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Sergio Fausto

La integración regional de Brasil: hora de revisar los errores y corregir el rumbo

(Infolatam) Brasil no necesita reproducir el modelo de inserción externa adoptado por países como Chile, Perú, Colombia y México. Pero no puede ignorar el hecho de que la opción por un modelo ALCA plus Asia, con múltiples tratados de libre comercio, mayor apertura de las economías, mayor protagonismo del sector privado y una menor discrecionalidad gubernamental viene produciendo resultados consistentemente superiores a los obtenidos por la opción por un modelo Mercosur menos ALCA.

Por Sergio Fausto
9 de mayo de 2013
 

(Infolatam) Cuando en 2005, Hugo Chávez, Nestor Kirchner y Diego Maradona dieron muerte al ALCA, en un encuentro paralelo a la 4º Cumbre de las Américas en Mar del Plata, Brasil observó a la distancia, pero con satisfacción. Era lo que el gobierno brasileño quería. En la óptica de la política Sur-Sur, el ALCA era anatema. Representaría un proyecto de anexión a la economía americana. La integración que correspondería a los intereses nacionales brasileños sería esencialmente suramericana, asentada en el eje Brasil, Argentina y Venezuela, en este orden.

Esa premisa llevó el gobierno brasileño a establecer relaciones especiales con Buenos Aires y Caracas. En la larga controversia diplomática entre Argentina y Uruguay en torno a la instalación de industrias de papel y celulosa en el margen uruguayo del río que divide los dos países, Brasil se lavó las manos. Ni el bloqueo sistemático de puentes sobre el río Uruguay por manifestantes argentinos ni las solicitudes del entonces presidente Tabaré Vázquez, temeroso de una escalada del conflicto, convencieron a Brasilia a asumir la mediación de la discordia, que acabó resuelta en la Corte Internacional de La Haya, en favor de Uruguay, en 2010.

En relación a Venezuela, el gobierno brasileño se esmeró en la política de medir las cosas con diferente rasero. Fue blando con Chávez ante evidencias del apoyo de su gobierno a las FARC y duro con Colombia, como debería ser, cuando aviones colombianos bombardearon un campamento de la guerrilla en Ecuador, en 2008. No dijo una palabra sobre el creciente autoritarismo del “socialismo del siglo XXI”, pero, invocando la cláusula democrática del Mercosur, fue implacable en el apoyo a la punición a Paraguay, cuando, en 2012, el Senado de aquel país votó el impeachment de Fernando Lugo. Siguió la incorporación de Venezuela al Mercosur, que se procesó de manera atípica y se consumó de modo arbitrario.

En su forma actual, el Mercosur refleja la preferencia del gobierno brasileño, desde Lula, y sobre todo con Dilma, por una integración externa limitada, poco exigente en cuestión de apertura comercial y estabilidad de las reglas del juego y altamente dependiente de la mediación gubernamental y del protagonismo del Estado, de sus empresas y de pocas grandes empresas nacionales. Prevalece en Brasilia la visión de que el juego así armado es favorable al país.

Finalmente, Brasil entra al campo con gigantes como Vale y Petrobras, compañías privadas brasileñas multinacionales y un banco de inversión, el BNDES, sin par en el hemisferio Sur. El objetivo común de evitar la “subordinación” económica de la región a Estados Unidos, las afinidades políticas entre gobiernos y la supuesta capacidad de Brasil de encuadrar el chavismo y el kirchnerismo dentro de ciertos límites de racionalidad económica y prudencia política asegurarían la convergencia, bajo el liderazgo de Brasil, de los intereses nacionales de los tres países.

Esos últimos años, Venezuela y Argentina avanzaron ininterrumpidamente en la destrucción de las instituciones formales e informales que asegurarían un funcionamiento razonablemente normal y previsible de sus economías y sociedades. Y no dudaron en contrariar los intereses de Brasil cuando así decidieron hacerlo. Libres del “imperialismo americano”, ambos países fueron sometidos a la voluntad de un poder nacional estatal ejercido de forma personalista y arbitraria.

Sólo eso puede explicar por qué Venezuela, con su riqueza petrolera, en un periodo de duradera y exuberante alza de los precios internacionales del petróleo, vive hoy una crisis crónica de escasez de divisas y energía, con desabastecimiento de varios productos y apagones constantes. Lo mismo se puede decir, con una mínima diferencia, en relación a la Argentina, un país que dispone de amplias reservas de gas natural y petróleo y oferta exportable de bienes agropecuarios, también favorecidos por los precios internacionales. Y que parece al borde de una crisis cambiaria.

Empresas brasileñas están cerrando sus puertas en la Argentina. Vale y Petrobras descubrieron que el apoyo del gobierno brasileño no es suficiente para proteger sus intereses en el país vecino. En Venezuela, grandes empresas brasileñas tienen una bolsa de proyectos estimada en 20 mil millones de dólares. Sólo el incierto futuro dirá el retorno que tendrán esas inversiones. De alguna manera, el sector privado se ajustará a las nuevas realidades. Empresas de ese porte tienen capacidad de absorber pérdidas y redireccionar sus inversiones hacia lugares más promisorios. No deberíamos preocuparnos con sus eventuales problemas, a no ser por el hecho de que recursos públicos fueron empleados para viabilizar parte significativa de sus inversiones.

Más importante es reorientar la política externa brasileña para la región, sin salpicar al bebé fuera del agua del baño. Esta no puede estar disociada de una visión más realista del mundo. Brasil no necesita reproducir el modelo de inserción externa adoptado por países como Chile, Perú, Colombia y México. Pero no puede ignorar el hecho de que la opción por un modelo ALCA plus Asia, con múltiples tratados de libre comercio, mayor apertura de las economías, mayor protagonismo del sector privado y una menor discrecionalidad gubernamental viene produciendo resultados consistentemente superiores a los obtenidos por la opción por un modelo Mercosur menos ALCA.

Lo que está en juego no son siglas, si no una revisión de los presupuestos que han orientado la agenda de desarrollo e inserción externa del país en los últimos diez años. No es hacer más de lo mismo un poco mejor. Es hacerlo diferente. Y eso requiere una nueva visión y un nuevo liderazgo político en Brasilia.

Fuente: (Infolatam)

 
Acerca del autor
Sergio Fausto
Sergio Fausto
Es politólogo y se desempeña como Superintendente ejecutivo del Instituto Fernando Henrique Cardoso. Es co-director del proyecto Plataforma Democrática y la colección de El Estado de la Democracia en América Latina. Es miembro del Grupo de Análisis de la Coyuntura Internacional (Gacint) por la Universidad de Sao Paulo y columnista del diario O Estado de S.Paulo. Fue asesor de los Ministerios de Finanzas y Planificación 1995-2002 e investigador en el Centro Brasileño de Análisis y Planificación (CEBRAP).