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Adolfo Garcé
Mujica y Obama
Por Adolfo Garcé
14 de mayo de 2014
(El Observador) Está claro que Mujica disfruta cada vez más su papel de actor global. Él mismo solía decir, en tiempos de campaña electoral, que de ser electo, se quedaría en Uruguay, y que la agenda internacional la lideraría Astori. Un día se animó a salir del país y descubrió que era todavía más fácil seducir al resto del mundo que a su propia gente. Obama parece no ser la excepción. También él dejó entrever cierta simpatía por el exótico líder uruguayo.
 

(El Observador) Las fotos de José Mujica, especialmente las de sus viajes, siempre dan para hablar. Hace un tiempo atrás circuló la publicada por el diario cubano Granma en la que se lo veía conversando con Fidel Castro. En estos días, hemos visto al exguerrillero, a ese que décadas atrás, inspirado precisamente por el ejemplo revolucionario cubano, combatía con fervor el imperialismo norteamericano, usando un traje elegante y sonriendo con amabilidad en el Salón Oval de la Casa Blanca mientras le brillan los ojos y le pide favores al presidente de Estados Unidos.

Es imposible no señalar esta paradoja, por obvia que sea. Pero del registro de esta cumbre hay otros aspectos relevantes para destacar (al fin de cuentas, no debería llamar tanto la atención que la gente inteligente se atreva a cambiar). En ese sentido, vale la pena subrayar algunos puntos en común entre ambos mandatarios. Los dos son, para empezar, presidentes inesperados: Barack Obama, por el color de su piel en un país que ha sido especialmente ingrato con los negros; José Mujica, por haber formado parte de un movimiento guerrillero de enorme impacto en un país como el nuestro, que se sentía tan orgulloso de sus instituciones democráticas.

Los dos son, además, ejemplos de manual de presidentes débiles. “Yo no soy un rey”, le dijo Obama a Mujica cuando nuestro presidente insistió en que no debería haber detenidos sin condena en la cárcel de Guantánamo. “Hágame un favor, vaya y convenza los republicanos”, agregó. Lo mismo puede decirse de Mujica que, como es notorio, no logró que el FA acompañara algunas de sus promesas más sonoras (como la modernización de la administración pública y la reforma educativa, sus dos principales caballitos de batalla en 2010). El uruguayo y el estadounidense, como norma general y a diferencia de la mayoría de los presidentes de nuestro continente, son débiles desde el punto de vista político (están obligados a negociar cada una de sus iniciativas).

Finalmente, los dos esgrimen una inusual capacidad de comunicación. Obama tiene el don de la palabra. Su partido lo entendió con toda claridad en aquella increíble convención demócrata de julio de 2004 en la que le tocó presentar a John Kerry como candidato a la presidencia del partido. Mujica también persuade hablando. Pero su gran fortaleza está en lo que logra comunicar de otras formas, con gestos y actitudes. Mucho más contundente que su discurso contra el consumismo es su estilo de vida, su mirada, su ropa, su chacra. En todo caso, los dos se las ingenian para ser escuchados. Y los dos logran compensar, al menos en parte, su ya señalada debilidad política con la construcción de apoyos en la opinión pública.

En segundo lugar, está claro que Mujica disfruta cada vez más su papel de actor global. Esto sí que nunca lo sospeché cuando, años atrás, me esforzaba en imaginar cómo podría ser su presidencia. Él mismo solía decir, en tiempos de campaña electoral, que de ser electo, se quedaría en Uruguay, y que la agenda internacional la lideraría Astori (su argumento era más o menos así: “Yo parezco un verdulero, mejor me quedo en Uruguay”; “que viaje Astori, que sabe hablar en inglés”). Un día se animó a salir del país y descubrió que era todavía más fácil seducir al resto del mundo que a su propia gente.

Dos preguntas finales. La primera, inevitable en estos tiempos, es qué impacto podrá tener el extraordinario protagonismo de José Mujica en el comportamiento electoral. ¿Contribuirá a mejorar la deprimida intención de voto al FA y a que, cuando llegue el momento, el partido de gobierno retenga la mayoría parlamentaria? ¿Evitará el, por otras razones tan previsibles, declive electoral del Espacio 609? Difícil saberlo. En todo caso, los datos de la elección de 2009 sugieren que aunque la gestión del presidente saliente tenga niveles altos de aprobación, el partido de gobierno puede perder votos. Y si esto es cierto para el partido del presidente, debería ser igualmente cierto para su fracción.

La segunda se remonta al próximo período de gobierno. ¿Qué pasará con Mujica cuando deje la Presidencia? ¿Cuánto tiempo y energía dedicará a la política doméstica y cuánto a la agenda internacional? Difícil saberlo. No sería raro que la demanda externa se mantenga un tiempo más y que a él le siga interesando recorrer el mundo. No me sorprendería, en cambio, que su papel en el debate político doméstico tienda a disminuir. La elección parlamentaria, en ese sentido, constituirá una señal importante de hasta qué punto la ciudadanía pretende que su voz siga siendo escuchada.

Fuente: El Obsrevador (Montevideo, Uruguay)

 
Acerca del autor
Adolfo Garcé
Adolfo Garcé
Doctor en Ciencia Política - Investigador del Departamento de Ciencia Política (Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de la República). Autor del libro “Donde hubo fuego: El proceso de adaptación del MLN-Tupamaros a la legalidad y a la competencia electoral (1985-2004)”. Co-autor del libro “La Era Progresista. El gobierno de izquierda en Uruguay: de las ideas a las políticas”. Líneas de investigación: Ideas, discursos y política; tecnocracia y democracia; Ideologías y adaptación partidaria.