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Aleardo F. Laría
Después del 8N: Una cierta ceguera ideológica
Por Aleardo F. Laría
Twitter: @aleardol
13 de noviembre de 2012
(Diario Río Negro) Es llamativo que un movimiento político que ha hecho de los derechos humanos uno de sus signos de identidad tenga semejante dificultad para comprender que ciudadanos disgustados con los abusos institucionales salgan a manifestar su protesta. Entre los derechos humanos denominados "de primera generación" figuran todos los derechos civiles y políticos que aparecen vinculados con un concepto amplio de libertad.
 

(Diario Río Negro) Todas las personas construyen unos marcos ideológicos (frames) que les permiten entender la realidad exterior. Es un recurso de la mente humana para orientarse en el complejo mundo de la vida. En ocasiones, lo que constituye un recurso de sobrevivencia puede transformarse en un arma de doble filo. El fenómeno se verifica en el campo de la política cuando las visiones ideológicas contribuyen a ocultar la realidad más que a interpretarla.

Una prueba notoria de lo que decimos la constituye el sonado fracaso del experimento de ingeniería social que intentó el comunismo en aquel espacio denominado en otros tiempos Unión Soviética. Una visión dogmática llevó a desconocer o ignorar los datos provenientes de la realidad, de modo que no se tomaron decisiones que podrían haber permitido corregir el rumbo. La suma de errores se fue acumulando y terminó llevando al sistema a una implosión. Como elemento de contraste tenemos ahora la visión más pragmática y desenfadada del comunismo chino –no exenta de un inaceptable autoritarismo– que, basada en el dogma "gato blanco o negro, lo importante es que cace ratones", ha dado lugar a un espectacular crecimiento de esa economía.

En la Argentina, salvando las distancias, estamos asistiendo a un fenómeno de ceguera ideológica similar al que tuvo lugar en la URSS. Como muestra de lo que decimos vamos a tomar las interpretaciones que del 8N han efectuado tres notorios representantes intelectuales del cristinismo, recogidas en el diario oficialista "Página/12" (edición del 9/11). Frente a lo que ha sido, sin duda, una de las manifestaciones ciudadanas más importantes de los últimos tiempos, en opinión de Horacio González "la multitud que se dio cita ante el Obelisco, en Plaza de Mayo o en Acoyte y Rivadavia parecía en cambio una multitud abstracta". González espera que esta "multitud abstracta, suma de individualidades, inmaterial en sus consignas, difusa en sus movimientos", abandone "su lastre de abstracciones con el que juegan las neoderechas de turno".

Para Mario Wainfeld hay algo central del 13S y del 8N que los distingue nítidamente de convocatorias como las de Juan Carlos Blumberg o los cortes y movilizaciones "del campo". "Es su absoluta carencia de reclamos precisos, objetivos inmediatos accesibles, liderazgos visibles y (aspecto no menor en jugadas similares) oradores que las expresen, sinteticen o encuadren en el cierre de los actos". Considera que no hay matemática que mida mejor la legitimidad de una marcha que compararla con un rotundo veredicto electoral.

Por su parte, Horacio Verbitsky opina que "como la marcha de la Constitución y la Libertad de 1945 o la recepción a Eduardo Lonardi en 1955", la concentración del 8N "expresa a un sector minoritario pero significativo de la sociedad argentina". Sin embargo, sostiene que es inimaginable que un gobierno que resistió la presión de los acreedores externos y los organismos financieros internacionales, de las empresas privatizadas de servicios públicos, de las cámaras patronales agropecuarias e industriales, se apoque por las voces de cualquier número de personas que se quiera atribuir a los actos del 8N. "Ésos son sueños de una noche de verano" y asegura que la "detestada" presidenta no modificará las políticas con las que hace un año pidió y obtuvo su mandato en las urnas.

Este recorrido por las opiniones de los intelectuales más representativos del cristinismo nos permite entender la extrema dificultad que tiene este gobierno para acceder a uno de los reclamos más expresivos, recogido en una de las pancartas exhibidas por los manifestantes: "Cristina: largá el micrófono y colocate los auriculares". Es llamativo que en tan extensos comentarios no aparezca el menor atisbo de una consideración crítica, de una hipótesis razonada dirigida a encontrar alguna explicación de las causas que soliviantaron el ánimo de tanta multitud "abstracta".

Existen, en nuestra opinión, dos interpretaciones plausibles que permiten entender esta obstinada negativa a indagar en las causas de esta efervescencia ciudadana, comprensión que ayudaría al gobierno a introducir algunas correcciones en las políticas que la propician. Por un lado, opera un particular fenómeno ideológico que enceguece siempre a los "cruzados", es decir, a todos aquellos que adoptan una visión religiosa de la política y que se consideran portadores de una gesta histórica. Para el espíritu misionero, puro, evangelizador, los reclamos que se formulan son el despreciable producto de una conspiración alentada por algunos medios, voceros de intereses sectoriales egoístas, afectados por el "modelo", a los que "les molestan los planes y la asignación universal por hijo porque antes se podía contratar a alguna persona de empleado en la casa o de empleado golondrina por chauchas y palitos" (Cristina dixit).

El otro elemento que contribuye a esta dificultad para escuchar las demandas ciudadanas proviene de la fuerte penetración que han tenido las viejas y abandonadas ideas de los totalitarismos del siglo XX que siguen operando en el inconsciente colectivo de la izquierda populista. Es la presencia subliminal del viejo desprecio por las formas propias de la "democracia burguesa". En el horizonte mental de muchos intelectuales K las formas son siempre instrumentales, secundarias, intrascendentes, de modo que aparece allí una suerte de punto ciego, incapaz de registrar el hecho de que haya personas sensibles por estas cuestiones y que se sientan afectadas cuando observan el creciente atropello que sufren las instituciones.

Es llamativo que un movimiento político que ha hecho de los derechos humanos uno de sus signos de identidad tenga semejante dificultad para comprender que ciudadanos disgustados con los abusos institucionales salgan a manifestar su protesta. Entre los derechos humanos denominados "de primera generación" figuran todos los derechos civiles y políticos que aparecen vinculados con un concepto amplio de libertad. Allí se inscriben todos los derechos que suponen límites al ejercicio arbitrario del poder y ponen barreras a la intromisión del Estado en la esfera privada de los ciudadanos. Un reclamo para nada abstracto, que es fácil percibir con sólo leer las pancartas exhibidas en el 8N.

El problema de no percibir el malestar creciente de amplios sectores sociales o negarse a interpretar con alguna objetividad el motivo de la protesta augura que no habrá cambio de rumbo ni corrección de las actuales políticas. Como los resultados que se están obteniendo no son aceptables para muchos y los errores se siguen acumulando, es inevitable que se asista a un clima creciente de crispación social y se atraviese por un período de mayores turbulencias. Es probable también que este desgaste incesante del oficialismo haga que aflore la corriente subterránea del peronismo tradicional que tiene una visión más pragmática, menos religiosa de la realidad. No debería sorprender que pronto demanden la salida de ese molesto inquilino precario, bullicioso y perturbador que se ha instalado en el piso superior del edificio peronista.

Fuente: (Diario Río Negro, Argentina)

 
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Acerca del autor
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Aleardo F. Laría es abogado y periodista.
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