de izquierda logró esto, Cuba ganó una “indulgencia” permanente y total pos sus pecados.

La izquierda que se encuentra en el poder en muchos de los países de América Latina debe liberar su inconsciente de resentimientos y desmitificar a Cuba, permitiendo que la isla entre nuevamente en la Historia, con sus virtudes y sus defectos, actuales y pasados. Debe comenzar a mirar su pasado revolucionario con humildad, reconocer sus fallas y sus méritos, aprender a perdonar y a ser perdonada, reconciliarse con todos los que hoy reivindican los mismos principios universales que sustentan la democracia, aunque en el pasado se hayan enfrentado en luchas mortales. 

Debe, por último, aprender a criticar la monstruosa dictadura cubana de más de 50 años con un único partido, condenando las numerosas violaciones a los derechos humanos de aquellos que no piensan como ellos. Al final de este aprendizaje, todos sabrán que, en América Latina, el proceso de consolidación democrática también estará concluido.

Eduardo Viola es Profesor Titular de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia y Héctor Leis es Profesor Asociado de Ciencia Política de la Universidad de Santa Catarina. Ambos, son integrantes del Consejo Académico de CADAL.

Fuente: O Estado de S. Paulo

Traducción de Ana Bovino.