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Haroldo Dilla Alfonso

¿Existe la Revolución Cubana?

Las revoluciones mueren mucho antes de lo que sus líderes y herederos argumentan, pero como persisten en discursos e imaginarios, sus fantasmas siguen merodeando las vidas cotidianas. La cubana no solo merodea, sino que aparece con una insistencia enfermiza, lo que nos lleva a preguntarnos sobre la longevidad real de este fenómeno, o, si se quiere, sobre cuando terminó la revolución cubana.

Por Haroldo Dilla Alfonso
Twitter: @haroldodilla
16 de enero de 2019
 

Desde los noventa, cuando Cuba parecía hundirse en un terrible caos económico, se ha escrito al menos una decena de libros de crónicas –libros de viajeros que descubren algo y lo describen sutilmente- sobre el final de lo que llaman la Revolución Cubana. Posiblemente el primero –un auténtico burlesque farandulero titulado “La hora final de Castro”- estuvo a cargo de Andrés Oppenheimer, y el último que he conocido –y que no he leído- ha estado a cargo de un intelectual chileno, Patricio Fernández, y se titula “Cuba: Viaje al fin de la revolución”. Lo que une a la mayoría de estos libros ha sido la apreciación –desde mi punto de vista errada- de identificar al régimen político con la revolución, es decir, el producto con el proceso. Y en consecuencia, hablar de ambos en presente, lo que considero un grave problema conceptual y práctico, pues la Revolución Cubana no existe desde hace décadas, y sería un sinsentido identificar algunos de sus escombros como el hecho en sí. Es un tema que cobra relieve en estos días, cuando al arribar a los 60 años del triunfo de la insurrección capitaneada por Fidel Castro, algunos celebran eufóricos la ocurrencia, otros la  lamentan apesadumbrados, mientras que otros muchos se enteran ahora de que algo así ocurrió cuando aún no habían nacido.  

Las revoluciones –no importa sus signos- son hechos de aspiraciones transcendentales, y por ello, y porque sus élites lo requieren para consolidar sus nuevos órdenes, se consideran a sí mismas de muy larga duración. Los mexicanos, por ejemplo, siguieron refiriendo a la revolución su régimen corporativo –corrupto y represivo- por más de 80 años. Y solo cambiaron el tono cuando el Partido Revolucionario Institucional perdió el poder y el ríspido NAFTA golpeó a toda la sociedad. Y los militares bolivianos que persiguieron y asesinaron al Che Guevara, lo hicieron argumentando el élan vital de una revolución que había estallado un cuarto de siglo antes y terminó desangrada a los pies del FMI a mediados de los cincuenta.

Pero, aconsejaba Marx, no se puede creer a los actores históricos por sus palabras. Las revoluciones mueren mucho antes de lo que sus líderes y herederos argumentan, pero como persisten en discursos e imaginarios, sus fantasmas siguen merodeando las vidas cotidianas. La cubana no solo merodea, sino que aparece con una insistencia enfermiza, lo que nos lleva a preguntarnos sobre la longevidad real de este fenómeno, o, si se quiere, sobre cuando terminó la revolución cubana.

Una primera respuesta –a la que siempre me he adherido- remite ese final a la culminación de los cambios que animaron a sus huestes a asaltar el cielo. Y si es así, 1965 parece una buena frontera. Entonces había sido destruida la dictadura precedente, se habían producido las principales medidas redistributivas, se había consolidado el estado nacional frente a la injerencia norteamericana, y, en consecuencia, no es casual que justo en 1965 se produjo un primer amago de institucionalización. Pero ocurre que los años posteriores fueron de una efervescencia voluntarista (el voluntarismo es condimento de toda revolución) que se fue desvaneciendo en la primera mitad de los setenta ante repetidos fracasos económicos y de los focos guerrilleros latinoamericanos. Al comenzar los setenta los líderes cubanos solo tenían a la mano al nacionalismo militar y a la experiencia socialista republicana de Chile, nada de lo cual tenía que ver con el foquismo castrista. Y en economía, solo les quedaba un recurso con un grave precio a pagar: el subsidio soviético.

Optaron por este último, recibieron cuantiosos recursos, modelaron un régimen totalitario sin fisuras y proclamaron en 1976 una constitución calcada de la que Stalin promulgó cuarenta años antes. Muchos opinan –con sobradas razones- que este viraje tan parco en atractivos revolucionarios fue el verdadero final. Pero habría que reconocer que fue desde entonces y por varios lustros, que Cuba experimentó los mayores logros sociales –salud, educación, seguridad social, virtual eliminación de la pobreza, pleno empleo- por lo que evaluando el asunto por sus resultados, la revolución –opinan otros observadores- revivió en esta utopía subsidiada.

Cuando en 1990 se desmoronaron los apoyos externos, la economía cubana sufrió una reducción del 40% en un trienio y la sociedad vivió uno de los momentos de empobrecimiento más brutal del continente. Los cubanos, que habían estado emigrando a Estados Unidos desde los sesenta, arremetieron con más bríos que nunca y la isla comenzó a mostrar indicadores absolutos de despoblamiento. El bloqueo/embargo se hizo sentir con más fuerza y devino un argumento central de un discurso que apelaba a la resistencia numantina y localizaba en el fetiche de la revolución la clave de la salvación del país. Los dirigentes cubanos moldearon su discurso de tal manera que convirtieron el estropicio nacional que habían creado en fuente de virtud revolucionaria.

La revolución había vuelto, parecía decirnos la imagen de un Fidel Castro envejecido pero revitalizado por una alianza combativa de gobiernos izquierdistas encabezados por un líder populista decidido a consumar la revolución continental y con dinero suficiente para pagar por ello. Pero la biología manda. Fidel Castro tuvo que retirarse a un camastro de convaleciente, donde terminó sus días divagando sobre temas devaluados, y Chávez murió poco antes de que su proyecto comenzara a hacer agua según bajaban los precios del petróleo.

Con el retiro de su fundador, la alegoría revolucionaria perdió su última reserva de glamour. Su sucesor, Raúl Castro, siempre había sido un excelente hermano menor, y ahora, aunque sin hermano, seguía siendo menor. Ya no hay epopeyas internacionales, ni olimpiadas casi ganadas, ni discursos transcendentales, ni carisma. Los cambios que se hacen van dirigidos a abrir espacios a la economía privada en beneficio de la élite postrevolucionaria y sus herederos y los logros históricos son cada vez más puestos en duda por una economía que no crece. Tampoco la política internacional persigue metas superiores, sino a duras penas créditos condicionados y alianzas políticas de dudosa solvencia moral que, como en los setenta vuelven a colocar al país en torno a la órbita rusa. 

Hoy Cuba es un país sin solvencia económica, en proceso de despoblamiento –sus generosos recursos humanos enriquecen a los países receptores-, sin democracia política, con un repertorio magro de libertades y retrasado en términos valóricos. Sin cambios estructurales, ni logros sociales, ni glamour, es difícil seguir imaginando la existencia de algo llamado Revolución Cubana. Pero no imposible, y –contra todo razonamiento fundamentado- muchas personas seguirán invocando a una revolución viva que supuestamente ofrece un futuro.

Unos lo harán por conveniencia. Otros, por autocompasión. Y otros, finalmente, por inercia.

 
Acerca del autor
Haroldo Dilla Alfonso
Haroldo Dilla Alfonso
(La Habana,1952) es historiador y doctor en ciencias, mención sociología, del InstitutoPolitécnico Federal de Lausana. Fueinvestigador del Centro de Estudiossobre América, en La Habana. Actualmente es Director de la OficinaInstituto de Estudios Internacionalesen Santiago de Chile de la Universidad Arturo Prat.
Twitter: @haroldodilla