Artículos / Opinión
Carlos Malamud

Chile y sus fantasmas

Chile no ha curado totalmente sus heridas, que han sido muy traumáticas y profundas, aunque va camino de hacerlo. La alternancia en el poder y la vigencia de un marco amplio de libertades democráticas facilitan la reconciliación y ayudan a exorcizar a los fantasmas del pasado. El sistema político chileno, pese a sus imperfecciones, es la mejor garantía de ello.

Por Carlos Malamud
Twitter: @CarlosMalamud
10 de septiembre de 2013
 

(Infolatam) El 11 de septiembre se cumplen 40 años del golpe de estado de los militares chilenos contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Con este motivo se han promovido diversas iniciativas, destinadas unas a aprovechar el eco mediático del festejo y otras a profundizar en la revisión y crítica del pasado. Resulta difícil establecer una clara frontera entre ambas ya que muchas se ubican, de hecho, en los dos campos.

Entre las primeras encontramos numerosas publicaciones, junto a documentales, reportajes y artículos periodísticos de todo tipo. Peter Kornbluh, por ejemplo, saca una reedición ampliada de Pinochet. Los archivos secretos, cuyo principal y casi único objetivo es denunciar la implicación de Estados Unidos en el golpe militar de 1973.

Entre las segundas, algunas reflexiones novedosas como la de la Asociación Nacional de Magistrados del Poder Judicial de Chile, que ha pedido perdón por las “omisiones impropias de su función” durante la dictadura del general Pinochet. A ésta la califica como “un oscuro pasado”, asumiendo que el poder judicial pudo y debió hacer más en favor de los derechos humanos en lugar de la inacción que lo caracterizó durante mucho tiempo.

A medio camino quedan muchas preguntas sin respuestas junto a percepciones difusas de este proceso histórico y su evolución reciente. ¿Qué ha cambiado y cuánto?¿Se ha mejorado y cómo? Una de las cuestiones más debatidas estos días es si Chile ha cerrado sus heridas o si ha podido reconciliar un cuerpo social enfrentado desde hace cuatro décadas en un conflicto que parece inacabable. En realidad, el juicio formulado depende de múltiples consideraciones, primando finalmente las circunstancias personales.

En esto, las respuestas estarán condicionadas por la ubicación de los actores en el momento de la tragedia y su evolución posterior. Carlos Cáceres, ex ministro de Hacienda (1983) y de Interior (1988 – 1989) de Pinochet, si bien reconoce la existencia de atentados contra los derechos humanos durante el “gobierno militar” (que no dictadura), también reivindica importantes éxitos, especialmente económicos. Su lectura contrasta con la de los jueces, o con tantas otras, especialmente de las víctimas y sus familiares, que siguen reclamando justicia.

El libro de Kornbluh trata de demostrar mediante documentos oficiales norteamericanos la forma obsesiva en que buena parte de la Administración Nixon, comenzando por el presidente y siguiendo por Henry Kissinger y la CIA, quería acabar con Allende. En realidad, de haber dependido de ellos, Allende nunca habría sido elegido presidente, algo que intentaron en distintos momentos y de diferentes maneras, inclusive con sonados fracasos.

Si finalmente hubo un golpe se debió a la determinación de los militares chilenos junto al respaldo tácito o explícito de una parte importante de la sociedad de su país. A la hora de buscar a los verdaderos implicados es allí donde hay que mirar, ya que por acción u omisión casi todos fueron responsables de lo ocurrido, aunque evidentemente unos más que otros. No se trata de descargar de responsabilidad a Nixon y los suyos, que la tuvieron, sino de colocar a cada uno en su sitio.

Desde esta perspectiva quiero rescatar uno de los artículos más llamativos que he leído en estos días sobre el golpe de Pinochet: “Los terceros”, de Carlos Franz. El autor dedica su reflexión a quienes, como su madre, apoyaron el golpe y luego lo lamentaron durante toda su vida. El título, los terceros, alude a la posición en la que quedó el candidato demócrata cristiano en las elecciones presidenciales de 1970.

Los votantes de la Democracia Cristiana, hoy bastante mermados, intentaban situarse en el centro y sumaban entonces un tercio del electorado, una cantidad similar a la que tenían la derecha y la izquierda. Sin embargo, tras el triunfo de la Unidad Popular les fue difícil mantener su sitio y la mayoría fue presa de la polarización propia de aquellos años. Unos se sumaron al gobierno de Allende y apoyaron su gestión, mientras otros se unieron a sus críticos más feroces, respaldando cualquier intento desestabilizador.

Cuenta Franz que “En los meses y años siguientes [al golpe], en lo hondo de la dictadura, con la pobreza generalizada que también nos afectó y los rumores de crímenes que empezaban a filtrarse, mi madre volvió a la necesidad del equilibrio y la condena del exceso. Protestó a su modo, diciéndonos que primero había ganado la izquierda y ahora la derecha. Pero que los centristas, los moderados, llevaban demasiado tiempo perdiendo”.

Si algo muestra la experiencia chilena es lo funesto que resulta para el futuro de un país y la convivencia social la utilización de la crispación y la polarización con fines políticos. Algo similar ocurrió tras la caída de Perón en 1955. La sociedad argentina necesitó el paso de dos o tres generaciones para que las cosas comenzaran a normalizarse, hasta que la llegada del kirchnerismo al poder supuso una vuelta a las andadas.

En otros países latinoamericanos, como Venezuela, Bolivia o Ecuador, ocurren situaciones semejantes. El problema no está en que la lucha política sea dura. El problema emerge cuando los de un bando criminalizan al otro y las familias o los grupos de amigos se dividen de forma irreconciliable. De este modo, se termina favoreciendo como en el Chile de Allende un clima previo a una guerra civil con todas sus implicaciones.

Chile no ha curado totalmente sus heridas, que han sido muy traumáticas y profundas, aunque va camino de hacerlo. La alternancia en el poder y la vigencia de un marco amplio de libertades democráticas facilitan la reconciliación y ayudan a exorcizar a los fantasmas del pasado. El sistema político chileno, pese a sus imperfecciones, es la mejor garantía de ello.

Fuente: Infolatam (Madrid, España)

 
Acerca del autor
Carlos Malamud
Carlos Malamud
Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
Twitter: @CarlosMalamud