El portal informativo de
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro

La lección republicana que arroja el ''vamos por todo''

No sólo sucedió que todos y cada uno de los adversarios que se pretendió “sacar de la cancha” sobrevivieron a los embates. Sino que los ataques por ellos padecidos los relegitimaron ante la sociedad, en una (¿involuntaria?) seguidilla de lecciones sobre la importancia del pluralismo, la independencia de los poderes, las libertades individuales y el respeto de la ley.

Por Marcos Novaro
6 de diciembre de 2012
 

A punto de cumplirse un año del segundo mandato de Cristina Kirchner, el panorama no podría ser más distinto al que imperaba cuando él se inició. Si alguien hubiera hecho entonces pronósticos siquiera aproximados a lo sucedido en estos doce meses, seguramente hubiera sido tachado de agorero y alienado. ¿Es lo que nos tocó en suerte o lo que nos buscamos? En cualquier caso, tal vez hay en lo acontecido algo bueno que aprender: una contundente lección de republicanismo y liberalismo político, que consciente o inconscientemente el gobierno de Cristina se dedicó en este tiempo a impartir, mientras parecía estar haciendo otra cosa.

Recordemos que poco más de un año atrás, en las postrimerías de la campaña presidencial, varios grupos opositores hicieron un agónico intento de refrenar el aluvión de votos cristinistas que se veía venir y acuñaron un argumento desesperado a favor del equilibrio republicano que rezaba más o menos así: “no le den todo el poder a una sola persona, al menos voten a nuestros legisladores”. No muchos les hicieron caso y Cristina obtuvo, además de 54% para su reelección, amplias mayorías legislativas.  La experiencia de un parlamento opositor que se había trabado en peleas interminables con el oficialismo y no había logrado convencer al Ejecutivo de negociar ni ceder en nada, ni tampoco había aprobado más que un par de leyes (que encima terminaron siendo vetadas) seguramente pesó en esa masiva preferencia por la concentración del mando. “Que gobierne uno solo y resuelva los problemas a voluntad” pareció ser el mensaje de las urnas.

Cristina y sus seguidores habían concebido una eficaz lección sobre las desventajas del gobierno dividido, empantanando durante dos largos años el funcionamiento del Congreso. Así que cuando cosecharon su siembra, les tomaron la palabra a los votantes y se lanzaron a resolver los problemas tal como los entendían, como fruto de la intervención de actores y factores que aun no habían podido someter a su voluntad.

Así fue que se abocaron a domesticar o desplazar a jefes distritales desafiantes o demasiado autónomos, fracturar a los grupos de interés comprometidos con reclamos que no estaba en sus planes atender, y debilitar lo más posible a los medios independientes que aun subsistían. Pero los resultados alcanzados en todos esos terrenos han sido decepcionantes, tan decepcionantes que cuesta pensar que no haya influido una secreta intencionalidad en que así fuera.

Porque no sólo sucedió que todos y cada uno de los adversarios que se pretendió “sacar de la cancha” sobrevivieron a los embates. Sino que los ataques por ellos padecidos los relegitimaron ante la sociedad, en una (¿involuntaria?) seguidilla de lecciones sobre la importancia del pluralismo, la independencia de los poderes, las libertades individuales y el respeto de la ley, que de haber sido planificada en un reducto opositor no hubiera tenido ni de cerca semejante eficacia.

Cuando ya los gobernadores de casi todo el país nos tenían convencidos de que el unitarismo fiscal era la mejor solución para nuestros problemas de distribución de recursos, y ellos como mandatarios locales no tenían por qué meterse en política nacional, ni en política alguna, porque habían sido electos para sonreír, aplaudir y cobrar, intervino el gobierno nacional para despertarnos del ensueño: apretándoles el pescuezo hasta el nivel de la asfixia logró que Scioli, De la Sota, Peralta y el propio Macri se acordaran del federalismo, de su legitimidad electoral y de que tenían trabajo que hacer.

Algo parecido sucedió con Moyano, Barrionuevo, Micheli y De Mendiguren: presionados por CGEs, charters a Angola, CGTs sumisas y demás invenciones oficiales han sentido finalmente la necesidad de señalar que hay problemas de inflación, de competitividad, de impuestos distorsivos y de falta de coherencia en la política económica, que no se pueden seguir ignorando por más que la soja siga volando y el mundo esté demasiado atento a sus asuntos como para castigar nuestros desbarajustes.

En cuanto a los medios de comunicación, es indudable que la parodia de información que se esmeran en ofrecer los canales oficiales y paraoficiales, graficada como nunca en la cobertura de las jornadas de protesta de los últimos meses, ha hecho más por ilustrar a la sociedad argentina sobre la necesidad de que existan grandes empresas privadas en el sector, capaces de defender su autonomía económica y política frente al poder gubernamental, que todas las tapas críticas que pudo pergeñar Clarín, todos los spots explicativos sobre las arbitrariedades de la ley de medios y todas las denuncias de chavización lanzadas por organismos internacionales.

Finalmente, ¿qué otra cosa que incentivos a la participación y la movilización han sido los discursos gubernamentales, las alocuciones de la presidente sobre la clase media derechista y racista, los jubilados quejosos, los jueces también quejosos y la campaña mundial contra el país y su gobierno?

Habrá que reconocerlo entonces: parece que Cristina, Moreno y Kicillof han resultado ser promotores de la democracia liberal más sacrificados y eficaces que muchos de sus adversarios. Y puede que logren finalmente lo que nadie antes, educarnos en los principios de una auténtica ciudadanía. A ver si antes de que se cumplan tres décadas de democracia aprendemos la lección.

 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).