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Carlos Malamud

La extravagante descolonización boliviana

(Infolatam) Con ocasión de los bicentenarios de las independencias, Colón y los procesos de descubrimiento, conquista y colonización se convirtieron en diana de los ataques populistas. Pero para su desgracia, de no haber sido Colón, era irremediable que no mucho después de 1492 acabara el dorado aislamiento en que vivían las sociedades que poblaban aquellas tierras, aunque el discurso dominante haya apelado a la glorificación de unas sociedades que eran tan guerreras y brutales como cualquier otra de Europa, Asia o África.

Por Carlos Malamud
Twitter: @CarlosMalamud
11 de julio de 2014
 

(Infolatam) Entre las novísimas “revoluciones” latinoamericanas, como la bolivariana en Venezuela o la ciudadana en Ecuador, destaca por el conjunto y la profundidad de sus reivindicaciones la llamada revolución multiétnica o plurinacional boliviana. El MAS (Movimiento al Socialismo) de Evo Morales se propuso impulsar una profunda y legítima transformación del país que permitiera recuperar la dignidad de indígenas y campesinos tradicionalmente preteridos y explotados.

Esta transformación ha sido acompañada de la idea de descolonización, un concepto algo confuso pero que teóricamente quiere acabar con las estructuras coloniales y neocoloniales aún vigentes, que condicionan las relaciones sociales y de poder. Incluso se creó un viceministerio ad hoc dependiente del ministerio de Culturas y Turismo.

Según la web oficial del viceministerio, uno de sus principales objetivos es fortalecer “nuestra identidad cultural” a la vez que se insiste en la “reivindicación marítima” de Bolivia. Pese a que este viceministerio debería ser el eje de las políticas públicas destinadas a poner en valor las culturas e identidades indígenas, buena parte de su esfuerzo se dilapida en actos folklóricos y de propaganda “bolivariana”, como la presencia de un grupo musical zapatista en distintas localidades del país.

El esfuerzo de sus autoridades no puede evitar la tensión constante entre la promoción de las culturas indígenas y el nacionalismo boliviano. La defensa de este último se observa en la demanda contra Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Por eso se habla de “nuestra identidad cultural”, la boliviana, y no de nuestras identidades, las de las distintas etnias o nacionalidades indígenas. E igualmente, y por el mismo motivo, se reivindica la salida al mar de Bolivia como una de las grandes reivindicaciones patrias.

La agenda política y la necesidad de movilizar a las bases partidarias llevan a agitar con cierta frecuencia el fantasma de la colonización. Las elecciones presidenciales del próximo octubre son otra oportunidad. De ahí que con cierta frecuencia la descolonización genere extravagantes titulares de prensa. Pero no sólo para la denominada visión occidental o europea, sino también para los propios bolivianos, incluyendo aquellos a los que la constitución del MAS proclama como “pueblos originarios”.

Coincidiendo con la celebración de la Cumbre 77 + 1 (China) en Bolivia, el gobierno de Morales sorprendió al mundo con un reloj de nuevo diseño, con manecillas que giran a la izquierda y los números ubicados en el sentido inverso del cuadrante. Uno de los mayores defensores del invento fue David Choquehuanca, ministro de Exteriores y uno de los mayores descolonizadores del gobierno, que en su momento se vanaglorió de no leer libros ya que su sabiduría provenía de la lectura de las arrugas de sus antepasados.

Esta vez dio una clase de ciencia y tecnología originaria: “Estamos en el sur y, como estamos en tiempos de recuperar nuestra identidad, el gobierno boliviano está recuperando nuestro sarawi, que significa camino (en aimara). De acuerdo a nuestro sarawi, de acuerdo a nuestro Nan (en quechua), nuestros relojes deberían girar a la izquierda”. Pero no explicó por qué se sustituyeron los números romanos que adornaban el reloj de la Asamblea Legislativa por otros arábigos, ni el mayor o menor contenido colonial de ambos. Tampoco aclaró la vinculación chilena con la colonización y explotación europeas.

Posteriormente Evo Morales saltó a la palestra y en su mejor versión pidió acabar con todas las plazas y referencias dedicadas a Cristóbal Colón: “Todavía en algunas ciudades tenemos plaza Colón. ¿Cómo puede ser plaza Colón? (Él era un) invasor, saqueador que nos ha traído otra forma de vivencia, saquearnos para dejarnos en la pobreza”. A partir de repetir una idea frecuente insistió en otro concepto del discurso de ciertos gobiernos latinoamericanos que instan a revisar la historia: “Siento que hay que revisar parte de nuestra historia, la geografía y recuperar los nombres”.

Los gestos de Morales no son un hecho aislado. Recuerdan la orden de Chávez de retirar la “estatua vieja y horrible” de Colón en Caracas: “Cristóbal Colón fue el jefe de una invasión que produjo no una matanza sino un genocidio”. También lo ocurrido en Buenos Aires con una estatua similar emplazada detrás de la Casa Rosada. Cristina Fernández obligó a desmontar el obsequio de la comunidad italiana en el primer centenario de la independencia argentina con los manidos argumentos que vinculan el descubrimiento al inicio de la violencia y la explotación en América y con las múltiples formas de colonialismo e imperialismo, en un viaje sin retorno de Colón a los ingleses y las Malvinas.

Con ocasión de los bicentenarios de las independencias, Colón y los procesos de descubrimiento, conquista y colonización se convirtieron en diana de los ataques populistas. Pero para su desgracia, de no haber sido Colón, era irremediable que no mucho después de 1492 acabara el dorado aislamiento en que vivían las sociedades que poblaban aquellas tierras, aunque el discurso dominante haya apelado a la glorificación de unas sociedades que eran tan guerreras y brutales como cualquier otra de Europa, Asia o África.

Lo lamentable de la prédica descolonizadora es su intento de falsificar el pasado para construir o reconstruir un paraíso inexistente. No es con extravagancias como la de un reloj que marcha a contramano de la historia como los indígenas bolivianos van a recuperar su identidad. Hay otras maneras mejores de hacerlo, al no ser identidad y modernidad conceptos antagónicos y excluyentes. En la sociedad global en que vivimos los integrismos, todos ellos, se proclaman con el derecho suficiente a elegir qué parte del pasado es teleológicamente esencial e inmodificable y qué parte de la tecnología moderna (como los teléfonos móviles o Internet) es compatible con sus creencias puras y ancestrales.

Fuente: Infolatam (Madrid, España)

 
Acerca del autor
Carlos Malamud
Carlos Malamud
Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
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