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Marcos Novaro

2015, el valle de lágrimas del cambio

(TN) En una crisis por goteo, por acumulación progresiva de malas noticias como la que estamos atravesando, el dato fundamental no es la incertidumbre, que no se sepa cómo van a terminar las cosas, si no que hay una tan extendida como firme convicción de que van a terminar mal, y todo va a empeorar bastante antes de poder mejorar, que el consenso se orienta en favor de los intereses de quienes están por dejar el poder y pueden retrasar lo más posible las malas noticias.

Por Marcos Novaro
15 de diciembre de 2014
 

(TN) En los análisis prospectivos sobre lo que nos espera el año que viene se destacan dos factores de incertidumbre: no podemos saber si va a haber o no acuerdo con los holdouts, así que puede que la recesión continúe, se agrave aun más o en alguna medida se revierta; y no podemos saber quién va a ganar las presidenciales, porque la competencia es muy pareja y puede que lo siga siendo hasta bien avanzado el año.

Sin embargo, estas incertidumbres vienen compensadas por factores más estables, datos que a veces no se tienen suficientemente en cuenta y marcan una vía bastante más previsible para la transición y la sucesión presidencial.

Por el lado de la economía, ella difícilmente se recupere mucho ni caiga mucho más, porque el Gobierno tiene los recursos para mantenerla medianamente a flote, aunque sea rascando el fondo de la olla, y las empresas en general van a aguantar como vienen a la espera de que en pocos meses un nuevo gobierno empiece a tratarlas mejor, y como contracara, aun cuando Axel Kicillof haga todo bien, la desconfianza hacia él de los inversores y los consumidores y los más bajos precios de las commodities impondrán un techo bajo a una eventual recuperación, un piso alto de inflación y la continuidad de los problemas para generar empleo.

DESARMAR LA BOMBA DE TIEMPO

Por el lado de la política, gane quien gane las presidenciales, Macri, Massa o Scioli, tratarán de desarmar lo que puedan de la bomba de tiempo que ha ido armando el Gobierno antes de asumir el mando, lo que implicará tensiones parecidas entre las autoridades salientes y las entrantes. Y el resultado de esas tensiones es también bastante previsible: Cristina se comportará seguramente todo lo irresponsable que pueda: como Bignone en 1983 concederá generosos aumentos salariales de último momento, recursos a las provincias y beneficios a las empresas, y los demás actores podrán hacer poco y nada por evitarlo.

La moderación de todos los candidatos con chances en 2015 asegura también queencararán este problema con más resignación que disposición a la lucha: incluso Massa y Macri, siendo claramente opositores, saben que van a necesitar apenas asuman la buena voluntad de los gobernadores y sindicalistas que todavía rodean a Cristina y esperan beneficiarse hasta el final de su generosidad, así que no es muy probable que vayan a entrar abiertamente en colisión con su interés en abrirle la billetera a la presidente saliente.

Desde hace semanas que el pronóstico de un pronto arreglo con los holdouts viró hacia una visión más pesimista, según la cual las autoridades se habrían convencido de que les van a alcanzar las reservas, porque la cuenta de importaciones de combustibles bajó, se consiguieron algunos recursos del mercado local, de China y de Francia, y finalmente con llegar a abril, cuando se empiece a liquidar la nueva cosecha, sería suficiente; de ahí a las PASO de agosto, habiendo ahogado financieramente a los productores del agro, se podría garantizar un flujo mínimo de divisas para llegar a octubre.

PARTICIPAR DE LA BICICLETA FINANCIERA

Esa convicción por ahora desalienta mayores fugas del peso de los actores locales y en cambio alimenta su disposición a participar de la bicicleta financiera armada con los bonos ligados al dólar y depósitos a altas tasas de interés, que no empardarán la inflación pero sí permiten obtener beneficios en moneda dura gracias a un tipo de cambio cada vez más retrasado y que el gobierno promete mantener así a toda costa.

De este modo, la estabilidad relativa que se asegura de aquí a octubre se sostiene en una horadación de las posibilidades de garantizar un mínimo control sobre las variables económicas después de esa fecha. Y ahí está el quid de la cuestión, entonces: no en lo que pase en los primeros tres trimestres del año, sino en qué va a pasar entre octubre y diciembre.

En ese momento ya no habrá medias tintas, cualquiera que sea electo, para no quedar atado de pies y manos apenas asuma va a tener que forzar que parte de las medidas impopulares que la triple crisis fiscal, de deuda y de nivel de actividad obliga, las asuma el gobierno que concluye; que pueda lograrlo o no es harina de otro costal, y como dijimos nada asegura que vaya a serle fácil.

Por más que haya ganado con amplio margen y una ola de popularidad lo impulse a tomar riesgos y hacerse de la iniciativa, el presidente electo va a necesitar, como adelantamos, el apoyo de gobernadores y sindicalistas a los que inicialmente no controlan y Cristina podrá ofrecerles más que promesas.

Además el vencedor de las presidenciales difícilmente habrá ganado con un diagnóstico sincero de lo que sabe estará obligado hacer, bajar subsidios, subir tarifas, devaluar la moneda y liberar el mercado de cambios. Así que ¿con qué cara podría forzar a Cristina a que lo haga por él? Podrían tal vez intentar que el mercado haga parte del trabajo, pero lo más probable es que esté en una situación parecida a la que enfrentó a Viola con Videla y Martínez de Hoz en 1981, cuando el régimen militar convino una transición tranquila, en la esperanza de que el estallido del programa de retraso cambiario y contención de la inflación no liquidara a ambos, jefes salientes y entrantes. Lo que después terminó cargándose de todos modos en los segundos.

En una crisis por goteo, por acumulación progresiva de malas noticias como la que estamos atravesando, el dato fundamental no es la incertidumbre, que no se sepa cómo van a terminar las cosas, si no que hay una tan extendida como firme convicción de que van a terminar mal, y todo va a empeorar bastante antes de poder mejorar, que el consenso se orienta en favor de los intereses de quienes están por dejar el poder y pueden retrasar lo más posible las malas noticias.

Ahí está la principal razón del 40% de imagen positiva de la presidente, y de la drástica caída de la predisposición de la gran mayoría a protestar y reclamar, respecto de lo vivido entre 2012 y 2013; así como de la impotencia de los aspirantes a la sucesión para entusiasmar a la gente.

Es lo que la teoría ha denominado el valle de lágrimas del cambio: estamos parados en donde inicia ese valle, lo que vemos por delante no es tanto incertidumbre como un cúmulo inevitable de problemas, y nadie tiene mucho apuro por dar los primeros pasos para adentrarse en ese escenario. Es razonable que así sea, y a la vez es profundamente lamentable.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)


 
Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).