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Artículos / Opinión
Luis Alberto Romero
Cristina: la primera línea de combate es a la vez la última
Por Luis Alberto Romero
18 de julio de 2012
(Clarín/Argentina) Las fantasías, como las banderas, tienen una capacidad movilizadora extraordinaria, y el kirchnerismo ha sacado un buen partido de ellas. Pero hasta los mitos necesitan anclar en algo más o menos verosímil. La dura realidad puede ser transformada por el discurso, pero sólo hasta cierto punto. Es aquí donde la Presidenta libra una batalla en la primera trinchera. Sabe que lo verdaderamente destituyente es la desilusión, y quiere cortarla de raíz.
 

(Clarín/Argentina) Qué es lo que lleva a una Presidenta a fulminar simultáneamente, desde la cadena nacional, al primer gobernador argentino y a un modesto agente inmobiliario? ¿Por qué quien detenta una porción significativa del poder público se siente obligada a librar cada semana una batalla discursiva en la que parece jugarse el éxito o el fracaso ? Isaías Deutscher, fino historiador, biógrafo de Trotsky y de Stalin, hizo una sugerente reflexión acerca de la burocracia soviética, y su represiva intolerancia, que se extendió durante muchas décadas hasta el más humilde e incógnito disidente.

Son intransigentes -decía- porque para ellos la primera línea de combate es a la vez la última.

Detrás de la dura costra autoritaria no hay reaseguros; no queda nada.

En esa línea, Antonio Gramsci explicó que en las democracias capitalistas el poder no reside en el palacio de gobierno sino en innumerables trincheras , dispersas en la sociedad: en la propiedad, la opinión, la organización civil. Y que la lucha se desarrollaba en un número infinito de batallas .

La Argentina no tiene nada que ver con la ex Unión Soviética, pero tampoco se parece mucho a una democracia capitalista avanzada. Pero sugerencias inteligentes ayudan a pensar. Este gobierno parece a veces a punto de tomar el poder, a “ir por todo”; pero últimamente parece sentirse encerrado en una ciudadela sitiada.

En ninguno de los dos casos acepta treguas, diálogo o concesiones.

Todo o nada.

Algo que parece difícil de entender, y es bastante desastroso para la convivencia cotidiana. Pero que tiene su lógica.

La Presidenta libra dos batallas simultáneas: una contra los desafectos de su núcleo y otra contra los enemigos que su discurso crea . En el primer caso, conoce el paño. De sus partidarios no tolera ni crítica ni independencia. Hace bien en no confiar en quienes proclaman su lealtad, que no suelen practicarla mucho. La Presidenta percibe que una grieta en la muralla de la fortaleza puede iniciar un derrumbe en cadena.

Cada vez más es más problemático imponer la disciplina a capitanes y tenientes que dudan entre mantenerse en el barco o abandonarlo. Quizá por eso sus métodos se han radicalizado.

Antes le bastaba con el discreto ahogo financiero; ahora le ha sumado la denostación pública . Como la burocracia soviética, adivina que su primera línea es también la última.

Su segunda batalla se libra en el ámbito del discurso público, el famoso relato. Su función en el armado del poder kirchnerista fue importante.

Una buena ficción ha logrado que sus seguidores y votantes suspendan la incredulidad y vean el país a través de los ojos de los Kirchner . No son todos iguales. Hay quienes tienen poca capacidad analítica y sólo ven la foto del día. Disfrutaron de los buenos tiempos de la soja y la caja, y ahora se desconciertan con las dificultades. No han retirado su confianza, pero considerarían otra propuesta. Pechos fríos. Están también aquellos que Gaetano Mosca llamó, en tiempos de Mussolini, “cínicos aprovechadores”; tienen una mirada más amplia y comprensiva, pero también muchas y buenas razones para aceptar y reproducir el discurso. Y para renegar de todo más rápido que nadie.

Pero el relato presidencial no se dirige tanto al costado práctico de sus receptores sino al fantasioso . A principios del siglo XX, Sorel, Le Bon y muchos otros revelaron el secreto de la política de masas: a la gente le gustan los relatos míticos, que explican, tranquilizan e identifican . Satisfacen la necesidad de creer, de pertenecer a una causa, de protagonizar una hazaña, de derrotar a un enemigo.

Las fantasías, como las banderas, tienen una capacidad movilizadora extraordinaria, y el kirchnerismo ha sacado un buen partido de ellas. Pero hasta los mitos necesitan anclar en algo más o menos verosímil . La dura realidad puede ser transformada por el discurso, pero sólo hasta cierto punto. Es aquí donde la Presidenta libra una batalla en la primera trinchera.

Sabe que lo verdaderamente destituyente es la desilusión, y quiere cortarla de raíz.

Para su desdicha, el modelo no sólo prometió un futuro mejor sino un presente pródigo, con crecimiento e inclusión. La burocracia soviética tuvo la precaución de distanciar ese futuro y hablar de la generación sacrificada. Pero la Presidenta tiene que mostrar que ya se está realizando, que todo funciona bien y funcionará mejor. Y para eso es necesario aniquilar cualquier significado adverso que pueda surgir de las circunstancias cotidianas.

El INDEC suministraba evidencias que sembraban dudas, y fue arrasado. En estos días, el agente inmobiliario que testimonió algo que todos saben fue doblemente fulminado, por la AFIP y por la palabra presidencial en cadena. Un recurso que puede parecer desproporcionado, pero no lo es.

La Presidenta, con poco menos que la suma del poder, se comporta como si estuviera en una ciudadela sitiada.

Vigila quién puede traicionarla y desconfía sobre todo de quien le hable de tregua. No puede negociar, ni discutir siquiera. Es inútil que la gente de buena voluntad se lo reclame. Necesita aniquilar cada día a su enemigo -con la caja o la palabra- y está convencida de que el día en que no pueda hacerlo todo comenzará a derrumbarse . Dadas sus premisas, su conducta es la de un actor racional. Nuestro problema es no saber cuál debería ser nuestra propia elección racional.

Fuente: Diario Clarín (Buenos Aires, Argentina)