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Aleardo F. Laría
El chivo expiatorio
Por Aleardo F. Laría
Twitter: @aleardol
27 de enero de 2013
(Diario Río Negro) Un intento tan burdo de derivar la responsabilidad hacia actores demasiado etéreos no resultó satisfactorio para la presidenta Cristina Fernández, que prefirió descargar las culpas sobre la maciza figura del intendente barilochense. Como es sabido, una vez que en nuestra reluciente monarquía presidencial la reina se ha pronunciado, para quienes ejercen con resignada satisfacción el rol de súbditos no queda otra alternativa que hacer cumplir acabadamente el deseo real.
 

(Diario Río Negro) A mediados del siglo XIV, Europa se vio asolada por una epidemia de peste bubónica que acabó con un tercio de su población. A pesar de que el papa Clemente VI sugirió que todo era consecuencia de un castigo divino por el aumento inusitado de los pecados cometidos, la mayoría de la población se dejó ganar por otra explicación: la plaga era el resultado de una acción deliberada de los judíos, que querían envenenar a la cristiandad. Desde entonces, la atribución de cualquier calamidad a la acción de brujas, judíos, masones o marxistas ha resultado un recurso muy tentador, aprovechado por quienes han querido desviar la responsabilidad por los propios errores cometidos.

Existen múltiples interpretaciones sobre las causas que están detrás de este reiterado fenómeno, algunas expuestas en el ensayo de René Girard "El chivo expiatorio" (Editorial Anagrama). Una de las explicaciones es que, frente a fenómenos incontrolados o imprevistos, atribuirlos a la acción deliberada de ciertas personas proporciona una sensación de tranquilidad: se confía en que reduciendo a sus autores se va a conseguir neutralizar sus efectos. Otros lo consideran un simple resabio de ancestrales prejuicios religiosos, considerando que el término "expiar" resume el propósito de purificar las culpas por medio de algún sacrificio.

Cualquiera que sea la funcionalidad que se atribuya a la búsqueda de chivos expiatorios, lo cierto es que su uso se ha intensificado con el rejuvenecimiento que han experimentado los movimientos populistas en América Latina desde que Hugo Chávez se hiciera con el poder en Venezuela. Hace pocos días el vicepresidente Nicolás Maduro poco menos que atribuía las dolencias de su líder a las informaciones que sobre el estado de salud de Chávez había venido suministrando el diario español "ABC". Y, en la Argentina, ya nos hemos acostumbrado a atribuir a "la cadena del miedo y el desánimo" la responsabilidad de los graves problemas actuales que afronta nuestra economía.

En este clima de asignación obsesiva de responsabilidad a terceros es comprensible que se buscara aceleradamente un responsable de los saqueos que el 20 de diciembre tuvieron lugar en Bariloche. En la confusión de los primeros días, los bizarros ministros del Ejecutivo provincial ofrecieron una conferencia de prensa en la que señalaron que estábamos ante "un concurso de acciones de carácter político y conspirativo", insinuando que parte de la responsabilidad le correspondía al Grupo Clarín que había "plantado una cámara en el lugar" antes de que comenzaran los incidentes.

Un intento tan burdo de derivar la responsabilidad hacia actores demasiado etéreos no resultó satisfactorio para la presidenta Cristina Fernández, que prefirió descargar las culpas sobre la maciza figura del intendente barilochense. Omar Goye, además de ser "gordo", parecía un blanco oportuno para que Cristina tomara nuevas distancias del "impresentable" pejotismo tradicional. Como es sabido, una vez que en nuestra reluciente monarquía presidencial la reina se ha pronunciado, para quienes ejercen con resignada satisfacción el rol de súbditos no queda otra alternativa que hacer cumplir acabadamente el deseo real.

Quienes observan a la distancia este delicado juego florentino tan propio del peronismo no pueden menos que tomar prudente distancia tanto del suspendido intendente como de los sutiles métodos utilizados para desplazarlo. Goye no ha sido más que un disciplinado alumno de un estilo de gestión municipal que se lleva a cabo en miles de municipios controlados por el Frente para la Victoria. Y los siete pecados capitales invocados para destituirlo tienen la fuerza argumentativa de que gozan todos los argumentos de circunstancias, cuando nadie ignora que detrás opera simplemente el pulgar invertido del absolutismo presidencial que nos domina.

Como el propio Goye se encargó de decir en un rapto de honestidad –y allí puso precio a su cabeza–, lo que los acontecimientos de Bariloche revelan es el fracaso de una metodología asistencialista basada en el empoderamiento de punteros que asumen la representación "sindical" de los marginados y excluidos. Estos individuos adoptan una metodología extorsiva, amenazando con cortes de calle o asalto a supermercados porque no tienen la posibilidad de hacer huelgas como los sindicatos tradicionales. Esta nueva cultura del apriete ha tomado carta de naturaleza desde que fue legitimada por Néstor Kirchner en el conflicto de las pasteras con Uruguay o en los escraches a la Shell realizados tras el llamado presidencial al boicot contra el aumento en los precios de los combustibles.

La presencia de un extenso sistema clientelar cautivo ha sido primorosamente cultivado a lo ancho y a lo largo de la República por el Frente para la Victoria en estos casi diez años de gobierno. De modo que, si uno quisiera buscar a los responsables políticos de este armado oportunista, no tendría más que dirigir la mirada a la extensa trama de poder que se teje desde la Casa Rosada. Nada nuevo ni nada que deba sorprendernos. El asistencialismo, cuando deja de ser una medida transitoria dirigida a cubrir situaciones de emergencia, se convierte en un sistema consolidado de toma y daca: "dame vales a cambio de votos", con el riesgo de que en estos tironeos un impulso demasiado violento de la cuerda pueda llevar a arrojar por los suelos a uno de los participantes.

Como es notorio, ningún acto de expiación ha permitido jamás solucionar ningún problema. Sirven sólo para distraer la atención por un momento hasta que, llevados por su propia dinámica, los problemas afloran nuevamente. Desmontar el portentoso sistema clientelar armado por el kirchnerismo es una tarea titánica que demandará enormes esfuerzos al ministro Paillalef, quien acaba de anunciar su intención de "producir el cambio cultural asistencial y transformarlo en un auténtico sistema de generación de empleo".

A confesión de parte, relevo de prueba. Las palabras del ministro confirman la metodología inconsistente con la que ha venido abordando el gobierno la cuestión social, improvisando soluciones para resolver los problemas en el corto plazo sin medir las consecuencias que tendrán en el largo plazo. Es una de las contradicciones que se atribuyen al populismo: aspira al poder eterno, pero gobierna como si fuera a dejarlo pasado mañana.

Fuente: (Diario Río Negro)

 
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Acerca del autor
Aleardo F. Laría
Aleardo F. Laría
Aleardo F. Laría es abogado y periodista.
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