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Nicolás José Isola

El discurso intelectual al servicio de la impunidad

(La Nación) La tergiversación de la palabra y la burla constante ante las denuncias fueron vitales durante el kirchnerismo para montar una parodia delictiva. La loca era Elisa Carrió. Sus detractores, alucinando, terminaron golpeándose la cabeza contra las paredes.

Por Nicolás José Isola
Twitter: @NicoJoseIsola
21 de junio de 2016
 

(La Nación) José López es hoy el nombre de un leproso al que todos repudian. Infinidad de negaciones han llovido sobre él. Un mecanismo psicológicamente muy primario: negar lo que es imposible asumir.

En buena medida ésta ha sido la hermenéutica idealista de la Matrix kirchnerista: lo real no es real. Cuando este modo de comprensión negacionista hace crisis y la realidad se impone, entonces se ansía la fuga. Por ello, no es insólito que López haya pedido cocaína a los custodios. Cuando se la deja hablar, la realidad responsabiliza y puede ser atronadora.

El negacionismo, ante la evidencia de la corrupción estructurada que sobrevuela la Argentina, logró anestesiar el espíritu crítico de muchos. Fueron necesarios pensadores e investigadores que, abocados por naturaleza a las preguntas, renunciaran a ellas. No pocos artistas, académicos e intelectuales se cerraron corporativamente y eligieron habitar la caverna platónica: aplaudieron las sombras y vociferaron que ellas eran lo real. No pareció importar si con ello quemaban sus banderas de juventud: se trataba de coordinar estratégicamente el pensamiento nacional.

En estos días, Horacio González expresó: "El episodio López inclina las opiniones hacia un cuestionamiento del kirchnerismo, casi a la altura de lo que sería una profanación. (...) al kirchnerismo se lo está persiguiendo de una manera yo diría profanatoria". González no es ingenuo, sabe lo que el verbo perseguir simboliza en la Argentina. Y lo malversa.

Habla también de profanación: ¿acaso el kirchnerismo debe ser respetado como se respeta lo sacro? ¿Por qué no se pidió enfáticamente ese respeto para las víctimas de la tragedia de Once, por ejemplo? Lo sagrado es selectivo, al parecer.

Algunos creen (y este verbo no es casual) que el kirchnerismo es trascendente al mundo de las negociaciones políticas, siempre espurias y defectibles. Se trata de algo inefable frente a lo cual la palabra debe ser reverente. Tal vez ellos conozcan la delgada línea que separa la crítica punzante de la aberrante profanación.

Después de la captura de López, Ricardo Forster afirmó: "Nunca imaginé un grotesco de esta naturaleza, una lógica así, la verdad que no". La fantasía no cuenta. Para ver lo inaudito hay que hacer dos cosas: deponer las grandilocuencias discursivas abstractas y querer ver. No se trataba de imaginar, sino de escuchar a quienes durante una década denunciaron los bolsos cargados de corrupción.

Interrogado acerca de la posible connivencia de la ex presidenta, Forster respondió: "No lo sé, yo quiero imaginar que no, sería muy feo. Creo, confío en que Cristina es una dirigente honorable y honesta". Creo y confío: fides, non ratio. Es la claudicación intelectual frente a la evidencia de una declaración jurada que creció exponencialmente de 2,2 millones de pesos en 2003 a 77 millones, en 2016. Eso es sólo lo declarado formalmente. Pero la voluntad elige no ver. Por eso no sirven estos datos ni ningún otro. En verdad, no fue magia. Fue fe.

En esta línea, Horacio González sostuvo: "Nadie está en condiciones de decir exactamente qué pasó y dar una interpretación más concluyente. En principio hay que manifestar una profunda sorpresa por lo que ha acontecido. (...) un personaje estrafalario que nadie entiende muy bien qué fue lo que quiso hacer con eso".

Estrategia: elegir la ambigüedad frente a un ex funcionario con nueve millones de dólares, saltando tapias. Táctica: ridiculizar al personaje, calificándolo de extravagante (lo caricaturesco no merece ser pensado). Objetivo: embarrar para confundir lo diáfano con lo oscuro. Todo lo contrario a la tarea intelectual.

Algunos pensadores quieren convencernos de que hay un tumor llamado López en un cuerpo sano. La maniobra del aislamiento ha sido y es un mecanismo psicológicamente ecológico: para no morir de realidad, se inyecta fantasía.

Quizá se olvide que en Ezeiza ya hay tres personajes estrafalarios que tenían llegada directa al matrimonio presidencial: Lázaro Báez, Ricardo Jaime y José López. La corrupción entre amigos fue sistémica aunque se la niegue: "Alguien le dio el dinero y no fui yo", dijo Cristina Kirchner. ¿Quién fue? Fuenteovejuna, señor. La ex presidenta debería saber que la estrategia de aislar a López es peligrosa: si se sancionara la ley del arrepentido, la explosiva verborragia de López podría dejar esquirlas letales en los otrora amigos.

La operación intelectual de separar un proyecto político-ideológico de sus actos y consecuencias explícitas supone una esquizofrenia moral. Trece mil millones de pesos fueron desviados por López sólo en 2015: son la sangre de Caín que clama al cielo, el hambre y la muerte del hermano. Más claro: miles de familias argentinas hoy no tienen techo porque López, un funcionario central en "el Proyecto", tuvo bolsos.

Por cierto, estos contenían muy pocos pesos argentinos: ironías de un relato nacionalista psicótico que citaba románticamente a Jauretche pero robaba billetes de Franklin.

Tener memoria en la Argentina es perturbador. En abril de 2013, Cristina Kirchner escribió: "Porque cada uno que se queda con lo que no le corresponde se lo está quitando a alguien que lo necesita". Cuánta sabiduría en menos de 140 caracteres. Cuánta impunidad.

La bipolaridad entre decir y hacer se hizo nuestro pan cotidiano: nos acostumbramos al garantismo conviviendo con las patotas de Moreno, a la lucha por los derechos humanos junto con Milani, a la épica redistributiva que en lugar de usar la calculadora del Indec utilizaba la de La Rosadita. Ni hablar de los jueces tiempistas y carentes de glándula moral que demostraron tener el rostro de un metal altísimamente resistente.

La tergiversación de la palabra y la burla constante ante las denuncias fueron vitales para montar esta parodia delictiva. La loca era Elisa Carrió. Sus detractores, alucinando, terminaron golpeándose la cabeza contra las paredes.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

 
Acerca del autor
Nicolás José Isola
Nicolás José Isola
Nicolás José Isola (Buenos Aires, 1980) es filósofo, magíster en Educación y doctor en Ciencias Sociales. Además, ha realizado un post-doctorado en la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp, Brasil). Toda su formación ha sido posible gracias a prestigiosas becas que le fueron otorgadas. Como investigador social ha escrito numerosos artículos científicos en revistas internacionales. También es columnista de opinión en periódicos de España (El País), Brasil (Folha de São Paulo) y la Argentina (La Nación). Actualmente reside en San Pablo.
Twitter: @NicoJoseIsola