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Sergio Fausto

Brasil 2014: de los abucheos a los votos

(Infolatam) Todavía faltan casi tres meses para las elecciones, pero impresiona la desaparición virtual de la diferencia entre las intenciones de voto de la actual presidente frente al principal candidato opositor, Aecio Neves, en un cada vez más probable segundo turno. Esa diferencia que era de 27 puntos porcentuales en la encuesta de Datafolha de febrero, es, según la última encuesta del mismo instituto, de apenas cuatro puntos.

Por Sergio Fausto
5 de agosto de 2014
 

(Infolatam) La más reciente cosecha de encuestas de intención de voto, indica que el electorado brasileño va encontrando una forma más elegante que la ofensa personal y más eficaz que el abucheo para demostrar su descontento con el gobierno de Dilma Rousseff.

Todavía faltan casi tres meses para las elecciones, pero impresiona la desaparición virtual de la diferencia entre las intenciones de voto de la actual presidente frente al principal candidato opositor, Aecio Neves, en un cada vez más probable segundo turno. Esa diferencia que era de 27 puntos porcentuales en la encuesta de Datafolha de febrero, es, según la última encuesta del mismo instituto, de apenas cuatro puntos. La tendencia es consistente con la peor evaluación del gobierno y con el aumento del rechazo a la presidente-candidata. Cuando la comparación se hace con otro candidato de la oposición, Eduardo Campos, la tendencia es la misma, aunque la reducción de la diferencia sea menor.

El paisaje electoral en formación echa por tierra la idea ventilada por el expresidente Lula de que la insatisfacción con el gobierno de Dilma se concentra en un grupo social limitado, la llamada “elite blanca”. No es odio el sentimiento que mueve el creciente descontento político-electoral. Si fuese odio la oposición ya aparecería pisándole los talones a Dilma en las intenciones de voto de la primera vuelta, pues el elector que odia a quien está en el poder cristaliza rápidamente su voto en quien puede derrotarlo. Se trata de un sentimiento más blando, un deseo de cambio que todavía no sabe lo que quiere, pero que da señales de que comienza a saber lo que no quiere.

Las encuestas tampoco reflejan un supuesto cerco de “los medios conservadores” al gobierno. No ha faltado oportunidad para que la presidente se comunique con la población a través de los medios de comunicación de masas. Si hay alguien que pueda quejarse del tiempo de exposición en TV en la fase de precampaña son los candidatos de la oposición, que enfrentan la disputa sin la ventaja de estar en la presidencia, foco natural de atención de los medios. ¿Qué culpa tiene la prensa si la economía se está estancando, la inflación sigue alta y el mercado de trabajo se enfría?

La imagen de un gobierno popular sometido al asedio de una “elite odiosa” y de unos “medios conservadores” es una figura recurrente en la retórica utilizada por el expresidente Lula. Él la empleó por primera vez en respuesta a la crisis del “mensalão”. Volvió a usarla recientemente, en la convención que oficializó la candidatura de Dilma Rousseff. En momentos de dificultad política, para efectos dramáticos, recurre al paralelo histórico con el segundo gobierno de Getulio Vargas, cuyo trágico desenlace cumple sesenta años el próximo 24 de agosto.

En el imaginario lulista, el golpismo udenista resurge encarnado en el PSDB, que como la vieja UDN, por no conseguir ganar en las urnas, pretendería llegar al poder de forma retorcida, en contra de la voluntad popular. Esa narrativa recuerda la famosa frase de Marx, según la cual la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa.

Es innegable la inclinación no democrática del ala ferozmente antigetulista de la UDN. Basta recordar lo que escribió Carlos Lacerda incluso antes de que Vargas anunciase su candidatura a las elecciones de 1950: “EL señor Getulio Vargas, senador, no debe ser candidato a la presidencia de la república. Si es candidato no debe ser electo. Si es elegido no debe tomar posesión. Si toma posesión debemos recurrir a la revolución para impedirle gobernar”.

Para interrumpir el mandato de Vargas, la UDN conspiró con sectores de las Fuerzas Armadas y de la prensa. El partido no reconocía la legitimidad del “viejo dictador” a despecho de su vuelta al poder por los votos, y apuntaba a una supuesta amenaza de imposición por Vargas, en alianza con Perón, de una “República Sindicalista”, que socavaría el orden liberal de la Constitución de 1946 y elevaría el riesgo de que el país se inclinase hacia el bloque soviético.

El paralelo histórico con el presente es una farsa. La legitimidad de los mandatos recibidos por Lula y Dilma nunca ha sido cuestionada. Los militares están en los cuarteles y actúan rigurosamente dentro de los límites que la Constitución establece. El PSDB, como partido de oposición, se mueve siempre dentro de la legalidad y con moderación, siendo a menudo criticado por ello. La prensa es hoy más plural y políticamente independiente de lo que lo ha sido nunca en la historia brasileña. Las élites se diversificaron y se abrieron nuevos grupos, acostumbrándose a lidiar con gobiernos de distintos colores políticos. Las densas paranoias de la Guerra Fría se disiparon.

Con todos sus defectos, tenemos hoy una democracia mejor que en el pasado. La caída de la presidente en las encuestas no es la resultante de una orquestación de pequeños grupos poderosos contra el gobierno, de la misma manera que la bajada de todos los indicadores de la economía brasileña no es producto de una “conspiración de los mercados”. Ambos fenómenos responden a un proceso típico en regímenes democráticos y economías de mercado, dos creaciones humanas que acostumbran a andar unidas: un ciclo vicioso de deterioro de las expectativas por la pérdida de confianza en el gobierno.

Para el elector las elecciones son un juicio sobre el pasado (¿estoy mejor de lo que estaba?) tanto como sobre el futuro (¿tengo una expectativa realista de que estaré mejor de lo que estoy?). La estrategia petista para octubre es convencer al elector para juzgar al gobierno de Dilma con base en todo el periodo, de 2003 a 2014, para difuminar el hecho de que los últimos cuatro años no sustentan la retórica triunfalista de los años de Lula. ¿Será eso suficiente para recuperar la esperanza en “más futuro, más cambios”? ¿O dejará el PT el futuro y la esperanza de lado y le dará a la tecla del pasado y del miedo pintando al PSDB como la reencarnación de la UDN y al gobierno de Dilma como la ciudadela a defender en nombre de los intereses del “pueblo”?

Lo que sucede es que, en una democracia, sin restricciones al derecho al voto, el electorado es la expresión del pueblo. Y si se empieza a formar una nueva mayoría electoral ¿cómo se puede decir que ella está contra los intereses del pueblo?

Fuente: Infolatam (Madrid, España)

 
Acerca del autor
Sergio Fausto
Sergio Fausto
Es politólogo y se desempeña como Superintendente ejecutivo del Instituto Fernando Henrique Cardoso. Es co-director del proyecto Plataforma Democrática y la colección de El Estado de la Democracia en América Latina. Es miembro del Grupo de Análisis de la Coyuntura Internacional (Gacint) por la Universidad de Sao Paulo y columnista del diario O Estado de S.Paulo. Fue asesor de los Ministerios de Finanzas y Planificación 1995-2002 e investigador en el Centro Brasileño de Análisis y Planificación (CEBRAP).